El viaje de mi vida

Carlos Riedel14 julio, 2012

En varias ocasiones la gente se pregunta de que se trata ser un soldado. Se preguntan para que existe la milicia, o cual es la motivación que impulsa a un joven a unirse a ese tipo de vida, a consagrarse, arriesgarse a todo, a dejar la familia, los amigos... la tierra natal. ¿Porqué hacerlo? ¿De qué se trata?.

Por Sebastián Galarza desde Guadalajara, México

Desde muy chico me atrajo la guerra. Quizas, más que la guerra me atraía la aventura dibujada en forma de novela gloriosa y romántica del guerrero valiente que moría creyendo en algo.

Mi abuelo combatió en la GUERRA DEL CHACO, cuando el Paraguay se enfrentó con Bolivia por un pedazo de tierra desértica y seca de agua y de vida, allá por los comienzos del ultimo siglo.

No tuve el honor de conocerlo.

Se murió unos años antes de que yo viniera al mundo. Se murió sufriendo, atormentado por las pesadillas y temblando como una hoja por culpa del Parkinson.

Fué por causa de una herida de la guerra que nuncá sanó.

Me hubiera gustado conocerlo. Seguramente, le habría gastado las rodillas de tanto estar sentado durante horas en su regazo, escuchando, manos al mentón, los relatos que tenía para contar.

Siempre me dió tristeza que las historias de las batallas murieran en las bocas de los veteranos, por omisión, por desinterés o por olvido.

Ahora que soy un poco mas grande de edad (aunque en el fondo sigo siendo un niño), recuedo mi infancia y me veo sentado bajo el inmenso árbol de mangos de la casa de mi madre, enredado en los relatos novelezcos de Joseph Kipling cuando leí por primera vez "Kim de la India".

A mis 10 años, era un pésimo alumno. Me aburría en la escuela, pero me encantaba explorar la tierra de las aventuras y de los viajes por el mundo.

Conocí las crónicas de guerra de un oficial inglés llamado Sir Baden Powell, a quien seguí durante un tiempo como su fiel fusilero.

Así viajé a La India. Conocí Nueva Delhi y Bombay. Llegué a Pakistán por la región del Punjab y  escalé los Himalayas hasta llegar al Everest.

A menudo navegaba por los confines de un Océano Pacífico imaginario, de la mano de Daniel Dafoe, y me asombraba con las historias y hazañas de un náufrago llamado Robinson Crusoe.

En mis años escolares aprendía muy poca matemática y era un fracaso en álgebra y fIsica, pero me apasionaba la geografía y los nombres de ríos y montañas impronunciables ubicados en tierras lejanas.

Mi deseo era emigrar. Soñaba con "cruzar la frontera".

Descubrí el sudesde asiático en la hojas de un viejo diccionario, amarillento y de olor rancio, propiedad de mi otro abuelo.

Allí caminé por verdes arrozales y exploré los confines de imperios llamados Siam e indochina, lugares mágicos y asediados continuamente por diferentes corrientes coloniales.

Jugaba mucho y gastaba mi energía. En la soledad de mis momentos libres, cuando nadie me observaba, me dedicaba a vagar buceando entre los libros de la biblioteca de mi padre.

Un día descubrí un viaje por unas islas desconocidas llamadas Trobiand.

El capitan de ese barco imaginario se llamaba Malinowsky, un polaco experto en antropología.

En mis juegos infantiles recreaba grandes batallas y organizaba mi regimiento de niños en harapos, para vencer a un enemigo fantasma, con fusiles de palo y trincheras fabricadas con bolsas de basura.

Un día, un veterano me dijo que yo también sería un soldado. Con el tiempo, lo fuí.

El señor Perez me contaba sus relatos de la guerra de las Malvinas y ese fué el ultimo empujón para decidir mi futuro.

Al poco tiempo emigré al sur de mi país, al frío, a lo nuevo, a la aventura. Me uní a la INFANTERIA DE MARINA  y comenzó un apasionante capitulo en mi vida.

Atrás habían quedado los dias de juego con los pies descalzos en la tierra roja de la provincia de Misiones, los campamentos con los boy scouts y las tardes nadando en el rio hasta que caiga el sol.

Todo comenzó un primero de febrero del año 2000.

Llegué por primera vez a las puertas de un cuartel, con una mochila , un pantalón de grafa azul y una camiseta blanca.

En la puerta no había guardia, nada, parecía un fuerte fantasma. Me acerqué al portón despacio pero decidido, pensando en mil maneras de hacerme entender.

Cuando me iba acercando, me percaté de que más de diez personas me seguían con la mirada desde los balcones de un edificio cercano, un hombre estaba en la calle lavando el auto. Se paró y con la manguera echando agua me miraba mientras me acercaba a mi destino.

Sentía que ingresaba en una especie de túnel, donde la luz del final era algo extraña y la incertidumbre de lo que podía pasar era excitante.

Me acerqué al portón y por la mirilla del puesto de vigilancia, me miraron dos ojos y se escuchó una frase que me preguntaba qué quería; le dije que venía a reclutarme, se cerró la mirilla, se escucharon unas botas, se abrió el portón y me encontré frente a un infante de marina con uniforme camuflado que me congeló con la mirada y me preguntó qué quería.

Le repetí que venía a reclutarme, me preguntó de donde venía, me pidió el documento y me preguntó si no tenía equipaje. Le mostré mi mochila y me dió el paso para igresar al cuartel. Era casi de noche.

A las 19.30 ingresé al cuartel. Me revisaron el bolso, anotaron todo lo que tenía. Me dieron un buzo azul de gimnasia, me tomaron los datos personales, una revisión médica superflua y me dijeron que, al día siguiente, comenzaba el reclutamiento.

Esa noche dormí en una habitación gigante, tan grande que a pesar del calor del verano de enero en Buenos Aires, era fría.

Un pasillo largo en el centro, doscientas camas cuchetas apiladas a lo largo y hacia arriba de esa gran habitación. "La cuadra", le llamaban.

Y ahi estábamos, amontonados, anónimos, caras desconocidas que luego se transformarían en familia. Era una mezcla de sensaciones terrible. Sentí miedo, incertidumbre, soledad.

Durante un largo mes estuve en ese cuartel.

Era la Escuela de Mecánica de la Armada, tristemente famosa por un pasado no muy lejano.

Una tarde, nos dijeron que al otro día terminaba el reclutamiento. A las dos de la mañana sonaron unas botas en la gran habitación pero las luces no se encendieron.

Saltamos de las camas al sonido agudo del silbato, y en la penumbra de la madrugada se recortaban las siluetas de 5 infantes de marina parados en el centro con los brazos cruzados. Afuera llovía.

En un instante, cambiamos el uniforme marinero (camiseta blanca, pantalón azul), por el equipo de combate camuflado, verde, marrón y negro de los infantes de marina. Nos subieron a unos camiones rumbo a la estación del tren.

Próximo destino: Base Naval Puerto Belgrano, cerca de la ciudad de Bahía Blanca.

Así comenzaba mi aventura en la milicia. Actividad que me cambiaría la vida.

La INFANTERÍA DE MARINA  es una fuerza militar de élite, ágil y potente, de rápido despliegue en cualquier ambiente geográfico y cualquier condición meteorológica. Su entrenamiento es duro, por las situaciones a las que los efectivos se tienen que enfrentar en sus futuras operaciones.

La misión principal de la infanteria de marina son las operaciones anfibias desde unidades navales, desde el mar hacia una costa hostíl por medio de desembarcos anfíbios, infiltraciones aéreas o incursiones terrestres nocturnas en territorio enemigo, para asegurar o garantizar la seguridad de futuras operaciones militares.

El primer cuerpo de infanteria de marina que se estableció de manera permanente fue el de España en 1537 con los llamados Tercios del Mar o Tercios de Galeras, que contó con el triple de efectivos normales para un Tercio Español y tenía como misión defender las costas españolas en la peninsula italica de los saqueos turcos.

El resto de los cuerpos de infantería de marina creados posteriormente, se inspiraron en el modelo español, imitando algunos detalles como las bandas rojas de los pantalones del uniforme de gala.

Yo tuve el orgullo de ser uno de ellos. Durante 11 años serví junto a buenos hombres y grandes profesionales.

Con los infantes de marina pude ver el mundo, descubrir culturas y alimentar mi espiritu de expedicionario.

Recuerdo lo que nos dijo un día un viejo instructor: "los infantes de marina no son mas que aventureros, disfrazados de soldados"...