Fragmento de una diario de campaña escrito en la frontera peruano-colombiana en 2004. Pasajes de una vida pasada. Retazos de vivencias.Retrato de otro mundo.
Por Sebastián Galarza desde Guadalajara.México
LA BASE “MANITÍ”
...Me incorporé sobre el catre de lona y madera, debajo del mosquitero, y observé cómo la claridad del amanecer se extendía lentamente hacia el este.
Una débil claridad suficiente para distinguir los árboles que se levantaban, imponentes, sobre el claro de la jungla.
Habíamos llegado en helicóptero, la tarde anterior.
Aspiré el humo de un cigarrillo ajeno y maldije el ambiente primitivo que me rodeaba y, como todos los hombres que estaban ahí, me pregunté porqué había venido a este pestilente lugar del mundo.
Si hubiese tratado de analizar realmente mis sentimientos, habría confesado que no podía vivir en ninguna otra parte, y desde luego, no en Buenos Aires, ni siquiera en Argentina.
No soportaba las ciudades, las normas y los impuestos. Odiaba el frío.
Como todos esos soldados, jóvenes y veteranos, amaba y odiaba alternativamente esa jungla indómita, salvaje.
Tenía 22 años y había optado por esa vida, errante, impredecible, aventurera, llena de adrenalina, que se inyectaba en las venas a cada paso en esa tierra fangosa y marrón.
Era mi primera experiencia real en contacto con lo extremo, y la posibilidad de que sucediera algo, se sentía en el aire.
Los peligros del lugar eran varios; enfermedades tropicales, picaduras de insectos, algún accidente saltando desde el helicóptero al río, y lo más temido por todos, perderse en la jungla y caer prisionero de la guerrilla.
En ese momento, el idealismo político era para mi, muy remoto, por lo que cumplía al pié de la letra todas las órdenes de mi sargento de pelotón. Era parte de la “madre verde y su maquinaria”.
Desde el aire, la base se veía como un montón de casitas de juguete sobre un pedazo de terciopelo rojo, polvoriento, igual que esos fortines de plástico con los que jugaba cuando era un niño, donde los indios atacaban con sus caballos.
Estaba rodeada por una selva exuberante color verde brillante. Más allá de la alambrada, la tierra de nadie.
Nuestros días eran rutinarios.
Nos levantábamos a las 0600 hs, y luego de un desayuno rápido en nuestros jarros de aluminio, corríamos 10 km por el camino de laterita que unía el campamento con la base, 5 km de ida y 5 km de vuelta.
Luego de la ardua mañana de ejercicios físicos y prácticas de tiro, tragábamos nuestras raciones “charlie”, sentados en el “comedor” que nosotros mismos habíamos construido.
El comedor era una especie de pozo alargado, cavado en la tierra en forma de zanja, en el cual entraban seis soldados.
Nos sentábamos en un borde, y en el otro apoyábamos la comida a modo de mesa. Era un “lujo” del lugar.
Mis únicas pertenencias, un fusil M16 A2 y mi uniforme camuflado.
El arma, una pieza ágil, liviana y potente, era como una parte de nuestros cuerpos. A todos lados iba con nosotros. Era como la continuación de un brazo o una pierna, aprendimos a aceptarlo como un miembro mas de la vida cotidiana.
La ropa se pegaba al cuerpo por efecto de la transpiración. Estaba deshidratado y empapado por el calor.
A causa de la humedad del ambiente, la piel se lastimaba y las ampollas eran frecuentes.
Los pies dolían dentro de las botas de cuero y lona. Los hongos eran huéspedes indeseados y molestos compañeros.
En la tarde practicábamos lucha cuerpo a cuerpo y técnicas de supervivencia.
Algunas veces recibíamos instrucción de cartografía y del uso de la brújula.
Nos enseñaban cómo cruzar un arroyo o un río de la selva, cómo detectar trampas, construir refugios, camuflar armas y equipos, preparar una emboscada, hasta que la noche caía como un telón negro sobre los cuerpos agotados de los guerreros.
En el trópico es así.
De repente alguien gira un interruptor y la luz desaparece, sin más, como por arte de magia.
En esas regiones del mundo no existen los crepúsculos, y la noche aparece de repente, devorándolo todo como la negra boca de un lobo hambriento.
Entrenamiento espartano, poco descanso, poca comida y mucha actividad.
Hombres fuertes y de excelente forma física, se arrastraban por el agotamiento y la deshidratación.
Las enfermedades tropicales hacían mella en el organismo.
La disentería y la diarrea eran los nuestros nuevos huéspedes indeseables.
Una permanente sensación de náuseas provocada por las pastillas de MEFLOQUINA, nos dejaba como adormecidos y hacía que todo bocado fuese difícil de tragar.
La MEFLOQUINA, es una droga derivada de la QUININA, que se utiliza en las zonas tropicales para el tratamiento y prevención de la malaria, que acecha en esos lugares.
Al cabo de un mes y medio, sentía que la selva se metía bajo la piel, junto con el paludismo, el pantano y las picaduras de miles de insectos.
EL ENTRENAMIENTO
Antes de que me dieran un “boleto gratis de vacaciones” al sur de Colombia, pasé lo mejor que pude el entrenamiento de combate simulando la guerra.
Vivíamos en guerra.
En lo profundo de la jungla en el norte del Perú, cerca de la localidad de Iquitos, sobre las riberas del Rio Amazonas (antiguo puerto desde el cual se exportaba caucho), transcurrían nuestras jornadas practicando técnicas de patrulla, marchando durante el día con un calor de 40 grados de temperatura, una humedad del 90 % y una mochila de 40 kg en la espalda.
Pasábamos las noches avanzando bajo el hostigamiento de un enemigo fantasma, invisible, que golpeaba con fuego trazante sobre nuestras cabezas y desaparecía sin dejar rastro, igual que un demonio que tomaba la forma de helechos gigantes y enormes árboles de caucho, para esfumarse entre la niebla.
En las mañana amanecíamos hundidos hasta el cuello en ciénagas apestosas, intentando respirar entre miles de insectos que devoraban nuestros rostros.
La lluvia y la humedad, no nos dejaban dormir secos.
Caían incesantemente sobre nosotros como un látigo de cañas, de día y de noche.
Dormir colgado y mojado en una hamaca de lona, es una actividad más cercana a la tortura que al descanso.
El ejercicio se llamaba “líder de la jungla”, y consistía en enseñarnos a conservar la calma y concentrarnos en situaciones extremas y de máxima presión.
En dos semanas yo había perdido 7 kg de peso corporal y seguía bajando a medida que la mochila aumentaba, empapada por la lluvia caprichosa.
Uno de esos días lluviosos, llegamos al borde de una sierra cubierta por una densa vegetación, en la cual había una quebrada rocosa muy profunda.
Bajamos por ella utilizando cuerdas.
Al regresar a la base de patrulla, nos percatamos de que habíamos perdido equipo con valioso material, la antena de una radio de comunicaciones y una bolsa con granadas de fragmentación.
Volvimos a buscarlas descendiendo por la pared de roca resbaladiza.
Esa noche, de regreso en el campamento y mientras secábamos nuestras ropas y equipos empapados junto al fuego, nos percatamos que habíamos cruzado la frontera varias veces sin darnos cuenta...
Era una tarde que ya casi no recuerdo.
Estaba agotado y las piernas me fallaban. Me senté sobre mi mochila, en un claro de la selva, para atarme los cordones de las botas cuando escuché un sonido seco que golpeaba el pecho.
Me quedé dormido en un charco de barro.
Al filo del crepúsculo, se sentía el sonido de las hélices de un helicóptero.
Los hombres agachaban las cabezas para evitar que el fuerte viento les lastime la cara.
En un instante, la patrulla completa se alejaba de la selva rumbo al rojizo poniente del sol.
Sentí como que estaba saliendo de un embudo, caliente y podrido.
Por primera vez en 20 días volvía a respirar aire puro.
Otra vez vi el campamento desde arriba, ahora ya casi entre penumbras.
Las luces se apagaron y volábamos a oscuras, con las compuertas abiertas y un artillero con su ametralladora hurgando el vacío.
Por las comunicaciones de la radio, escuchábamos la conversación de los pilotos: “oscar one eight, aquí bravo mike, cambio…-“.
Un soldado, de piel negra como la misma noche, me convida tabaco para mascar y me señala puntos rojos que titilan desde abajo.
Saltamos del helicóptero en la madrugada, oscura como la ceguera.
Voces en castellano e inglés nos daban la bienvenida.





One comment
Montse Cañas Pérez
24 junio, 2012 at 8:45 pm
Increíble, como todo lo que escribe Sebastian .... Es un placer sentir que uno viaja a tu lado con cada nota que escribes ..... La cadencia de tus escritos me transmite paz independientemente del tema que se trate .... Con tus escritos uno se siente seguro hasta en el corazón de la selva ..... Gracias por compartirlos
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