"No existe peor mezcla que la del arma, la estupidez y el miedo. De ella no se puede esperar sino lo peor". (Ryszard Kapuscinski, periodista polaco).
Estoy viajando desde Antigua hacia el oriente, rumbo a Nicaragua.
De nuevo voy trepado en un vehículo todo pintado de colores, haciendo malabares para entrar con mi mochila y evitar pisar a alguien.
La gente viste ropas alegres pero en sus rostros se refleja el profundo abismo de la necesidad. Surcos en las caras, ojos oscuros que miran hacia abajo cuando los veo.
En un asiento de atrás va sentado un tipo con aspecto de neonazi. Se nota que es extranjero. Tiene el pelo rubio cortado al rape y una cicatriz que le cruza la cara huesuda. Bien podría ser un mercenario. El resto del pasaje es indígena de la etnia cakchiquel y hablan en ese idioma tan alejado de mi mundo.
Voy en busca de la historia que la sierra tiene guardada. Historias de una región por siempre muda y reprimida.
En este lugar del mundo donde voy sentado ahora, hubo una cruenta guerra civil hace no mucho tiempo, que suprimió miles de voces sepultadas bajo toneladas de la tierra mas pesada que pueda existir. Es la tierra de la impunidad.
El colectivo vuela sobre el asfalto serpentenado el abismo de las montañas y cada tanto se detiene para subir o bajar pasajeros. Sube una señora vestida con telas color turquesa y rosa chillón llevando un canasto cargado con pollos vivos que cantan y cacarean en una sinfonía desastrosa. Observo la escena curioso e impasible.
A pocos kilómetros de llegar al pueblo, veo una columna de vehículos militares detenidos al costado del camino. Mi corazón se acelera y los recuerdos de una vida no muy lejana inundan mi mente.
Los músculos tensos de mis piernas no impiden que baje de un salto y me acerque a ellos. Es una patrulla de soldados del ejército guatemalteco.
El colectivo en el que viajaba ya se alejó y me veo ahora en medio de la nada. De inmediato siento la excitación de los tiempos pasados, pero al mirarme a mi mismo me doy cuenta que ese tiempo terminó.
Ya no estoy vestido de soldado y en vez de un fusil llevo colgada en mi hombro una cámara Cánon. Ahora juego al periodista en una región desconocida.
De inmediato reconozco las armas, las botas, los equipos, las miradas perdidas, el sentimiento del sargento que fuma nervioso. Reconozco en ellos el tedio de esperar. Siempre es lo mismo en cualquier parte del mundo. No importa a que país pertenezca el soldado. La espera es siempre el peor enemigo porque te obliga a pensar.
Hace demasiado calor para vestir esas botas y ese grueso uniforme camuflado y, a pesar de la ametralladora MAG que hace el papel de tercer ojo sobre el techo del camión (besándose el gatillo con el dedo) me acerco y, cortésmente, se lo hago saber (conversaciones simples para romper el hielo).
La banda de municiones calibre 7,62 chorrea plomo por los costados de la ventanilla y me resulta una imágen muy familiar. Pero este muchacho de 17 años, al igual que miles de otros que también sirven en el servicio militar guatemalteco durante dos años y medio, esta orgulloso de vestir ese sudado y arcaicamente diseñado uniforme de hule verde, mientras protege este puente rural construído por el gobierno 8 años atrás.
La verdad es que si la guerrilla todavía existiera y hubiese deseado, habría podido poner una bomba en la base misma de los cimientos, a 50 metros de distancia, escondidos entre los árboles, sin que nosotros lo hubiésemos siquiera notado. Podríamos estar volando a la mierda en mil pedazos ahora, pero sólo se escucha el canto de los pájaros.
Mi joven amigo, sin embargo, atribuye la invulnerabilidad de este puente a otras razones, "Si no fuera por lo bien preparado de nuestro ejército, la guerrilla ya habría instaurado el régimen comunista, como en Nicaragua, o como le va a pasar a El Salvador si siguen jodiendo", (risas nerviosas en los labios morados de los otros).
La guerrilla guatemalteca, tal como lo comentó el soldado, ha sido aplastada, apabullada por el ejército. Su accionar se limita a unas pocas zonas montañosas, de población indígena principalmente, cuya importancia es mínima en la economía nacional.
La guerrilla, otrora popular entre los indígenas y muchos ladinos, ha ido siendo reemplazada por la convivencia pacifica con el vencedor, el ejército.
Lo cierto es que en Guatemala todo lo que parece tener arraigo popular tiene un futuro definido, el fracaso.
Ya sea la guerrilla, ya sea la selección de fútbol en las eliminatorias para Italia 90, huelgas de maestros y elecciones se ven truncadas en la mitad de lo que pareciera ser un triunfo, al menos parcial.
Militares, la selección de fútbol de Trinidad y Tobago, las compañías fruteras y las cafeteras, se encargan de sumir al país una y otra vez en un profundo sentimiento de derrota nacional, de paz y orden obligados.
Guatemala es un país que no se ha visto, ni feliz ni tristemente, alterado por ninguna situación que haga a la gente olvidar sus problemas alimenticios, económicos, religiososos, de identidad, de salud y raza, por años.
"Todo lo que sucede a cierta gente uno lo ha visto en películas malas", escribió una vez el mexicano Eugenio Partida. Y es verdad. Esta parte de Centroamérica se refleja en esas palabras.
La doctrina del ejército guatemalteco (como el resto de las doctrinas de los ejércitos de toda América Latina), es una bajada de línea directa de la política colonialista y neoliberal de la "gallina de los huevos de oro", Estados Unidos.
La guerra civil en Guatemala duró 36 años y desangró a los más desprotegidos: los indios y los pobres, la mayoría del país.
Antes de salir de nuevo a vagabundear por los caminos de esta apasionante región, me entrevisté con mi amigo Fernando Cruz Valdez en Antigua.
El es un reconocido veterinario y un estudioso de la historia de Guatemala. Me contó algo mas acerca de estos sucesos...
El inicio del conflicto data de 1954. Una invasión dirigida por el coronel Carlos Castillo Armas; con el apoyo de la United Fruit Company pero organizada por la CIA de los Estado Unidos, derrocó a Jacobo Arbenz, uno de los gobiernos mas democráticos y mas populares en la historia del país.
Este lamentable hecho otorgo poder a los militares y desde entonces jugaron un papel importante en la política de la nación. El nuevo gobierno se dedico a destruir organizaciones sociales, lideres campesinos, dirigentes de sindicatos, hombres y mujeres intelectuales, universitarios y todo el que se oponía en contra del régimen.
La revolución tendría lugar 6 años mas tarde (concretamente el 13 de noviembre de 1960 según la historia del conflicto armado que duraría 36 años).
Inició oficialmente, cuando un grupo de oficiales del ejército (la mayoría entrenados por EE. UU. en la temible Escuela de las Américas), intentaron llevar a cabo un golpe de estado en contra del general Miguel Ydigoras Fuentes, quien gobernaba a Guatemala en ese año. Ese intento fue un rotundo FRACASO.
Los oficiales descontentos ayudaron a formar el movimiento revolucionario moderno, motivado por el triunfo de Fidel Castro en Cuba que ocurrió en 1959.
Muchos de estos movimientos consideraron la gran posibilidad de triunfar en Guatemala, en Centroamérica y en toda América Latina. Por eso se dice que Guatemala fue la chispa que encendió la región.
En respuesta al nuevo movimiento revolucionario, el Estado se convirtió en CONTRAINSURGENTE y se transformó en un enemigo para el pueblo, especialmente los que deseaban el cambio y los que brindaban apoyo a los nuevos movimientos que, en teoría, tenían su fundamento en la justicia social.
Las sierras selváticas de la Guatemala profunda, se convirtieron entonces en el Vietnam sudamericano, en una especie de laboratorio que la CIA mantuvo en la región, con el pretexto de erradicar el comunismo internacional en esta parte del mundo.
Los "boinas verdes" del ejército norteamericano (fuerzas especiales dedicadas a la propaganda política y a la guerra psicológica), hicieron un trabajo similar al realizado en las regiones montañosas del Vietnam central.
Se instalaban en pequeños grupos de 10 o 12 hombres bien entrenados y equipados en las regiones indígenas alejadas de los centros urbanos y tomaban contacto con los líderes de las comunidades.
De ese modo, permanecían por largos períodos conviviendo con lo indios, aprendiendo su cultura, curando a sus enfermos y proporcionando apoyo a la gente. Se ganaban su estima y, como decían en Vietnam: "ganar corazones y mentes para propiciar la lucha armada".
El proceso era arduo y tedioso pero al final, lograban que las comunidades colaboren con ellos.
A partir de ahí comenzaba el proceso de entrenamiento militar.
La operación de contrainsurgencia montada por la CIA en Guatemala tuvo por nombre código "GOLF".
De igual manera, los "boinas verdes" entrenaban y asesoraban a los soldados del ejército, y lograron formar una unidad contrainsurgente de lucha contra la guerrilla que todavía existe: los comandos KAIBILES.
Los kaibiles, las “máquinas de matar” del Ejército guatemalteco son una mezcla de “rangers” estadounidenses, gurkas británicos y comandos peruanos.
Son entrenados en “El Infierno”, una Escuela Militar del norte de Guatemala, en la región de "El Petén".
Al “Infierno”, un Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales kaibil ubicado en esa región, a 415 kilómetros al norte de la capital de Guatemala, sólo se ingresa por invitación del Ejército.
Los miembros de esa fuerza de élite son sometidos durante ocho semanas a un entrenamiento de supervivencia en condiciones extremas y ellos siempre tienen presente el lema: “Kaibil, si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame. Si retrocedo, mátame!”
El tableteo de las ametralladoras, una densa columna de polvo, humo y jóvenes kaibiles carapintadas con el fusil M-16 al pecho y la bayoneta calada, reciben al visitante en una zona sembrada de minas y plantas de “pica-pica”, que causan un escozor interminable.
El estridente fuego del mortero y el olor a pólvora ahuyentan a las aves, que vuelan despavoridas, mientras los hombres con uniforme de jungla se desplazan cuerpo a tierra por entre el espeso follaje selvático, la tierra y el lodo.
Le llaman “El Infierno” al centro de entrenamiento Kaibil porque los 38 grados y la intensa humedad han hecho a muchos desistir; en esa zona del norte guatemalteco han sido entrenados los Ranger de Estados Unidos, militares de Chile, México, China y Colombia.
El calor y el olor a pólvora y humo sofocan.
El visitante común se derrite en plena selva del Petén guatemalteco donde pocos, sin embargo, ingresan y en el caso de los militares muchos no tienen la suerte de culminar el curso y llevar sobre la cabeza la boina púrpura y los emblemas.
Quienes deseen llevar la insignia de Kaibil tienen que pasar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello, bajar a rappel colgado de una cuerda, con el fusil al hombro, pasar un río con una garrocha y si las fuerzas no le alcanzan caerá sobre las rocas.
Este grupo de élite fue creado el 5 de diciembre de 1974 y entrenado por las fuerzas especiales de los Estados Unidos, para enfrentar a la desactivada Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), que durante cuatro décadas puso en jaque al gobierno de Guatemala.
Los militares adoptaron el nombre de “Kaibil Balam”, un rey del imperio Mam que nunca pudo ser capturado por los conquistadores españoles y, con ese espíritu se organizó inicialmente en función de un objetivo político-militar: recuperar el territorio de Belice para Guatemala.
Levantando los brazos me despido de los soldados de la patrulla y regreso a la ruta a hacer dedo rumbo al pueblo.
Busco un medio de transporte en este páramo verde y desolado.
Pasa un niño montado en un burro llevando cañas sobre su lomo. El animal avanza con la cabeza abajo, doblado por el peso.
Un viejo sucio con aspecto anglosajón se detiene y se ofrece a llevarme. Habla un mal castellano y supongo que es yanki. Me cuenta que lleva muchos años viviendo en el país y no se porqué vuelvo a pensar en los "boinas verdes".
Después de todo, siento que a pesar de que ya callaron las armas, la invasión continúa.





