"Vicente" por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Redaccion General7 marzo, 2026

Se ven caras, no corazones

Dicho por mi abuela la tarde de Navidad de 1965 mientras se hamacaba en un sillón de mimbre en el patio, bajo la parra, apantallándose sin parar, en medio de un concierto de chicharras. Adentro, el resto de la familia discutía o se reía a los gritos, medios en pedo. No me acuerdo bien.

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Hace treinta treinta años moría mi madre. Ella odiaba a los yankees. Con ese odio lento y silencioso de la gente de la década del 40. Un odio orgulloso de esa Argentina que aún podía mirar de frente a los poderosos de la tierra. Un odio respetuoso, además, que solamente se expresaba a sus anchas en la intimidad de alguna conversación. Un odio desconfiado, incapaz de salir con mucha facilidad.

El día que murió, mi hermana y yo decidimos no aceptar flores. Informamos nuestra decisión a las florerías por medio de la cochería y listo. Si alguien lo deseaba, podría donar el dinero equivalente al Hospital Zonal. Por otra parte, lo sabíamos bien: ninguno de los conocidos, amigos y familiares nuestros iba a enviar coronas.

Sucedió que la empresa norteamericana donde trabajo, cumpliendo con el procedimiento que aplica al caso, envió una corona grande y muy cara en homenaje a la madre de su empleado. La corona decía, grande y en letras doradas, el nombre de la corporación con los colores de la bandera yankee

Por esas cosas de que los errores aprovechan un montón de descuidos para lograr su objetivo y porque además el mareo del dolor, el desfile de gente —mucha o poca—, la tristeza multiplicada hasta el infinito, nadie se dio cuenta de la presencia de aquella rosca gigante de papel y flores de muy buena calidad, apoyada solitaria contra la pared en un atril de madera, justo al lado del féretro, como un obediente centinela.

Estoy seguro de que ella rió conmigo esa mañana.

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Es la época que se vislumbra en nuestra muy tierna infancia. Recuerdo la revista Rico Tipo escondida por un peluquero para sus mejores clientes (era muy picaresca). El peluquero se llamaba Robledo, tenía sonrisa de caballo y era hincha de San Lorenzo. Por eso mi viejo iba a cortarse el pelo allí y me llevaba.

Es la época en que el laburo era pasaporte de una vida mejor y si entrabas en “el ferrocarril”, “el arsenal”, “la nativa”, significaba que te jubilarías allí y tu existencia se prefiguraba dulce y bien vista. Es la época de La Razón 5ª y 6ª que traían las noticias “frescas”, de las que uno se enteraba entre uno y dos días más tarde.

Las cartas cruzaban y había el gusto de escribirlas y esperar respuesta. Eran tiempos en que te casabas con “la compañera para toda la vida”, que se encargaba de llevar adelante la casa con la plata que sus maridos traían. Hijos y padres almorzaban y cenaban juntos. Comentaban la vida.

Pero no sigamos con esta nostalgia de peluqueros con saco blanco, polenta los días de lluvia, mujeres en la cocina, comentar la vida en las sobremesas con hule y perfume a pastafrola recién horneada en toda la casa, porque así este año no termina bien. Vamos a tomar un vermú al clú.

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24 de marzo, 10 de la mañana. Vereda del kiosco “Oscarcito”, que sigue llamándose igual que la peluquería que el Turco cerró hace una pila de años, cuando funcionaba detrás de los escaparates llenos de caramelos, los bancos con diarios y revistas, las marquillas de cigarrillos bien acomodaditos lejos de las manos ágiles.

Un hombre joven, grandote, hablaba ansiosamente a nadie, al borde de un llanto indignado. Le pregunto qué pasó. Me dice: robaron otra vez en la panadería de la esquina. Es la tercera.

A las 2 de la mañana llamamos a la policía porque vimos gente merodeando. Vinieron desde la comisaría, a dos cuadras del negocio, dieron una vuelta a la manzana, no detectaron merodeadores, se fueron. Diez minutos después los chorros volvieron y esquilmaron a los obreros después de darle una paliza al panadero por botón.

El hombrón aspiró a fondo con una especie de ataque de asma para seguir su relato:

"A las seis de la mañana fui a quejarme a la comisaría y en la puerta veo varios patrulleros nuevos. Le digo al oficial de turno: muchachos, ustedes deberían estar en la calle ahora. El pibe me miró sin enojarse y contestó: “Jefe, ahora tenemos unidades, pero nos falta gente…”.

El gigante se fue secándose la transpiración, la camisa afuera, respirando cortado, diciendo que acá no hay más solución.

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Tengo como superior en mi trabajo a un colombiano cargoso que controla todo al medio litro con su proverbial educación y voz de negro Guerrero Martinheitz. Lo bueno es que en los almuerzos me confiesa el amor a su país, me habla de la sensualidad de las mujeres caribeñas, de su familia grande, del sabor de las comidas típicas que brillan en sus ojos bogoteños con risa despierta.

Sabe un montón de la historia de su país, toca la guitarra y canta. Cada tanto larga una carcajada ancha y estentórea que hace reír a todo el restaurante. Me cuenta sobre el sabor del café colombiano en un castellano rico y elegante.

Come sushi con palitos porque dice que los japoneses no se mueren de cáncer, mientras yo sigo con el salmón, y cuando pido pan a un mozo también nipón, mira con ganas de acuchillarme.

Después de una cortísima sobremesa el colombiano empieza a apurarme de nuevo con su espíritu auditor y yo tartamudeo, revuelvo los papeles. Al fin dice que no me preocupe, que todavía nos queda mañana, que cuando termine conmigo iremos a cenar.

Me llama profesor y cuando le digo que no insista con eso, me dice: como no, señor profesor, y lanza la carcajada. Es grandote y calza zapatos 44, por lo menos. Usa camisas de seda y cuando toma vino me confiesa en voz baja que odia a los gringos.

Maravilloso.