Lejos hace frío

Carlos Riedel25 abril, 2015

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.....

Toto llega tarde para agarrarnos hablando en el amarillo del farol de la bicicletería entre las ramas del plátano inclinado sobre el frente de la casa de Ruben que vivía pegado al negocio que atendía con Mingo, su tío. Sumergido en la campera azul como un uniforme, en realidad ninguno de nosotros dejaba de usar el mismo abrigo todo el invierno, Toto se quedaba un rato al margen del círculo sin ser visto hasta que interrumpía con algún comentario inteligente que terminábamos de entender con su mirada irónica, porque siempre hablaba bajito largando el huno del cigarrillo en tono bajo y monocorde y antes de repetir lo dicho prefería no abrir la boca por un rato largo. Apretado bajo el brazo en aquella época llevaba El perseguidor de Cortazar, tardaba meses en largar una obra hasta exprimirle, como a los teoremas en la facultad hasta la última gota.

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Quién sabe si alguna vez salimos de aquel invierno del 78, la noche que Italia nos ganó en el Monumental uno a cero, en medio de aquel silencio grande de la cancha helada que se nos quedó pegado en los ojos como si todos nosotros hubiéramos tenido la culpa de esa derrota. Tal vez fue que todo pasó en junio, cuando los días son tan cortos y uno piensa que el verano fue un sueño irrepetible. Que merecemos el frío, o mejor dicho, que no queda otra cosa que resistir porque sí, las manos en los bolsillos, los pelos largos, las barbas mal cortadas escondiendo juventud, tal vez un poco avergonzados de no tener cuarenta, agobiados, como camina la gente en cualquier lugar del mundo donde hace frío. Y quién sabe si no estamos siempre llegando a la casa de Rubén en la calle Lavalle, por esas veredas anchas y desparejas que parecían, y en realidad estaban, tan lejos de la calle recién iluminadas a pleno y nos daba la sensación de ir por la orilla de un camino brillante pero vacío y lleno de tierra. Habría menos autos en aquella época, o tal vez fuera como pasa siempre antes de los partidos que todo el mundo se queda en casa desde muy temprano.

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Para no tocar el timbre a cada rato esperábamos estar todos y entrar de una vez al hall con el juego de sillas con respaldo de paja, y el perro peludo siempre echado sobre la guitarra de Rubén que volvía loca a la Negra Carmen que se lo ponía contra las tetas porque se lo quería comer y nosotros parados como esperando que nos dieran cuerda para arrancarla de ese rapto feliz y ponernos a ensayar el monólogo donde sacaba esa tristeza como de otra vida. Y como segundo acto la voz de Toto entre las fotos blanco y negro proyectadas contra la ventanita que daba al patio, vistas de la ciudad sin la gente preguntando un recital de qué, para quién, dónde, mientras la voz de Ruben igualita a la de Serrat cuando la dulzura lo abrazaba hasta dejarlo sin aire nos daba más gana de fumar y seguir con el mate entre las manos. 

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Quién sabe si alguna vez salimos de aquel junio del 78, del 0-1 en el monumental mientras nosotros ensayábamos un compromiso que nos mantuvo viejos desde ese silencio que nadie sabía cómo nombrar pero que era imprescindible gritar con las canciones dulces de Ruben, la sensualidad de la Negra, y nuestra obsesión de hacer cosas como fuera, sin parar, como los locos que tienen miedo de volverse locos si despiertan a la verdad que vive en el silencio de tanta gente, un país, ahogado en el monumental frío con el gol de un italiano que se cortó solo.

argentina-1978

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1978, 10 de junio. Argentina e Italia, ya clasificadas a cuartos de final, se encuentran en el estadio Monumental. Definen el ganador del grupo 1 que se quedarán a jugar en Buenos Aires. La pelada del director técnico de los tanos brilla en los primeros televisores capaces de hacernos ver los colores, como la vieja de Sandrini en aquella película, ¿cómo se llama? Y la selección juega bien, pero sin poder conseguir lo que encuentra ese Bettega que hace una pared con Paolo Rossi, y goooollll….quedan las ooooooo rebotando en la ciudad muda. Alguno de los que mira putea con ganas pero en voz baja. Filllol nos mira desde el centro de nuestras miradas. ¿Qué pensará? Hay que ir a Rosario, mastica Toto con su lógica, y ver qué pasa. Tengamos esperanzas, agrega y se ríe entre dientes apretados. Tanos de mierda, dice.

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Quién sabe si alguna vez salimos de aquel junio del 78, con los ojos del Flaco Menotti desde el monumental justo antes de apagar el flamante aparato de tevé. Ensayábamos aquellos poemas, aquellos textos y yo ensayaba el amor con Nancy, la amiga de la Negra, que tenía el pelo rubio, lacio, y los hombros hechos para el abrazo. Ruben empezó a tocar algo en la guitarra, una melodía que nunca más le escuché, la Negra abrazó al perro, apareció el mate amargo, sentí la boca de Nancy cerca, en la penumbra la besé por primera vez.

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Los coches no pasan en caravana como días anteriores. Argentina perdió con Italia. El estadio Monumental parece más solo en las vidrieras de un negocio que todavía muestra la gran novedad de los colores en movimiento. Sombras nada más, canturrea Toto desde su altura y aprende la derrota como todos. Ruben ahora canta, deja salir los versos y la música corre, arroyito de inocencia. Mundial 78. Sombras, nada más.

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El frío de aquel junio 78 todavía camina con cada uno de nosotros, esté donde esté. De muchos nunca más supe nada. Con algunos si, estamos conectados por la línea de la vida cotidiana, lejos de la casa de la calle Lavalle. Y no sé si es mejor así.