Yo había llegado en pleno invierno. Una noche de enero, fría como ninguna. Tanto frío debí haber sentido porque estaba solo, no tenía mucho, ni con quien compartir...
Por Sebastián Galarza desde Guadalajara. México
Ocurrió en Italia.
Yo había llegado en pleno invierno. Una noche de enero, fría como ninguna.
Tanto frío debí haber sentido porque estaba solo, no tenía mucho, ni con quien compartir. Esa ciudad es especialmente fría de noche.
No sé porque, pero ni los perros se animan a salir.
En Roma no hay perros vagabundos, sólo algún que otro inmigrante ilegal o exiliado político de algún paisito africano o latinoamericano perdido en el mapa.
Saliendo del aeropuerto, cargaba mi mochila al hombro y hundía el cuello en un abrigo de lana negro que me regaló mi vieja.
Caminé por las calles de la ciudad como un anónimo más, de esos miles que andan sueltos por ahí.
Después de algunas horas de andar andando sin rumbo, me detuve frente a un cafetín a tomar algo caliente. Creo que fue el café más caro de mi vida, pero sin dudas el más emblemático e histórico por el lugar donde estaba.
Me llamaba la atención las tapas de hierro de las alcantarillas en todas las esquinas.
Tenían una inscripción en la que se leía: “S.P.Q.R”.
Recordé que alguna vez había escuchado algo acerca de esas siglas allá por mis años de estudiante secundario…
Mi antiguo profesor de geografía, un sacerdote verbita de origen alemán, llamado Heinz, nos contaba que en la época del Imperio Romano, el emperador Tiberio utilizó esas siglas para identificar a sus legiones y otorgar también el nombre oficial a la ciudad.
Las siglas, que significan “Senatvs Popvlvs, Quorvm Romanvs”, el senado es el pueblo de Roma), fueron utilizadas también en los años de 1940 por el “duce” fascista Benito Mussolini, para engrandecer simbólicamente a su régimen.
Yo nunca fui un estudiante aplicado ni mucho menos. Siempre fui de medio pelo para abajo, no me gustaba estudiar, pero la geografía y la historia me atraparon desde chico de una manera especial.
Las clases con ese cura, de rostro severo y voz grave, eran para mí lo mejor de ir al colegio, además de las andanzas en cacerías femeninas con los muchachos.
El asunto es que yo andaba andando de vagabundo entre las antiguas ruinas que dieron luz y vida a éste mundo nuestro y arruinado, cuando de repente, vi una imagen de la realidad…
En plena estación de trenes estaban unos inmigrantes latinoamericanos calentándose las manos.
Porque en Roma es así, los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben.
De pronto, el radiador se apagó. Los pobres hombres se quedaron mirándolo petrificados, sin parpadear. Parecían devotos adorando a la virgencita de Guadalupe, pero una Guadalupe que en vez de favores tiraba calor, un calor indispensable, tan imprescindible como las tortillas de maíz que alimentan a los nenes de las sierras.
¿ Que hacemos?, se preguntaban los inmigrantes.
El frío los hacía temblar como malaria.
Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la antigua ciudad.
Y así nació la moneda de hielo, inventada por un hombre helado.
Francisco Ruiz, el ecuatoriano pescador de las costas de Montañita, nacido en Guayaquil, intentaba recordar el calorcito de su tierra natal frotándose fuerte las manos y viendo la foto de una playa del Caribe, en la hoja de un pedazo de diario, que flotaba sobre un tacho de basura…


