Las reinas del sabor

Carlos Riedel23 septiembre, 2012

En el mundo existen placeres que se ven y que se sienten. El hombre supo descubrir estos secretos y utilizarlos para el goce pleno de su existencia. El lujo, la música, el sexo, los festines, la arquitectura, la victoria en la guerra, la bebida y la comida, son algunas de las expresiones humanas del placer mas notables a todo lo largo y ancho del vasto mar de la historia.

Por Sebastián Galarza desde Guadalajara. México

Y hablando de comida, nos detenemos en esta parada muy sabrosa del apasionante viaje por la existencia humana.

Desde hace años, muchos, miles; el arte de comer fue el prestigio de dioses y nobles, el orgullo de plebellos y bufones, el cobijo cálido de los mercaderes en las largas caravanas del desierto, el alto en la batalla del soldado romano, el descanso en el entrenamiento del espartano y el sabor de libertad en la vida monacal del sacerdote.

Comer es, en sí mismo, un acto del placer.

Y para alcanzar ese gozo del sabor, esa plenitud del gusto, fue que los hombres antiguos se lanzaron a la búsqueda de nuevas sensaciones para sus inquietos paladares. Estaban aburridos del mismo y eterno sazón.

Así viajando y probando descubrieron las especias, porque en el inicio de los tiempos no se conocía mas que la sal.

Roma amaba la sal. Siempre había sal, sal de roca o de mar, en las cercanías de las ciudades que los romanos fundaban.

"Vía salaria", se llamó el primer camino imperial, abierto para traer sal desde la playa de Ostia, y la palabra "salario" proviene de la paga en sal que los legionarios recibían durante las campañas militares.

En esos tiempos también existía el "oro blanco", que endulzaba los gruesos tazones de brebajes calientes en los imperios desparramados por el mapa del nuevo mundo en construcción.

Un rey llamado Darío celebraba en Persia, una caña que daba miel sin necesidad de abejas, y desde mucho antes la habían conocido los hindúes y los chinos. Pero los europeos cristianos descubrieron el azúcar a través de los árabes.

En las llanuras de Trípoli, en Libia, los cruzados cristianos probaron los deleitosos jugos que habían salvado del hambre a las poblaciones sitiadas de Marrah y Arkah.

Descubrieron la perla dulce que florecía desde el reino de Jerusalén hasta Creta y la isla de Chipre, pasando por un lugar en las cercanías de Jericó, que por algo se llamaba A-Sukkar.

A partir de entonces, el azúcar fue el oro que se vendía, por gramos, en las boticas.

El nuevo sabor de las comidas comenzó a ser la obsesión de los reyes, y asi, los hombres antiguos convertían sus viajes en piruetas y aventuras de conquista.

Y de esas piruetas en la búsqueda de especias, nacieron también nuevas palabras para engordar los diccionarios y la literatura inquieta y ávida de nuevos logros.

Un día del siglo XVI, los marinos de un barco inglés que navegaba por las costas de La India, quedaron asombrados por las destrezas de los nativos que danzaban al ritmo de tambores y lanzaban frutas sobre sus cabezas sin dejarlas caer al suelo. Esa región de La India, era la provincia de Kerala, en una región llamada... Malabar.

Inglaterra, pais de guerreros y poetas, de piratas y conquistadores, controlaba los 7 mares del mundo. Fue una de las potencias que impulsó la apertura de la llamada "ruta de las especias".

Esas pequeñas plantitas de formas extrañas y polvillos de diversos colores, fueron codiciadas desde siempre y por el afán de su dominio se desataron cruentas guerras, muerte y destrucción.

Dicen los que saben, que las especias son el corazón mismo de la cocción. Sin ellas, el sabor se viste de luto. A cualquier banquete o humilde comida le dan un toque especial y se convierten en la gracia del plato.

Han estado toda la vida relacionadas con Oriente y con las aventuras. Lo cierto es que la mayor parte provienen originariamente de Oriente y Asia, y sus aromas envolventes y densos nos recuerdan el exotismo y la fascinación.

Y cuando de fascinación hablamos, nos referimos a un lugar que todos adoramos.

Ese lugar es el reino de los ingredientes, una pintoresca comarca en el país de los sabores. En él, existen varios habitantes adorables que cuando se juntan, danzan y bailan al ritmo de las cazuelas.

Los tomates y los morrones parecen nacidos para exhibirse panza al sol en las canastas, sensuales de fulgores y perezas, pero en realidad los tomates empiezan a vivir su vida cuando se mezclan con el orégano, la sal y el aceite, y los morrones no encuentran su destino hasta que el calor del horno les deja en carne viva y las bocas nuestras los muerden con ganas.

Pero aquí vienen las reinas de este mágico país...

Las especias forman, en el mercado, un mundo aparte. Son minúsculas y poderosas. No hay carne que no se excite y eche jugos, carne de vaca o de pez, de cerdo o de cordero, cuando la penetran las especias.

En esta región del planeta, de tierra fértil y robada, explotada y asediada, se tiene siempre presente que si no fuera por las especias no hubiera nacido América y hubiera faltado en el mundo magia en la mesa y en los sueños.

Al fin y al cabo, fueron ellas las que empujaron a Cristóbal Colón y a Simbad el Marino.