El 28 de junio de 1966, en una fría mañana de invierno se produjo el golpe militar en medio de la indiferencia de la ciudadanía. El General de División Julio Rodolfo Alsogaray,el Jefe de la Casa Militar Brigadier Rodolfo Pío Otero, el coronel Luis Perlinger y un grupo de oficiales se presentaron en el despacho presidencial para solicitarle a Illia el retiro de la Casa de Gobierno.
Por Sebastián Galarza desde Guadalajara. México
Una vez escuché sobre el asunto.
Mi viejo me leía un texto, piernas cruzadas, voz de locutor, sentado en la punta de la mesa de madera oscura del comedor.
Al tipo le gustaban esas cosas. Leer en voz alta, pronunciar cada palabra, refinar el arte de la expresión. Perfeccionaba con milimétrica precisión las fonéticas mas trabadas. Para mí, eran como diatrabas indescifrables. No entendía mucho de historia ni de política.
Yo era chico y bastante boludo, porque no atendía. Me aburrían esas cosas.
Años mas tarde, Ya emigrado de la casa de mis padres, regresé a la biblioteca de mi viejo a practicar uno de mis deportes favoritos: revolver libros.
Ahí encontré, apiladas sobre las bibliografías de lomos verdes de Malinowsky, un montón de viejos ejemplares de la revista "Todo es Historia". Le pedí a mi viejo que me leyera de nuevo.
Descubrí la historia de un hombre bueno, honesto, abnegado y sobre todo un gran patriota.
De esa historia que me leyó mi viejo me acuerdo ahora de mas o menos esto...
De los 63 años que tenía cuando asumió la presidencia, Arturo Umberto Illia había pasado la mitad en Cruz del Eje, provincia de Córdoba, donde llegó designado como médico del ferrocarril por Hipólito Yrigoyen. Fervientes militantes del partido radical.
Se levantaba con el pito de las seis. Pito de tren clavado en el anden humeante de neblina matinal y a las diez había que cebarle un par de mates.
Esas cosas en el pueblo se sabían. Lo mismo que el contenido de su guardarropas: una corbata roja con leoncitos y un traje azul marino donde cargaba muestras gratis, apretadas como puños en todos los bolsillos.
Nada mas tenía el viejo. Ningún lujo aristocrático ni portafolios de burgués. Quien lo hubiera visto sin conocerlo, habría pensado que era un simple trabajador, un obrero, un proletario, un "laburante" anónimo igual que el resto.
"La tortuga", le decían, porque con su paso cansino y su lentitud al hablar se parecía a un viejo quelonio cansado.
A veces le pagaban con gallinas y a veces pagaba él la nafta que consumía la ambulancia.
Las viejas del pueblo le confiaban sus secretos y las parteras le permitían ingresar en la habitación cuando alguna mujer paría, dolorosa, el cuerpito humedecido de un nuevo ciudadano.
De noche, cuando el cucharón de la luna se derramaba sobre el pueblo, jugaba unas manos al chinchón, se daba una vuelta por el comité y, antes de dormir, leía a Krause. O a Weber. O el Patoruzú.
Cada vez que debía ausentarse para cumplir con sus obligaciones políticas, en Cruz del Eje le organizaban una cena de despedida cuyo menú incluía mayonesa de ave, paella a la valenciana, flan con crema, vino de la casa y agua mineral San Remo.
En 1963 se despidió desde la cabecera de la estación con una reverencia y acompañado por dos mariposas que volaban en círculos alrededor de su cabeza, viajó a Buenos Aires para ocupar la Casa Rosada. Era el nuevo presidente de la Argentina.
Tres años más tarde lo derrocó un batallón de tanques porteños al mando de un general vestido como Patton. Illia lo enfrentó con el traje azul y un ejemplar de la Constitución en la mano. "Por favor, ríndase, general!!!"
Al cumplirse cuarenta y seis años de su derrocamiento voy a rendirle un homenaje, doctor.
Estos son los hombres que lo sucedieron en el cargo desde su destitución: Onganía, Levingston, Lanusse, Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel, Luder, Videla, Viola, Galtieri, Bignone, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Camaño, Puerta, Rodríguez Saá, Duhalde y desde el 2003 para acá, un clan de apellido raro...
Si usted estuviera acá, seguramente diría lo mismo...
Ríndanse!!!
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