
A principios de los años ´70, el filósofo francés Gilles Deleuze y el psicoanalista italiano radicado en Francia, Félix Guatari, escriben juntos un bellísimo libro llamado “El Antiedipo” (Capitalismo y Psicoanálisis). Luego, en los 90, escriben otro extraordinario libro que se llama “Mil Mesetas” que es la continuación después de 20 años. Además, Guatari tiene un par de libros muy recomendables que son “La Transversalidad” y “La revolución molecular”.
Estos libros cuestionan por un lado el poder del psicoanálisis y por otro el del capitalismo, el poder neurótico de la psiquiatría y de la medicina positivista, que discrimina haciendo diagnósticos y encasillando a los pacientes y el poder del dinero y del consumo como arma del capital.
Deleuze y Guatari sostienen que el psicoanálisis clásico aferrado a la psiquiatría, y por ende a la medicina (intento denodado de Lacan y su heredero Miller), desempeña una función de control social donde el “sentido neurótico” es controlador del “sin sentido esquizo”. El deseo no puede ser convertido en una representación, ya que el deseo no tiene representación posible, el inconsciente no representa nada y no puede ser representado por nada salvo por subrogados interpretativos, el inconsciente solo produce deseo, energía libre que no se liga a ninguna imagen fija, sino que, en términos freudianos, deriva.
Después de Deleuze y Guatari el inconsciente ya no puede ser leído como un lenguaje, sino como una máquina de producción de deseo y solo puede ser analizado como delirios geográficos, raciales, continentales, rizomáticos y maquínicos. Para Freud, el inconsciente es un teatro griego, para Lacan un lenguaje y para Deleuze una fábrica que no cesa en su función de producción. ¿Qué produce?: Deseo no ligado a representaciones posibles, es así como ese deseo estaría ajeno o separado de las nociones de “ley” y de “culpa”.
Parte del corpus teórico del psicoanálisis plantea que el deseo nos impulsa a buscar aquello que funciona como falta, aquello que reedite la primer experiencia de satisfacción. Por definición freudiana, el inconsciente es atemporal, es decir, allí no hay falta originaria, porque el origen es ahora mismo, entonces el inconsciente productor de deseo no camina hacia la falta sino que solo produce, el inconsciente es una máquina que fabrica deseo, ergo si me pongo un poquito demagogo, me animaría a decir que el inconsciente es proletario.
Por ejemplo, cuando decimos “Deseo de mar” no es que nos referimos a un estado de carencia de mar, sino más bien se afirma la existencia de una fuerza de mar. Las ideas de Deleuze acerca de la producción de deseo, no conducen en forma alguna al hedonismo, sino a la producción de acción, a fin de sostener el principio de que aquello que deseo será algo que ocurrirá en tanto se siga produciendo más deseo de ello y aumente en intensidad. Digamos que la prohibición represiva aumenta el deseo y su capacidad de concreción. Digamos que la frustración aumenta el deseo y la represión lo potencia aun más.
¿Puede entonces la terapéutica psicoanalítica no cumplir con su fase primordial de liberación del deseo, tenga este de las característica que tenga?.
Definitivamente, el analista se pondrá del lado de la liberación del deseo, que en todo caso su no expresión termina haciendo síntomas en el paciente. Muchas veces la intención de encausar el deseo termina siendo un arma de control social. La psiquiatría clásica, la medicina positivista y el psicoanálisis volcado a la medicina y a la lógica psiquiátrica actúan como agentes de control social. Eso es política represiva.
En todo caso juega como la religión de los ateos que pone un agente externo a enseñarle al sujeto a controlar su deseo. Pero, a qué está sujetado este sujeto? El sujeto es sujeto del deseo, y solo la realidad debe atentar contra la liberación de eses deseo. La construcción de un principio de realidad es el intercambio del deseo con la posibilidad de acción.
Por otro lado, el capitalismo representado por el dinero y por el consumo, pretende contener o pretende dar uso a esa producción maquínica de deseo no ligado a objetos, que en todo caso deriva de objeto en objeto. Pero pretende confiscar al placer para unos pocos iluminados que acceden a la pertenencia de una clase, o en todo caso apropiarse de parte del placer del productor generando así la plusvalía.
Primero, le da representación al trabajo de producción a través del dinero, que es cambiado por producción y luego implementa planes monetarios para apropiarse de otra parte de la renta. El capitalismo es el banquero de la producción de deseo. Es claro cuando pensamos en términos de ese bello texto de Freud “El malestar en la cultura”. En síntesis Freud postula el irremediable antagonismo existente entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura.
Es decir, una contradicción entre la cultura y las pulsiones donde rige lo siguiente: mientras la cultura intenta instaurar unidades sociales cada vez mayores, restringe para ello el despliegue y la satisfacción de las pulsiones, transformando una parte de la pulsión en sentimiento de culpa. Por eso, la cultura genera insatisfacción y sufrimiento. Mientras más se desarrolla la cultura, más crece el malestar.
Deberíamos tener en cuenta que, en el inconsciente, esos sentimientos de culpa y la existencia de la ley no están inscriptos, el inconsciente es perverso y polimorfo. Ahora, ajustarse a la cultura tiene las exigencias de la cultura en la que vivimos, ergo en la cultura del imperio del capital, las leyes y las culpas derivan de los principios de esa cultura.
Teniendo en claro estos conceptos, ahora tendríamos que pensar que hoy el poder del consumo y del dinero maneja el mundo a través de la superestructura, es ella la que genera las normas de la cultura en la que estamos inmersos, es decir en las ideologías imperantes en la lógica capitalista: religiosa, moral, jurídica, política.
Sabemos en todo caso que para sostener la superestructura, es necesaria una estructura y una infraestructura. También sabemos a partir de Marx y Althusser que no existe la superestructura sin estructura. Tomando la metáfora de la construcción de un edificio que toma Althusser de Marx, nos dice que: “Cualquiera puede convencerse fácilmente de que representar la estructura de toda sociedad como un edificio compuesto por una base (Infraestructura) sobre la que se levantan los dos "pisos" de la superestructura constituye una metáfora, más exactamente una metáfora espacial: la de una tópica.
Como toda metáfora, ésta sugiere, hace ver alguna cosa. ¿Qué cosa? Que los pisos superiores no podrían sostenerse en el aire por sí solos si no se apoyaran precisamente sobre su base. La metáfora del edificio tiene pues por objeto representar ante todo la "determinación en última instancia" por medio de la base. Esta metáfora espacial tiene así por resultado afectar a la base con un índice de eficacia conocido por la célebre expresión: determinación, en última instancia de lo que ocurre en los "pisos" (de la superestructura) por lo que ocurra en la base económica.
A partir de este índice de eficacia "en última instancia", los "pisos" de la superestructura se hallan evidentemente afectados por diferentes índices de eficacia. ¿Qué clase de índices?. Se puede decir que los pisos de la superestructura no son determinantes en última instancia sino que son determinados por la eficacia básica; que si son determinantes a su manera (no definida aún), lo son en tanto están determinados por la base”.
En estos términos es difícil compatibilizar teorías, pero como es mi lectura y mi recorrido, podría yo decir que el nivel de eficacia lo marca “La Base”; en el psiquismo la base es el inconsciente y por ende, su fuerza de producción de deseo.
La sociedad responde a esa fuerza, ya que si sostenemos que lo filogenético se reedita en lo ontogenético, lo del ser en sí se constituye en social. Las sociedades y sus culturas responden a las fuerzas del inconsciente y lo cultural superestructurario trata de controlar lo que proviene de las profundidades del ser y de la sociedad, es decir de la base y de la pulsión.
He aquí donde los jóvenes, la antipsiquiatría y las fuerzas de izquierda revolucionarias, encuentran un punto de fuerza en su pensamiento que les posibilita una oportunidad de abrir sus caminos y sus esperanzas. Hace ya más de 15 años que Raúl García en su libro “La anarquía coronada” había postulado que el psicoanálisis sería deleuziano o no sería. Hoy con la misma fuerza sostengo que el Marxismo Leninismo, como doctrina política, adhiere al pensamiento de Deleuze o se transforma en el vagón de cola del siglo XXI.
Los procesos revolucionarios se oponen al poder, el poder no radica en un gobierno sino en la superestructura (hoy multinacionales, iglesia, Sociedad rural, medios hegemónicos, burocracia sindical, etc.), es decir los enemigos del pueblo.
La estructura, según Althusser, está representada por los gobiernos que desean acceder al poder de la superestructura, cuando esos gobiernos son populares y le disputan el poder a la superestructura, hablamos de procesos revolucionarios.
Sabemos desde la tradición Marxista que ese índice de eficacia que es la determinación actúa en las dos direcciones:
1) existe una "autonomía relativa" de la superestructura con respecto a la base;
2) existe una "reacción" de la superestructura sobre la base.
Podemos decir entonces que la gran ventaja teórica de la tópica marxista, y por lo tanto de la metáfora espacial del edificio (base y superestructura), consiste a la vez en hacer ver que las cuestiones de determinación (o índice de eficacia) son fundamentales, y en hacer ver que es la base lo que determina en última instancia todo el edificio; por lógica consecuencia, obliga a plantear el problema teórico del tipo de eficacia "derivada" propio de la superestructura, es decir, obliga a pensar en lo que la tradición marxista designa con los términos conjuntos de autonomía relativa de la superestructura y reacción de la superestructura sobre la base.
En definitiva, si bien hay un condicionamiento en doble línea o de doble circulación, el origen es la base, es decir, no hay superestructura sin base, como no hay “Yo” sin “Ello”. Ergo no hay producción sin deseo, el inconsciente es una máquina que en términos tópicos trata de desterritorializar lo territorializado. Mientras la estructura a través de los aparatos de estado territorializa, la base y las pulsiones tienden a desterritorializar, en ese interjuego tenemos que encontrar la felicidad de las bases, a sabiendas que aun así se va a producir malestar, porque en la cultura solo se puede encontrar malestar ya que las pulsiones deberán ser domeñadas. Digamos que el miembro de la base tiene que tener asegurada parte de su felicidad y tendrá que seguir luchando por más felicidad.
Se que se transforma en algo difícil de entender en estos términos, pero veamos lo siguiente. Sabemos que el estado siempre fue considerado desde la tradición marxista como formal: desde el Manifiesto y El 18 Brumario (y en todos los textos clásicos posteriores, ante todo el de Marx sobre La comuna de París y el de Lenin sobre El Estado y la Revolución), el Estado es concebido explícitamente como aparato represivo.
El Estado es una "máquina" de represión que permite a las clases dominantes (en el siglo XIX a la clase burguesa y a la "clase" de los grandes terratenientes) asegurar su dominación sobre la clase obrera para someterla al proceso de extorsión de la plusvalía (es decir, a la explotación capitalista).
El Estado es, ante todo, lo que los clásicos del marxismo han llamado el aparato de Estado.
Un proceso revolucionario trata de acceder a la estructura, ¿pero qué hace con el estado? Lo tiene que cambiar por una maquinaria distinta a la de ese aparato de estado, el estado se instituye en la burocracia y en la verticalidad.
Un proceso revolucionario puede o no tener un líder, pero si el líder pierde el carácter nomádico de su pensamiento, se transforma en una pieza burocrática que la misma máquina deseante lo destituirá o de lo contrario, la revolución genera un estado burocrático que termina siendo una pieza de control social, pasa esto si pensamos en las pequeñas críticas que le podemos hacer al modelo cubano. Para ello tenemos que ser ideológicamente guevaristas.
Se incluye en esta denominación de aparto de estado, no sólo al aparato especializado (en sentido estricto), cuya existencia y necesidad conocemos a partir de las exigencias de la práctica jurídica, a saber la policía, los tribunales y las prisiones, además del ejército, que interviene directamente como fuerza represiva. Y por encima de este conjunto, al Jefe de Estado, al Gobierno y la administración.
Presentada en esta forma, la "teoría" marxista-leninista del Estado abarca lo esencial, y ni por un momento se pretende dudar de que allí está lo esencial.
El aparato de Estado, que define a éste como fuerza de ejecución y de intervención represiva "al servicio de las clases dominantes", en la lucha de clases librada por la burguesía y sus aliados contra el proletariado, es realmente el Estado y define perfectamente su “función" fundamental. O de lo contrario el aparato de estado en manos de gobiernos populares producto de las luchas sociales, tiende a burocratizarse y de esa manera se transforma en lo que no deseaba ser.
Ahora bien esa máquina de desterritorializar que es el inconsciente, con su fuerza descomunal que es el deseo, irá en la dirección contraria de lo establecido por cualquier aparato de estado o superestrucuturario, es decir lo establecido está para ser, al menos, cuestionado o arrasado por la máquina deseante.
Allí esa máquina, para Deleuze, se transforma en una máquina de guerra. Obvio que se entiende “estado” por “lo establecido”. Esto es lo que soporta mi idea de que las cosas instituidas están para ser cambiadas. Las instituciones buscan su estado burocrático para pertenecer al poder y perpetuarse en él. La burocratización de lo que ha permitido el cambio es lo que destruye al cambio.
Por ejemplo el Che, pone de manifiesto su desagrado con el proceso revolucionario cubano cuando el ejército revolucionario ocupa el poder de la superestructura y se transforma en el sector burocrático de la revolución.
Los gobiernos verticalistas pueden hacer una revolución pero no pueden hacer un proceso revolucionario. Para hacer un proceso revolucionario se necesita de la transversalidad, como única forma de romper con los estamentos burocráticos y corruptos que genera el poder de la estructura y por donde se filtra el poder de la superestructura. Por eso es tan necesario generar cuadros continuos, cuestionadores y jóvenes. Si el poder revolucionario deriva, el poder está en las bases y así se genera un proceso revolucionario.
Sartre es que el acuño la frase del mayo francés, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Deleuze decía que “el batir de las alas de la mariposa podía generar un huracán”. El Che que hablaba bastante pero que hacía más, se fue a Bolivia. Con todo esto quiero decir que “la Revolución Deriva”, atraviesa, no se para, es algo que va.
Cuando un pequeñito de nosotros se cree con alguito de poder se transforma en un gran burócrata, freno del proceso revolucionario. La revolución es algo que trasciende a los hombres. La frase “Fulano es el jefe”, es nefasta para el proceso revolucionario, porque cargamos a esa figura de una investidura que burocratiza el proceso.
El líder es circunstancial, el liderazgo debe derivar, la revolución es más que el Che, la revolución es más que los hombres porque la revolución es la base, el pueblo. El poder establecido está para ser cuestionado, el poder corrompe, por eso hay que pasarlo como una gran papa caliente que debe pasar de mano en mano sin quemar a nadie.
Algo más, la revolución no es una teoría, la teoría la hacen los que se quedan en la palabra, las revoluciones son guevaristas porque son de acción! No hay revolución sin acción. Como diría Sartre “la acción es nuestra única esperanza”. Despreocupémonos por el poder y hagamos actos revolucionarios.
¿Qué es un acto revolucionario? Cualquiera que tenga la dirección del deseo, que es como decir, cualquiera que sea en beneficio de las bases, es decir del ¡¡pueblo!!.

