Con un auditorio colmado se presentó en el Centro Regional Campana de la Universidad de Luján el filósofo e historiador Ricardo Forster. Con la organización de la Agrupación "Manuel Cáceres", el miembro fundador de Carta Abierta, durante más de dos horas, realizó un apasionante repaso de la historia reciente de la Argentina.
La lluvia no fue obstáculo para que una nutrida concurrencia se hiciera presente en el aula 201 del Centro Regional Campana de la Universidad de Luján, que resultó pequeña.
El filósofo, historiador y miembro fundador de Carta Abierta, Ricardo Forster, fue el elemento convocante que durante más de dos horas hizo andar y desandar el camino de la historia de la Argentina reciente.
A partir de las políticas actuales, el regreso de la juventud al compromiso ideológico y esta propuesta de llevar la posibilidad del voto a los 16 años, el filósofo comenzó a hilvanar su charla.
"¿Qué edad tenían en su mayoría las víctimas de la Dictadura?... 15 años el más pequeño, no más de 25 los mayores", introduciría el dato como preámbulo y justificación que sigue existiendo un sector joven que continúa apasionado por una revolución que ya no es armada como en los 70, sino que ahora tiene el signo del combate de ideas.
Con voz potente y palabra clara estableció el eje desde lo que considera las tres heridas que dejaron profundas marcas sociales y culturales en nuestra idiosincrasia y que de un modo u otro siguen atravesándonos.
"La primera y más brutal fue, sin dudas, la infligida por la dictadura militar inaugurada en marzo de 1976. El terror de Estado se desplegó con una intensidad inédita en la historia nacional dejando no sólo un saldo de miles de muertos y desaparecidos sino también marcando a fuego, desde la lógica del horror, la vida de nuestra sociedad y que tornó imprescindible la profundización, que viene desarrollándose desde 2003, de una genuina política de la memoria asentada en la justicia".
La segunda, señaló, ha sido "la fallida aventura malvinense, una aventura llevada adelante por una dictadura exhausta pero apoyada por una vastísima parte de nuestra sociedad que, una vez consumada la derrota y desplegada la crónica de la vergüenza, buscó, como otras veces, despegarse de sus propias responsabilidades y complicidades para proyectar fuera de sí el mal del engaño, la improvisación y la impunidad que caracterizó la invasión de las islas un 2 de abril de 1982. Bañarse en las aguas puras de la inocencia ha sido una constante de muchos sectores de la sociedad que suelen eludir, rápidamente, sus responsabilidades efectivas."
Y la tercera la focalizó en el presente como resabio del pasado:" la que parece regresar hoy a través de la alarma inflacionaria multiplicada por el aparato mediático y convertida, por ese discurso del engaño, en el centro pecaminoso de un proceso al que se pretende horadar y deslegitimar en lo que tiene de virtuoso; es aquella que se produjo hacia el final del gobierno de Alfonsín y que llevó a nuestro país a contemplar los bordes del abismo hiperinflacionario. De esa experiencia traumática, desoladora y subvertidora del tejido social, emergió el menemismo, la convertibilidad y todas sus consecuencias. Ninguna sociedad sale indemne de una experiencia de esa naturaleza que la deja en estado de absoluta disponibilidad, sin recursos propios, inerte ante el ejercicio de alternativas brutales en su supuesta terapéutica Allí está aquella frase anticipatoria del futuro ministro de la convertibilidad: “Cuanto peor mejor”, dejemos que la hiperinflación se devore toda posibilidad de resistencia social hasta el punto de romper cualquier memoria reivindicatoria de derechos e igualdades tan cara a la historia social argentina."
En ese contexto relacionó el poder igualitario que produjo el peronismo, la obra renovadora de Néstor Kirchner y su continuidad en la Presidente.
Fue y vino desde el fondo de estos últimos treinta y algo de años del país en un apasionante relato que para los contemporáneos resultó una revisión de todo lo que nos marcó y para las nuevas generaciones, que eran muchas las que escuchaban ávidas en la platea, una suerte de mirar el futuro desde el presente sin olvidar el precio que se pagó.
El final fue coronado por un cerrado aplauso que derivó en un rico debate posterior.
Ricardo Forster pasó por Campana y dejó su claridad de conceptos y la postura inclaudicable de un pensador de estos tiempos.



