Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.....
Y Flores que me echa en cara que no llegué para ayudarlo con los de miga, como de costumbre. Qué quiere que haga si cuando había hecho veinte cuadras en bicicleta descubrí que no llevaba documentos, lo que nunca. Menos mal que los volví a buscar, porque antes de llegar acá, cuando iba tratando de encontrar el número de esta casa, con las pilchas de laburo en un bolso: saco blanco, pantalones negros, corbatín, un par de medias porque traspiro mucho los pies, me pararon. Soy medio chicato y encima era de noche.
Una camioneta verde, de esas grandes, con lona, estacionada con las luces apagadas. De golpe se baja el milico grandote acomodándose los pantalones, con cara de aburrido, bigotes finos, anteojos negros. Le mostré la libreta y sin mirarla me dijo que la despedida era acá. Me marcó la puerta y todo, como si hubiera adivinado. El tipo se reía a carcajadas y también los otros, que asomaban la cabeza por la ventanilla.
Y claro, cuando las cosas empiezan mal, mal acaban, como decía mi viejita allá en Lima, hace tantos años que me vine, cómo pasan los años, Diosito mío. Justo hoy juega nuestro equipo en Rosario y aquí hay una locura que si hoy no pasa Argentina a mí me van a tirar en una zanja mis colegas, no los boinas verde que andan por ahí. Pero vamos Perú carajo, la patria es la patria. Confío en que no me van a fallar Cubillas, Muñante, el arquerito Quiroga.
Y Palacio que sabe bien que yo necesito salir a fumar a la calle después de atender diez mesas, el médico me lo aconsejó por los nervios y el patrón tiene la solicitud porque me broto como una papa húmeda y chorreo por la planta de los pies, pero no hay caso, se asoma a la vereda y me busca al lado del árbol donde me pongo para no llamar la atención, y chifla como un pelotudo. Claro que de paso escucho el partido con la radio chiquita en el bolsillo y el auricular disimulado en el corbatín. Ya voy, alcahuete, tengo ganas de gritarle al gana pan que no sabe llevar dos botellas vacías en la bandeja sin perder el equilibrio.
Mejor guardo la pipa caliente y todo y me voy para adentro a seguir con el servicio. Lindas minas la de la despedida. Se ve que trabajan todas en el mismo lugar, me parece que a la morocha de pantorrillas gordas la tengo vista de algún lado. Tantos años en el pueblo, más o menos la misma edad, difícil que se me escape de la foto un buen par de gomas como esas. Ya sé, en el sanatorio Espora, de ahí la registro.
Se podrá saber de qué se ríe tanto el grupito ese al lado de la ventana. Se la pasan mirando para afuera como si no les importara la fiesta. A la rubia que se casa la semana que viene ni bola le dan. Pero yo sigo en la mía, el partido cero a cero, reparto los platos de papitas, una sonrisa, tres de maníes un chiste pavo, dos vasos de coca, un piropo a alguna vieja que se lo cree, Muñante pegó en el palo, qué momento. Me agacho un poco pero no para agradecer nada, es que me quema el culo la pipa recién guardada. Pasa cada cosa en este país. Palacio botón le grito al pasar cuando suben la música para ver si bailan un poco aunque sea pan con pan comida e zonzo, muchachas, vamos, vamos, dejen pasar. Y de paso un buen pedo cuando corro la silla.
Tuve que apagar la radio porque entre la música y el griterío no escucho los pedidos. Cuando salgo a la vereda, la pipa ya se enfrió.

Me da pereza preparar otra carga de tabaco, así que doy pitadas para sentir el gusto del tabaco en la madera. Cuando prendo la transistores, perdemos cinco a cero. Con razón gritan tanto estos tipos de uniforme, se ríen, la gozan. Hasta que se escucha un chirriar de gomas en el macadán. Dobla la esquina un par de autos sin chapa, color oscuro.
Me llama la atención que el milico grandote no cambia la cara de aburrido, se pasa la mano por los bigotes, acomoda los anteojos negros y hace una seña para que dejen pasar a los recién llegados: seis morochos con físico de luchadores, trajeados, pistolas en la cintura, que no son de la zona. Me empujan con la mirada y tambaleo contra el árbol, menos mal. Otro despeja la vereda con los brazos. Cuatro entran a la casa como a la comisaría, porque estos son canas, a mi no me joden.
La música se oye cada vez más fuerte. Muchos gritos. Dos de los corpachones se encargan de la rubia que se casa: uno la empuja contra la pared, le manotea los brazos y de paso las tetas. Flores liga un mamporro en las costillas por estúpido cuando se quiere hacer el macho. El cuarteto grita y baila mientras arrastran a la piba hacia la salida, al compás de la cumbia que no para. Los invitados quedaron paralizados. Pasan cerca de donde miro. Meten a la mujer en el auto de adelante, un pelado con el labio leporino espera con el motor en marcha.
Salen arando y Argentina mete otro gol. Todos levantan los brazos, aullan. Los que se escapan en el coche sacan una bandera Argentina por la ventanilla. Adentro de la casa, la morocha de las pantorrilas dice algo que no escucho. Aplauden y se ríen. Vuelven a la joda. Suben más la música, abren las ventanas y eso que hace un frío bárabaro.
Entro desesperado, la pipa en la mano por no tirarla, voy hasta donde Palacio prepara una bandeja con vasos sin mirar a Flores, que parece un jarrón de porcelana blanca en un rincón. Pasa alguien y tira papel picado. Varias minas borrachas bailan entre ellas, abrazan a Palacio tratando de sacarle vasos de bebidas color verde, lo llevan al centro del bullicio.
Flores quiere explicarme algo, pero no le entiendo. Viene la morocha. Me mira con ganas, esta picada, pide bebidas para su mesa. Le pregunto si sabe qué pasó, me mira fijo y me tiembla hasta el hueso dulce. Un roce de manos y se termina la cuestión.
Termina el partido y empieza la furia. Ya no hay nada para hacer. Palacio nos pagó hace un ratito. Pienso en la rubia que se llevaron y me duele la cabeza. Me siento en un rincón, entre cajones de cerveza, necesito estar tranquilo. Cargo tabaco, enciendo con cuidado. Suelto el humo, muy despacio. No sé qué me pasa.
Alguien habla de una broma, ella trabaja con los milicos, ahí se conocen todos. Ahora la traen, vas a ver. Otro comenta que esas jodas son comunes entre los que laburan en la Espora. Ya no hay música. Tengo gusto feo en la boca, debe ser el tabaco barato. Por qué me duele tanto la cabeza. Flores tose, se queja. Miro el reloj, afuera hay cada vez más silencio. Y tengo frío. Yo sabía que con la campera era muy poco.
