Crónicas de Historia RecienteEs más fácil robar un banco que guardar un secreto

Carlos Riedel13 enero, 2022

El 13 de enero de 2006, en la zona norte del Gran Buenos Aires, una banda robó un banco ejecutando un plan perfecto. Huyeron sin que nadie los viera con 19 millones de dólares y 80 kilos de joyas. Nadie se obsesionó tanto con el caso como Rodolfo Palacios. Investigó durante ocho años y logró hablar con seis integrantes de la banda para reconstruir la génesis del asalto y el derrotero de sus autores. Un fragmento de “Sin armas ni rencores” (Planeta), a nueve años del “robo del siglo”.

Por: Rodolfo Palacios

Publicado el 13 de enero de 2015

Los siete tipos no tienen nombre ni cara. Afuera hay dos. Adentro hay cinco. Son siluetas camufladas, pasos ágiles y decididos, voces claras que ordenan y amenazan si es necesario. Ahora, en este banco de Acassuso, partido de San Isidro, no pueden ser otra cosa que eso: hombres invisibles que están en acción. Espectros del delito. O entes sumergidos en la imaginería del teatro, el oficio que permite al ser humano ser otro: perder hasta su propia personalidad y esencia, como quien se pone una máscara durante una hora y media y ni sus padres pueden descubrir, desde la platea, ni un rasgo que los identifique. Nadie, desde la más torpe de las víctimas hasta el más hábil de los policías, puede reconocer alguna marca personal (un tic, una cicatriz, una muletilla) que los delate. Casi no hay centímetros de piel que se expongan a la mirada de los otros: no dejan al desnudo ni las manos, siempre enguantadas y precisas. Algunos rehenes, tirados en el piso, solo ven pies que van y vienen. Otros apenas pueden verles los ojos, que son los ojos bien abiertos de hombres que en dos horas serán millonarios y van a desaparecer como por arte de magia. En silencio. Porque los grandes robos son como el buen sexo: la clave es hacer mucho y hablar poco. Estos hombres no pueden dar ni un paso en falso. El lugar es de ellos: son una especie de actores entrenados.

Un elenco que representa por única vez una obra en funciones simultáneas que ocupan tres planos. En el primer piso y en la planta baja, dos grupos toman rehenes. En la bóveda, en el subsuelo, ocurre lo más importante; lo único real. El resto es simulado, una ficción. Allí, otros miembros de la banda vacían las cajas de seguridad. Callados y serios, llenan las bolsas con billetes y joyas. Estos hombres disfrazados y enmascarados deben actuar como máquinas perfectas: los sentimientos, las dudas y las pasiones las han dejado afuera.

Pero afuera, otros hombres, algunos enmascarados y uniformados, que juntos forman un ejército que no puede fracasar, rodean la manzana. Hombres corpulentos, fuertes, ágiles, expertos en irrumpir en lugares inexpugnables, francotiradores fríos, detectives pensantes que analizan planos y ensayan estrategias. Hombres que nadie, por más rudo e inconsciente que sea, querría tener de enemigos. En sus despachos, los funcionarios exigen una solución feliz: salir en la tapa de los diarios como héroes, que las víctimas sean rescatadas sanas y salvas, y que la banda termine presa, probablemente en ese orden. Los comisarios confían en ganar la batalla: son trescientos contra siete. Imposible perder ante un puñado de asaltantes. Salvo que esos siete hombres corrieran la suerte del disminuido ejército griego contra el poderío numérico de los persas en la batalla de las Termópilas.

Todos, en la calle, creen que es un violento robo frustrado devenido en toma de rehenes. Suponen que esos tipos son ladrones de medio pelo que pensaban robar en minutos las cajas de atención al público del banco, pero que las cosas se les fueron de las manos. Los cerebros policiales creen que los delincuentes están desesperados, que hay dos finales posibles: que sea una masacre o que los tipos salgan con las manos arriba pidiendo clemencia.

Pero aunque haya más de cuarenta policías por cada uno de estos hombres encapuchados, ellos tienen el golpe letal. No piensan disparar ni un solo tiro. Uno de ellos ha pensado la clave para burlar a todos. Ninguno de los policías de la Bonaerense pudo adelantarse a la jugada.

Acassuso, que está veinte kilómetros al norte de Buenos Aires, es uno de los barrios más pintorescos de San Isidro. Allí casi todas las casas tienen alarma, cámaras de seguridad o perros guardianes. En las esquinas hay garitas con custodios privados y todos los mediodías algunos jardineros salen a la vereda a tomar sol después de una mañana agotadora. En una misma manzana, conviven árboles con moras, naranjos o quinotos y parques con rosas blancas. Si se respira profundo, es posible sentir cada fragancia. En las calles Perú y Fernández Espiro, el aroma que predomina es el del tilo. Es un paseo placentero: circulan pocos autos y el canto de los pájaros se oye con nitidez. Pero si se caminan cuatro cuadras hacia el sur, del otro lado de las vías del tren, esa belleza desaparece en forma abrupta: la calle se ensancha y desemboca en un desagüe pluvial. En esas aguas viscosas, de movimiento constante y con un sonido similar al de una pequeña cascada, los bagres esquivan las ramas que flotan sin rumbo y devoran la basura que encuentran a su paso.

 

En ese barrio, el día había comenzado como cualquier otro. Para los ladrones todo empezó con una serie de actos simples, automáticos y coordinados. En distintos lugares de la ciudad, se habían levantado de sus camas a las seis en punto. Se vistieron con la ropa que habían preparado la noche anterior y salieron a la calle con bolsos y mochilas. Esa mañana lo sabían; ahora lo saben mucho mejor: nunca más volverían a ser los mismos. Al otro día los esperaba una vida nueva.

Todo, en la vida de esos siete hampones, era futuro. Un futuro imperfecto. Iban a hacer algo que los marcaría para siempre. Ninguno lo ignoraba. Ahí estaban estos hombres. Vistos desde arriba, desde un mapa satelital, por ejemplo, mezclados con la muchedumbre y la monotonía de una ciudad, no eran más que puntitos negros que se cruzaban con otros puntitos negros. Puntitos inofensivos, meros estorbos en el ir y venir de la rutina de un barrio. Una canilla que gotea en el océano. Como hacer silencio en medio de cientos de gritos. Nadie sabía, salvo ellos, que iban por la epopeya. ¿Quiénes eran estos siete hombres?

Hasta ese día eran hombres grises. Esos que buscan en Buenos Aires una paz deseada, sin saber que Buenos Aires puede convertirse en un manjar cocinado por el diablo, un chef capaz de hervir a fuego lento hasta las almas más luminosas. Cada uno a su manera, no encajaba en la sociedad: no eran piezas perfectas que caben en los recovecos y pliegues de este caos llamado mundo. Eran ambiciosos y habían tropezado más de una vez: sabían que la vida puede tender las peores trampas. Como creer que se sube una escalera que conduce al cielo, y en realidad no se hace otra cosa que bajar al sótano de la existencia. Allí donde encontrar el pasaje de vuelta es una quimera. Estos hombres que se mezclaban en la multitud y parecían di- luirse en la nada, fueron capaces de romper la chatura de un día que iba a ser intrascendente, como muchos días. Su gloria, o salvación, hubiese sido que sus nombres y sus caras pasaran al olvido. O todo lo contrario: que su acto fracasara y sufrieran la sucesión maldita de espejos que se rompen cada siete años.

Pero no ocurrió nada de eso: el secreto que los unía aquella mañana en la que salieron de sus casas como autómatas, está a punto de develarse. Como un truco de magia que se descubre con el paso del tiempo, ahora se sabe que esos hombres actuaban hasta los gestos, aun los de torpeza o casualidad. Se sabe que estaban unidos por el artificio del simulacro, la minuciosidad del detalle, la lucha contra el azar o el fantasma ingobernable de la delación. Se sabe que tenían ojos acostumbrados a la oscuridad, y que habían entrenado sus cuerpos y sus mentes como un afinador en busca de la perfección de un Stradivarius. También se sabe que no necesitaban tener una pistola para ser rudos, aunque sabían cómo usarlas. Y que habían elegido hasta las palabras necesarias para no arruinar lo que se proponían hacer. Tenían un plan y un juramento.

Salieron a la calle vestidos como si fueran a una cita: saco, camisa, pantalón de vestir, zapatos. El más elegante llevaba un traje gris planchado y estrenado para la ocasión. Usaba lentes, bigote y se veía como un hombre de otro tiempo, parecido a un cantor estable de la orquesta de Osvaldo Fresedo. Solo uno de ellos desentonaba con el resto: esa mañana apareció disfrazado con un delantal, una peluca de color castaño que era de su es- posa y una gorra, lo que causó risotadas entre sus compañeros. Pretendía disfrazarse de médico, pero cualquiera lo hubiese confundido con un recién salido de una fiesta de casamiento o un payaso del montón, a medio vestir o que había perdido en el camino la nariz de plástico roja, esos que cargosean en Lavalle o Florida vendiendo cartas, chascos o globos con forma de perro salchicha.

Ahora se sabe todo eso, pero aquella mañana de verano, una mañana de cielo color plomizo y probabilidad de chaparrones, no se sabía nada de esos puntitos que parecían intrascendentes pero eran hombres que entraron con decisión en ese banco. Lo hicieron con estilo, sin llamar la atención, con naturalidad; sin que nadie notase o pudiese adivinar que las primeras palabras que pronunciaron fueron las mismas que se dicen en las películas cuando los ladrones de bancos entran en acción.

— ¡Arriba las manos! Quietitos. Todos al piso. Esto es un asalto.

Con el “¡arriba las manos!” hubiese sido suficiente. Está claro que es un asalto, pero el latiguillo de todo inicio de robo recae siempre en esas palabras, con leves variaciones. El que lo dijo, eso de que era un asalto, fue el de la peluca ridícula, pistola en mano. Pero nadie se rió. Esos hombres no estaban para bromas. Los rehenes y empleados del banco les temían porque daba la sensación de que estaban dispuestos a cualquier cosa. A matar a todo aquel que se les cruzara en el camino. Pero ero lo que se sabía en ese momento: ahora se sabe que esos ladrones habían ensayado todo, cómo ser violentos y confundir a la Policía y a las víctimas para que pensaran que era un robo exprés que estaba por fracasar y podía tener el peor desenlace. Gritaban, actuaban la furia, la desesperación que lleva a cometer locuras. Apuntaban con sus armas a las víctimas, pero esas armas eran de juguete. Eran más inofensivas que las pistolas de agua.

Los rehenes y la Policía ignoraban que esos hombres eran incapaces de matar una mosca, estudiosos de los detalles, que se trasladaban como harían los bailarines sobre un escenario de terciopelo. Se movían armoniosamente, como si hubiesen cometido ese robo decenas de veces: era difícil —hasta imposible— descubrir cuál de todos ellos era el líder. ¿El de la peluca comprada en un negocio de Once?, ¿el de traje gris y bigote que negociaba con la Policía?, ¿algunos de los que abría las cajas de seguridad?, ¿el líder entró en el banco o controló todo mientras fumaba un habano en su mansión?

En la Argentina, no son pocos los que piensan que robar un banco sin lastimar a nadie puede llegar a ser un acto de justicia o rebeldía. La repetida frase de Bertolt Brecht (“Es mayor delito fundar un banco que haberlo robado”), tiene sus adeptos. En las cárceles, este tipo de asaltantes gozan del mayor respeto de sus compañeros. Hay grupos de Facebook que los elogian: los llaman genios, revolucionarios, émulos de Robin Hood.

Ese sentimiento de resistencia contra los bancos se fortaleció en plena crisis de 2001, cuando el llamado “corralito” impuesto por el gobierno de Fernando de la Rúa, con el supuesto de evitar un colapso financiero, impidió a los ahorristas sacar su dinero de los bancos. Cuando mejoró la situación económica, los bancos recuperaron su fortaleza, pero miles de personas se quedaron sin su dinero o por la devaluación se tuvieron que conformar con pesos en lugar de los dólares que habían depositado. Hubo jubilados que nunca recuperaron los ahorros de toda su vida y enfermos que murieron sin poder pagar sus tratamientos.

Mientras eran buscados y los canales de noticias informaban que de un momento a otro iban a ser detenidos y trasladados a la comisaría, los ladrones estaban lejos del banco. Lógica pura: no podían estar en dos lugares al mismo tiempo. Para la Policía, estaban en el banco. Pero en realidad se habían reunido en un galpón a repartir el millonario botín y ver por televisión lo que decían los policías y los periodistas. Poco tiempo después, la banda fue detenida y enjuiciada.

Esos hombres tuvieron algo gordo entre manos. Algo que ensayaron día y noche. Algo que se les metió en el cuerpo como un virus. Pero no son actores. Nunca leyeron a Shakespeare y lo único que pueden memorizar cuando están en acción son frases cortas. Como “esto es un asalto”, “las manos arribas”, “no se muevan o disparo” o “todos al piso”. Estos tipos no son actores. Son ambiciosos, delirantes, intrépidos y soñadores. De otro modo no se podría robar un banco.

Si el destino hubiese sido como ellos soñaban, estos rufianes podrían estar acostados en un colchón de dinero, en alguna playa del Caribe, rodeados de mujeres y botellas de champán. Los fracasos terminan siendo a medida de los sueños. Grandes sueños, grandes fracasos. Y estos pistoleros tenían un gran sueño. Estuvieron a punto de cumplirlo. En todo este tiempo dicen que han aprendido tres lecciones. Una: no existe el plan perfecto. Dos: es más fácil robar un banco que guardar un secreto. Tres: no hay que confiar en las mujeres.

Hasta ahora, ninguno de los delincuentes contó detalles del robo ni confesó la autoría. En este libro lo harán por primera vez. Ya no habrá secretos ni trucos de magia. Estos hombres que antes eran invisibles dejarán caer sus máscaras, una por una.

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