ColumnistasMonseñor Miguel Esteban Hesayne: un auténtico luchador por los Derechos Humanos

Armando Borgeaud8 diciembre, 2019

Por Armando Borgeaud… Moseñor Hesayne puso el cuerpo y su grandeza espiritual al servicio de sus hermanos, desde los momentos en que en el país comenzaban a gestarse paulatinamente, pero sin pausa, las condiciones para el golpe de estado más sangriento de la Historia argentina, que los militares aguardaron en ejecutar con paciente crueldad en medio de la desorientación de la clase dirigente y de la sociedad en su conjunto. Cuando los que éramos muy jóvenes en aquel momento percibíamos aquella euforia por la violencia en los ánimos con una inconsciencia que hoy nos hace correr frío por la espalda…

Monseñor Hesayne fue desde los primeros momentos de esa escalada y fundamentalmente desde el 24 de marzo de 1976, cuando las desapariciones de personas se contaron por miles, una voz clara y valiente en defensa de la vida contra el secuestro, la tortura y el asesinato.

En la búsqueda de la imprescindible tolerancia ante la diversidad de ideas y el respeto por los valores sagrados de la vida. No solamente por su consagración religiosa, profunda y auténticamente cristiana, sino además por su personal visión humanista proveniente de esa formación moral y ese signo que, estoy convencido, cada uno de nosotros, para bien o para mal, trae como una marca desde nuestras primeras acciones como seres provistos de humildad y vocación por el trabajo constante, aún cuando muchas veces el ser consecuente con lo que creemos con profundidad, vaya en contra de nuestros intereses personales. O individuos mezquinos y especuladores, dispuestos a defender acciones inmorales sin escrúpulos en nombre de un dogmatismo carente de capacidad autocrítica cuando no conviene. Algo de todo eso estimo que se recibe en la crianza, la historia familiar, tal vez una concepción de la vida que se transmite de generación en generación.

Monseñor Hesayne como otros obispos, Jorge Novak, Jaime De Nevares, Enrique Angelelli, quien fuera asesinado por los militares el 4 de agosto de 1976 y de cuya muerte no titubeó Hesayne en responsabilizar a las autoridades en esos momentos, el olvidado Vicente Zaspe, cuyas homilías domingueras desde Santa Fé eran esperadas por muchos de nosotros cada lunes levantadas por algunos diarios, junto a muchos no religiosos que también se expusieron con valentía, pusieron el cuerpo contra la dictadura, cuando justamente era el cuerpo de los desaparecidos donde se ensañaba la represión sanguinaria.

Pusieron el cuerpo y la palabra en la soledad del miedo aterrador, cuando muchos de los que aparecieron después para usufructuar el resultado de esa lucha con fines políticos partidistas, que al fin fue saliendo a la luz en la medida que el poder militar se iba replegando en su propio fracaso, se ocultaron en un mutismo ensordecedor hasta bien llegada la democracia, cuando la amenaza militar se fue desdibujando lentamente y fue muy fácil y conveniente sumar testimonios de posturas falsas.

Entonces Monseñor Hesayne continuó su lucha por los Derechos Humanos. Contra el hambre, la miseria y la desigualdad que los gobiernos elegidos por el voto popular heredaron como consecuencia del nefasto ensayo neoliberal de los años del Proceso pero no pudieron evitar su profundización hasta nuestros días, y oponiéndose a la legalización del aborto. Lo hizo como en los tiempos anteriores, a través de entrevistas y cartas a los funcionarios y presidentes, publicando solicitadas, editando libros escritos con claridad y firmeza, sin tener en cuenta los colores políticos de quienes ocupaban la primera magistratura.

En los días actuales, cuando la pobreza alcanza niveles escandalosos, con una sociedad dividida en fracciones incapaces de discutir honestamente sus diferencias para enriquecer la vida política, cuando sus ciudadanos descreen de la Justicia, que desde hace muchos años viene acomodándose al poder de turno con la “ defección estratégica “ que convenga a sus intereses corporativos, cuando la corrupción se ha convertido para gran parte de la opinión pública en una consecuencia inevitable de las prácticas de gobierno, cuando innumerables sacerdotes de la Iglesia Católica están siendo acusados y juzgados por abusos sexuales a niños, algunos discapacitados, y adolescentes, hombres como Monseñor Hesayne, fallecido a los 96 años hace poco, resultan imprescindibles para este nuevo proceso que comenzará el 10 de diciembre y que requerirá de funcionarios y legisladores más que nunca de lucidez, capacidad de planificación, honestidad en el manejo de los fondos y sensibilidad para oír el reclamo de los sectores más vulnerables.

Tal vez su muerte a pocos días de un cambio de gobierno sea el último mensaje, además de los que quedan en su extensa obra escrita, a nuestras conciencias.

Continúan, algunas cartas de Monseñor Heysane, una reseña de su biografía publicada por la editorial Patria Grande, donde el obispo publicó parte de su obra y, finalmente, la reproducción de la página online “ En estos días “ de la ciudad de Viedma, donde Hesayne fue obispo durante veinte años hasta 1995, en la que se puede encontrar información y testimonios valiosísimos sobre la vida y la acción de este gran hombre.

Su testimonio del martirio del obispo Enrique Angelelli

En 2006, Hesayne dio testimonio de la muerte del obispo Enrique Angelelli, a la que calificó como «martirio»:

El 4 de agosto de 2006 se cumplen 30 años de la muerte del obispo de La Rioja Enrique Angelelli. Hace 30 años que quienes lo mataron logran, todavía, matar su muerte, no obstante el clamor popular que lo proclama ¡¡¡el Obispo Mártir!!!

Yo también me uno a este clamor. Tengo certeza moral de que fue asesinado por anunciar el Evangelio de Jesús sin mimetismos o retaceos diplomáticos. El 4 de agosto de 1976, encontrándome en el Obispado de Viedma, recibí la noticia oficial de la muerte del Obispo Angelelli ocasionada -según comunicaba el cable- por un accidente automovilístico. La noticia de su muerte me golpeó muy hondo. Fue la triste muerte del amigo, confidente y lúcido consejero pastoral. A la luz de la Fe en Jesús Resucitado, cuya presencia el “Pelado” -como lo llamábamos- irradiaba como anuncio pascual, vibrante y claro, el golpe de tristeza se me fue transformando hasta en una sensación de victoria: ¡¡¡el Pelado ha logrado la gracia del martirio cristiano!!!, me dije y comencé a proclamarlo. Y lo que fue una primera intuición, se ha convertido ahora en una certeza.

Con la noticia de la muerte de mi hermano en el episcopado, el Padre Obispo Enrique Angelelli, se me agolparon los recuerdos de los encuentros personales y reuniones pastorales que mantuve con el amigo y pastor, desde que lo conocí como integrante notable de la COEPAL y luego, siendo yo obispo de Viedma, en charlas personales y Asambleas Plenarias del Episcopado. Pero una y otra vez, junto a los diversos recuerdos de su gran riqueza de vivencia evangélica personal como de claras y vigorosas orientaciones pastorales, surgía, punzante, la conversación confidencial que mantuve con él quince días antes del 4 de agosto.

Admiraba su contagioso y vigoroso entusiasmo pastoral, su sereno y firme coraje y hasta a veces sonriente anuncio del Evangelio, orientado siempre hacia la construcción de la nueva civilización del Amor y denunciando sin eufemismos la injusticia social y la escalada de violencia y atropellos a la ciudadanía causados principalmente por funcionarios del Estado. Pero, día a día me preocupaba su seguridad personal. Por eso, en esa conversación confidencial decidí aconsejarle que por un tiempo se ocultara, quizás haciendo un viaje al exterior. De inmediato y con firmeza me contestó que no.

De ninguna manera saldría fuera del país. “Mirá -me dijo con serena firmeza- ahora me toca a mí. Si me oculto o salgo de La Rioja seguirán matando a mis ovejas”. Corrían días oscuros y tensos cargados de amenazas, detenciones y torturas de dirigentes laicos de pastoral diocesana y el asesinato a mansalva de sus dos sacerdotes Murias y Longville, juntamente con el cruel asesinato del dirigente laico de pastoral rural Wenseslao Pedernera, acribillado ante su esposa e hijos en su propia casa rural por un grupo de las Fuerzas Armadas. Con estos antecedentes íntimos personales, ¿cómo no iba a estar convencido del asesinato que le quitó la vida a Angelelli a causa del Evangelio y por lo tanto considerarlo y proclamarlo mártir junto a la gran mayoría del pueblo de Dios, libre de ideologías y prejuicios políticos o recelos clericales?

Y esta íntima convicción de que Angelelli había sido asesinado para silenciar su mensaje y acción pastoral, en forma providencial se transformó en objetiva persuasión, al momento de leer el documento judicial que me fue enviado desde el Juzgado de Instrucción número 1 en lo Criminal y Correccional de la ciudad de La Rioja (año 1983).

Sus cartas a Presidentes

Hesayne continuó siendo crítico a las políticas gubernamentales después del retorno de la democracia, especialmente en el periodo neoliberal de Carlos Menem en los 1990s, y de su sucesor Fernando de la Rúa.

En 1999 le escribió al presidente argentino, Menem después que llamara “mentiroso” al obispo Rafael Rey, presidente de Cáritas de Argentina. Menem había comunicado acerca del descenso de la pobreza, y Rey lo contradijo, afirmando que la pobreza se había incrementado en relación a los cinco años previos. Hesayne escribió a Menem, quien había sido condecorado por el Papa Juan Pablo II en 1993 por su lucha antiaborto):

Ud. puede hasta engañar al Papa con sus falacias políticas, pero no al Señor de la Iglesia y de la Historia, Jesucristo, para quien todos sabemos que verdaderamente hoy la pobreza es demasiada.

En 2001, Hesayne nuevamente criticó las políticas neoliberales de De la Rúa, y aún lo amenazó de excomunión. En una carta le escribió:
[…] ¿es lícito que comulgue un cristiano que, de hecho, asume la ideología neoliberal que engendra una situación de muerte para con millones de habitantes…, muerte infantil a poco de nacer, muerte acelerada a ancianos y muerte lenta a generaciones de jóvenes con una salud endeble etc., etc.? […] Sumemos estos hechos a los ajustes para pagar la deuda externa -que causan por día un centenar de niños muertos-, ¿puede comulgar con la conciencia tranquila el responsable directo o indirecto de tantas muertes? Llamemos a las cosas por su nombre: su gobierno, en vista a pagos legales (no justos), viene tomando medidas (también el anterior lo hacía) socioeconómicas que son un genocidio de guantes blancos para una sociedad dominada neoliberal, pero crimen horrendo para Dios, quien clama se haga justicia a sus pobres.3

Durante la presidencia de Eduardo Duhalde, le escribió una carta abierta:

Dr. Eduardo Duhalde, de mi cristiana estima:
Le escribo como siempre he escrito a gobernantes de nuestro país que se presentan como “cristianos” jurando sobre los Santos Evangelios.
El Evangelio del Señor Jesús no es un manual de política, ni de economía, ni de cultura, ni de orden social y menos de gobernabilidad. Pero, quien jura por el Evangelio, jura por sus valores éticos y se compromete hasta dar la vida personal dado el caso en el cumplimiento de las coordenadas esenciales del mensaje cristiano: búsqueda de la verdad, defensa de la libertad, cumplimiento de la justicia desde un real amor solidario. Si falta una de estas cuatro, se viola el juramento. Sr. Presidente de la Nación, Ud. desde el primer día prometió al pueblo argentino erradicar la corrupción generalizada. Y la corrupción tiene nombre y apellido. Y los corruptos siguen “premiados”² con el dinero que han robado al pueblo argentino. Por eso, su Gobierno no hace la verdad y ni defiende la libertad.
La generalidad del pueblo argentino sigue oprimido por el hambre, la falta de medicamentos indispensables y atención médica y de un techo digno mientras los responsables de la ³miseria argentina² gozan hasta de un irritante bienestar. No es por venganza sino por elemental justicia que se los ha de juzgar y el pueblo debe saber la verdad. “La verdad los hará libres”, enseña Jesús.
Su Gobierno tampoco cumple con la justicia porque persiste la inequidad que se instaló desde noviembre y se agudizó en forma cruel en la década de 1990, no obstante el reclamo hasta en la voz del Papa Juan Pablo II hablando a nuestros Embajadores y al Episcopado Argentino.
Por eso, no hay un real amor solidario para con lo más pobres, postergados y excluidos. Con la “caridad limosnera” o “ayuda social”² no se cumple con la justicia social. El primer derecho de un hombre o de una mujer es el trabajo dignamente remunerado. Es cierto que al hambriento hay que darle pan pero al mismo tiempo como es persona humana hay que darle, de inmediato, un horizonte de recuperación de su derecho al trabajo. Van a ser 26 años que vengo escuchando la promesa de que, una vez arregladas las grandes finanzas y pagadas las deudas del Estado se va a encarar la solución del problema social en forma digna. Se lo oí al ministro Martínez de Hoz en noviembre de 1976, en al aula episcopal pidiendo paciencia a los Obispos. Y ahora se escucha de Ud y colaboradores que se tenga paciencia.
Los realmente pobres y excluidos de la Argentina de hoy siguen esperando engañados y ya muchos desesperanzados son caldo de cultivo de la violencia engendrada por la injusticia social reinante. Y otros muchos ya han tenido la sentencia de muerte prematura que dictan las medidas sin equidad social. Ármese de coraje y coherencia evangélica: opte de verdad por los más pobres y excluidos, exigiendo con todo derecho a los que más poseen todo lo necesario para restablecer la equidad social. Esta coherencia y este coraje se le exige a quien jura por los Santos Evangelios. Si no le es posible renuncie a gobernar o renuncie a ser cristiano. La Iglesia Católica, en la Argentina, está desnaturalizada por culpa de muchos católicos sin compromiso evangélico. Son los del cumplimiento; con actos piadosos vaciados del contenido del amor solidario que es real cuando pasa por la justicia social y en libertad.
Rogando por Ud. y colaboradores para que escuchen al Señor de la Historia en el clamor de los pobres, presento mis más respetuosos saludos.

En 2004, recibió junto a la Madre de Plaza de Mayo Olga Aredez, el premio Azucena Villaflor, en mérito a su lucha por los Derechos Humanos por parte del Gobierno argentino, de manos del presidente Néstor Kirchner. Fue miembro Emérito de la Comisión Provincial por la Memoria con sede en La Plata.

Miguel Esteban Hesayne nació el 26 de diciembre de 1922 en la ciudad de Azul, Argentina. Ordenado sacerdote a los veintiséis años el 12 de diciembre de 1948, ejerció como profesor de Literatura y Latín en el Seminario diocesano de Azul, más tarde Rector. Fue destinado como cura párroco en Tapalqué, 25 de mayo, Lamadrid y Las Flores en la provincia de Buenos Aires hasta que fue designado por quince años como capellán auxiliar no militar en el Regimiento de Azul y en la Base Naval Azopardo.

En tiempos del Concilio Vaticano II cursó estudios de Teología Pastoral en la Universidad de Lille, en Francia, y de Eclesiología con el teólogo Ives Congar en París. El 7 de marzo de 1975 fue nombrado Obispo de Viedma, Río Negro, lugar desde donde ejerció su cátedra pastoral con ardor en defensa de los pobres y los derechos humanos.

La dictadura militar que se apoderó del país entre 1976 y 1983 la enfrentó desde el lugar del profeta, cuando la palabra era castigada con la muerte. Entonces, dirigió su servicio episcopal a la actividad y el compromiso concretos, no sólo mediante la denuncia sino con la acción y la gestión directa ante los Cuerpos de Ejército y de las otras fuerzas regulares del gobierno de facto a favor de la aparición con vida de ciudadanos de su diócesis detenidos irregularmente; algunos, más tarde desaparecidos.

Tras enviar varias cartas privadas a los responsables de las Juntas Militares –al ex general Videla, al ex general Harguindeguy, al ex general Viola- y no obtener una respuesta acorde al tema de la violencia, de las torturas, a las graves violaciones a los derechos humanos, a las desapariciones, decidió hacerlas abiertas y públicas antes de recibir varias amenazas concretas de muerte: en 1976, luego del asesinato del obispo de La Rioja Enrique Angelelli; en 1981, en ocasión de acompañar al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, fundador del Servicio de Paz y justicia (SERPAJ) en una recorrida por la diócesis.

En aquellos años enfrentó al Terrorismo de Estado y a la Doctrina de la Seguridad Nacional en sintonía con los obispos Jorge Novak y Jaime de Nevares desde los Organismos de Derechos Humanos, especialmente desde la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Al tiempo que como obispo integraba la CEA (Conferencia episcopal argentina) colaboraba como columnista en la Revista Paz y Justicia dirigida por Adolfo Pérez Esquivel, y concedía numerosos reportajes a la vez que promovía y firmaba solicitadas en los medios de la época junto a personas de la política y la cultura.

Durante su gestión episcopal en Viedma (1975-1995) convocó el primer Sínodo pastoral diocesano (1983-1984), recibió la visita apostólica del papa Juan Pablo II en abril de 1987, y propició la creación de los obispados de Alto Valle y Bariloche.

El 2 de agosto de 1985 se presentó a declarar en su condición de obispo católico en el Juicio a las Juntas, haciéndolo por más de una hora con argumentos contundentes acerca del Terrorismo de Estado y la desaparición forzada de personas en un testimonio histórico, coherente y conmovedoramente cristiano en tanto pastor y ciudadano.

Hesayne abrazó la Opción Preferencial por los Pobres y piensa la Iglesia y el mundo con los preceptos fundamentales del Concilio Ecuménico Vaticano Segundo, desde el Magisterio de la Iglesia, y con las premisas y categorías de la Teología de Liberación.

Por aquellos años como durante la década de los noventa y los últimos tiempos alza su voz para reclamar a la dirigencia política y empresaria el recorrido por sendas de justicia social y libertad, en función de la paz; para reintegrar el sentido de servicio, en oposición fundada al modelo neoliberal en apogeo en los noventa en la Argentina; contra los indultos; contra la cultura alienante; y sobre todo para fecundar de valores trascendentes la actividad política –las cartas abiertas que enviara a los presidentes de los últimos 20 años de vida democrática, Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, dan cuenta de esta coherencia discursiva y testimonial.

Retirado del gobierno pastoral desde 1995, es Obispo Emérito de Viedma, dedicándose intensamente a la animación del Instituto Secular de los Cristíferos (desde el 25 de mayo de 1955, Azul, cofundador junto a Beatriz Abadía) centrado en la formación integral del laicado. Asesor de la Obra Kolpin Argentina por varios años, entre 1995 y 1997 invitado por sacerdotes de Alemania dio varios cursos en Europa sobre Comunidades Eclesiales de Base (CEB). Junto al obispo metodista Aldo Etchegoyen es miembro fundador de la Asociación Jaime de Nevares, destinada a la formación sociopolítica del laico a nivel nacional. Su mensaje continúa siendo lúcido, frontal, sensato; luminoso, el núcleo de su pensamiento es la inspiración hacia una dimensión política del Evangelio. Y desde el enfoque pastoral y espiritual considera que su misión es el anuncio de esta dimensión profética.

Es titular de la Cátedra de DDHH de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, y en 2001 recibió el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Nacional de Río Cuarto. Es una de las voces protagonistas de la Argentina de los últimos treinta años y una de las máximas expresiones de la Iglesia católica argentina y latinoamericana.

En 2004 recibió junto a la Madre de Plaza de Mayo Olga Aredez el premio Azucena Villaflor, en mérito a su lucha por los Derechos Humanos por parte del Gobierno argentino, de manos de Néstor Kirchner. Es miembro Emérito de la Comisión Provincial por la Memoria con sede en La Plata y publica sus homilías semanales desde el sitio en Internet www.cristiferos.com.ar

Obras publicadas

Cartas por la vida. Centro Nueva Tierra y Latinoamérica Libros: Buenos Aires, 1989, y Documentos-Página 12: Buenos Aires, 1996
Una voz del Sur. Ed. Guadalupe: Buenos Aires, 1995
Hambre de dignidad: apuntes para una sociedad basada en la Justicia hecha en el amor. Patria Grande: Buenos Aires, 2005
Jesucristo, Vida para el Pueblo: apuntes para ser Iglesia de Jesús en la vida ciudadana. Patria Grande: Buenos Aires, 2006
Desde los pobres a todos: apuntes para celebrar la vida. Patria Grande: Buenos Aires, 2007
Perfil cristiano. Patria Grande: Buenos Aires, 2012.

El obispo descarriado

Miguel Esteban Hesayne falleció este domingo, a los 96 años. Como Obispo de la diócesis de Viedma defendió los Derechos Humanos, salvó vidas y se enfrentó abiertamente a la dictadura. Minucioso comunicador, dejó todo registrado y lo publicó en libros. El recuerdo de quienes más lo conocieron.

02/12/2019
Viedma
Carolina González

(foto Nacho Correa – Diario El Tiempo)

“Cuando yo supe que había hermanos míos en situación límite, torturados, presos o desaparecidos, desde mi fe cristiana me puse a defender sus derechos. No lo tomé como una bandera social política (sino como) un nuevo campo de evangelización, al expresar que los Derechos Humanos no fueron creados por la ONU, sino que son creados por el mismo Dios”.

Así lo escribió Miguel Esteban Hesayne, en el libro Diálogos en Azul, donde dejó plasmado parte de su ideario y su vida.
¿Cómo se trabaja defendiendo los derechos humanos desde un Iglesia como la católica, muchas veces cómplice y colaboradora del horror de las dictaduras militares?

Miguel Esteban Hesayne lo hizo poniendo el cuerpo y su fe por delante. Obispo diocesano de Río Negro, nacido en la localidad de Azul en 1922, ordenado sacerdote en 1948 en la ciudad de La Plata, profesor de literatura y latín, comunicador social, capellán auxiliar del Ejército, Hesayne se enfrentó con la Junta Militar y defendió a un grupo de militantes viedmenses durante los años de plomo.

En abril de 1975, fue elegido por el entonces el papa Pablo VI como Obispo de la Diócesis de Viedma, que en ese momento abarcaba todo el territorio rionegrino. Cuando llegó el golpe de Estado de 1976, se convirtió en uno de las pocas autoridades eclesiásticas en levantar la voz contra las torturas y desapariciones, junto, entre otros, a los Obispos Enrique Angelelli de La Rioja, Jorge Novak de Quilmes, y Jaime De Nevares de Neuquén.

Por su defensa de la vida, la integridad y su oposición abierta a la tortura, fue amenazado, perseguido, ninguneado y hasta acusado de “filo-marxista”. Pero nada de eso lo detuvo en sus reclamos. Incluso fue el impulsor de que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) se instalara en la Catedral viedmense.

Hesayne fue un religioso vanguardista, que empezó por desarraigar viejas costumbres ligadas a la ostentación del cargo. Ya no mas beso en el anillo de consagración; laicos y religiosos trabajando a la par en la catedral; sencillez en el trato, humildad, cercanía con fieles y religiosos.

Como Obispo de Río Negro trabajó intensamente en la unión de la comunidad, integrando los espacios seculares y religiosos.

Como hombre de fe, condenó la miseria humana y el accionar represivo de las Fuerzas Armadas durante la última dictadura cívico militar.

Como hombre de bien, perseverante, aguerrido y sensible, salvó la vida de muchos hombres y mujeres que fueron “chupados” durante la última dictadura militar.

Como autoridad religiosa, manteniendo siempre los pies dentro de la estructura de la Iglesia Católica conservadora, fue un avanzado que no tuvo reparos en discutir, incluso, con Jorge Rafael Videla, uno de los mayores asesinos que conoció la historia argentina.

“Todo hombre y toda mujer nace con derechos; esos derechos terminan en el derecho del otro. Y de ahí nace que los derechos engendran también deberes; y de ahí comencé también a catequizar las relaciones humanas: una sociedad simplemente humana no se logra sino respetándose mutuamente los mutuos derechos”, repasó en Diálogos en Azul.

Hesayne escribió sus memorias, guardó las cartas que intercambió con autoridades militares, y tuvo el tino de publicarlas. La vida de Hesayne está en sus amigos, colaboradores y en las bibliotecas populares de la Provincia.

Comunicar es Comulgar

Comunidad, comunicación, comunión tienen misma raíz etimológica: puesta en común. Y Hesayne lo sabía -y practicaba-.

Cada domingo, su homilía era noticia. En su espacio de comunicación con los feligreses, aprovechaba para criticar abiertamente la situación económica angustiante y la represión ilegal. Lo hacía ante las autoridades políticas y militares provinciales que asistían a misa emperifollados y sentados en la primera fila.

En lo años más oscuros, sus discursos se reproducían en algunos medios de comunicación locales, radios y diarios. Pero sus palabras no quedaban sólo en la comarca Viedma – Patagones, llegaban también a Buenos Aires a través de la agencia Nacional Telam.

Carlos Espinosa, corresponsal de esa agencia de noticias por más de 35 años, recuerda que los sábados Hesayne solía dar un adelanto de lo que sería el sermón del día siguiente.

Como trabajador de prensa Espinosa cubría la homilía. “En Telam al principio no les interesó esa información y nos dijeron que no la enviáramos, pero después la orden cambió y cada domingo teníamos que despachar la transcripción completa. Claro, no se usaba para la cablera (sistema de distribución de información para los medios), sino que era requerido por algún jerarca militar para saber los pasos del Obispo”.

No sólo las palabras, sino sobre todo las acciones de Hesayne levantaban la furia de las fuerzas represivas. Y se lo hacían saber. Durante el mes de agosto de 1976, luego del asesinato del obispo riojano Enrique Angelelli -en lo que se pretendió hacer pasar por un accidente-, Hesayne recibió desde la ciudad de Córdoba una carta de amenaza: “Ojo! Monseñor, reflexione, Angelelli no tuvo tiempo”, decía la nota.

A las amenazas, le siguieron acciones persecutorias por parte de la policía de Río Negro. Hesayne reclamó al Gobierno provincial, pero las autoridades rechazaron toda acusación.

“Acecho a la Iglesia Católica”, “hostigamiento” y “descrédito a la función pastoral del Obispo diocesano”, fueron algunos de los reclamos que Hesayne le realizó al entonces gobernador rionegrino de facto, Contraalmirante Julio Acuña, según dejó asentado.

Hesayne, que sabía a lo que se enfrentaba, no se limitó a reclamar personalmente, ni a profesar en la Iglesia. Lo escribió, guardó las cartas, y con el advenimiento de la democracia lo publicó en el libro Cartas por la Vida. Porque comunicar era poner en común con todos los ciudadanos la realidad que quemaba.

“El obispo descarriado que fue hasta marginado por los mismos fieles”

Mientras la violaciones a los derechos humanos eran evidentes, como máxima autoridad del Obispado Hesayne prohibió a los sacerdotes de toda la Provincia dar la comunión a los represores que no se arrepintieron de sus actos. Pero la Iglesia Católica conservadora lo atacó con fuerza: desde la curia romana le pidieron “que hiciera como si no lo hubiera escrito”. Tuvo que acatar.

“Con una pena interior, le dije al Señor ‘me contradicen por cumplir con tu evangelio’, y guardé silencio en lo posible”, repasó más tarde.

Levantar la voz en un clima represivo le valió a Hesayne el desprecio de muchos, porque la dictadura era avalada por una parte importante de la sociedad conservadora de la capital provincial.

“En la Iglesia de Viedma me sentí muy apoyado por sacerdotes, la mayoría, salvo uno o dos. Pero de los fieles, de un buen grupo de católicos, me sentí hasta marginado. Era el obispo descarriado”, recordó en Diálogos en Azul.

Néstor Busso, comunicador y militante social, fue amigo personal de Miguel Esteban Hesayne desde la década del ’70. Se conocieron cuando Busso tenía 18 años y era representante de jóvenes del Consejo Nacional de Pastoral, y Hesayne aún estaba en la Diócesis de Azul.

Néstor Busso junto a Hesayne

El cura le salvó la vida, como a muchos más, con gestiones ante las autoridades militares cuando estuvo secuestrado. Luego, en el año ’83, al regreso del exilio al que se vio obligado, Monseñor le ofreció a Busso radicarse en Viedma y ser su secretario de comunicación.

“Salir a la calle con Hesayne era el permanente reconocimiento o que te dieran vuelta la cara, eso se sentía en al calle y no pasaba desapercibido”, cuenta pocos días antes del fallecimiento del Obispo.

También recuerda que recorrer la Provincia, derivaba en un acto de hostigamiento. “En los últimos meses de la dictadura era complicado, la sensación de persecución, de seguimientos en los viajes. Tengo recuerdos de viajar sólo con él en un auto por las rutas en Río Negro sabiendo que nos estaban siguiendo”, repasa. Pero no cambia nada de lo hecho y el recuerdo de su vínculo con Hesayne lo mantiene firme.

El tobogán de la muerte. Bachi Chironi, un antes y un después

La suerte de Eduardo “Bachi” Chironi fue un parteaguas en la vida de Hesayne. Con él descubrió la oscuridad que imperaba en la realidad institucional argentina.
El final de la historia que unió a Hesayne con Chironi es muy conocida en la ciudad de Viedma. El Obispo lo salvó cuando “Bachi” fue detenido y trasladado al centro clandestino de detención que funcionó en el V Cuerpo del Ejército, en Bahía Blanca. Pero lo que más le pesó siempre a Hesayne fue el inicio de esa historia.

“Bachi” Chironi

Eduardo “Bachi” Chironi, militaba la Juventud Peronista (JP) y sabía que lo iban a secuestrar. Con temor, se presentó a Hesayne y le pidió que lo aconsejara.

“Monseñor, me están siguiendo, temo que me chupen”, le dijo Chironi. “Si eres inocente, ¿por qué no te presentas? Yo te voy a visitar”, respondió el religioso según dijo ante los Tribunales, y se recopila en el libro Nunca Más.

Hesayne había sido por más de una década capellán del Ejército y creía firmemente en la institucionalidad de las Fuerzas Armadas, en los rangos, la autoridad y la Justicia.

“Bachi” tomó el consejo y se presentó por propia voluntad en la Policía Federal. Quedó detenido y pocos días después, sin que se notificara a su familia ni abogados, fue secuestrado y enviado a Bahía Blanca.

Permaneció varios meses desaparecido, antes de que su familia lo pudiera ubicar. En ese período fue salvajemente torturado al punto de que “la noche de Navidad de 1976 tuvo tres infartos”, cuenta Cristina Cévoli, quien fuera su compañera de vida.

Cuando Hesayne supo de esta situación, viajó a Bahía Blanca, se presentó en el edificio del V Cuerpo del Ejército, esperó por horas bajo el sol ardiente de enero y ante las autoridades exigió verlo. Se lo negaron, una y otra vez. Pero volvió, también una y otra vez, escribió cartas pidiendo su intervención al entonces Presidente de facto, Jorge Rafael Videla, al Ministro del Interior, Eduardo Harguindeguy, y al gobernador de Río Negro, Contralmirante Julio Acuña.

La preocupación e insistencia trajo sus frutos. Hesayne convirtió a Chironi casi en un tema de Estado para las autoridades regionales y finalmente su situación fue blanqueada. Permaneció detenido durante varios meses y luego pudo regresar a Viedma. “Volvimos a estar juntos, seguimos teniendo hijos y fuimos felices”, recuerda emocionada Cévoli. Del Obispo tiene también el mejor de los recuerdos: “Era un hombre de mucho coraje”, dice.

El 2 de agosto de 1985, Hesayne declaró como testigo en el Juicio a las Juntas. De su testimonio, denunciando desapariciones y torturas, un pasaje importante lo dedicó a narrar la detención de Chironi. Ante las respuestas dilatorias y negativas de las autoridades “comencé a sospechar que podría estar en el tobogán de la muerte, y que yo lo había puesto, por otra parte; y eso también lo sabía la familia y sobre todo lo sabía mi conciencia”, dijo.

Corrientes de agua viva

Con el advenimiento de la democracia, Hesayne mantuvo su visión progresista e integradora sobre el evangelio. En la década del ’80 se rodeó de laicos para conducir el Obispado; le dio un rol destacado a los pueblos originarios y siguió reclamando por los crímenes cometidos durante la dictadura militar.

Al Papa Juan Pablo II -durante la visita hizo a la región en 1987-, le relató los horrores de la dictadura y su oposición a las “leyes de olvido”, la “obediencia debida”, y los mecanismos de impunidad que para ese época estaba considerando el Gobierno de Raúl Alfonsín.

Hesayne junto a Juan Pablo II, en 1987

Luego de su retiro como Obispo, con más de 75 años, se trasladó a su ciudad natal Azul, donde fundó el Instituto Cristífero. Siguió creando, escribiendo, profesando la paz y se mantuvo en contacto con los rionegrinos.

Desde hace un par de años atravesaba un delicado estado de salud y dos semanas atrás sufrió un accidente cerebro vascular. Pero aún con su lucidez intacta, seguía preocupándose por la realidad, ahora ya más enfocada a situaciones caseras.

Sus amigos y cuidadores prefirieron mantenerlo alejado de las noticias sobre el golpe de Estado en Bolivia, o las represiones constantes que sufren los ciudadanos chilenos.

“Siempre nos preguntaba sobre los rionegrinos, sobre el estado de situación de la Provincia, por los pobres. Se preocupaba mucho por sus responsabilidades, pero no sabe aún que la América Latina que él vivió en la década del ’70 vuelve con fuerza”, cuenta Olga Castro Busso, amiga de Hesayne.

“Hesayne siempre tuvo un espíritu democrático y lo ha dejado como una impronta fuerte dentro de la Iglesia. En los encuentros de formación teológicas, que dentro de la Institución eran como una corriente de agua viva, Miguel fomentaba el debate, la construcción comunitaria”, recuerda el padre Luis García, quien ahora está a cargo de la Catedral de Viedma, desde donde Hesayne salvó muchas vidas.

Luis García

“Él era un enamorado y convencido de la importancia de la comunidades eclesiales de paz, como espacio de crecimiento en la fe y la transformación de la realidad”, concluye.
Ese convencimiento por la paz y en la necesidad de transformar la realidad hoy se transmite en quienes lo recuerdan.

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