- Ficciones en una ciudad de la furia -......
Mujer, vas a entender
que hoy, hoy más que ayer,
necesito tenerte a mi lado
hasta el amanecer.
Mujer, vas a encontrar
gente que te ame igual
pero hoy necesito tenerte
a mi lado otra vez.
(“Rock de la mujer perdida” de Litto Nebbia)

Hoy era viernes a la noche.
La hornalla de la cocina consumía, generosa, cada caloría que devoraba la pava con agua para el mate.
“Dejála un poco más. Cuando el agua se ponga blanquecina , está a punto para cebar”, le decía la Toti, mientras se fumaba un negro y llenaba con yerba el mate: “Vení, sentate acá conmigo”.
Y él se arrimaba, casi sigiloso, al lado de la Toti, que ni bien lo tenía cerca le fabricaba arrumacos franeleros que, generalmente, concluían en un prolongado beso, tipo chupón, que anticipaba momentos de apasionada catrera.
“¿Cómo cojer...?”, le había dicho la Toti en una de esas noches sin igual, desde la cual nunca dejó de recordarle que lo que ellos hacían era “irse en amor todos los días”.
“Poética la Toti” –se dijo para sí-, y el quia estaba convencido cabalmente de lo que decía la Toti. Y...sí, “se iban en amor” como decía ella, en medio de un revoltijo de sábanas que no tenían nada de fantasmales, pero mucho de cuerpos excitados y, luego, agotados.
A lo mejor era por convicción nomás, que bastaba que la Toti abriera la boca para articular palabra y él se sintiera el más satisfecho de los mortales. ¿O habrán sido ese par de tetas, justas, precisas hasta el pezón, que lo excitaban antes que asomaran del corpiño...?.
¿Quizás habrán sido esas gambas esbeltas, lineales, sin una arruga en las rodillas, lisas, como el paño del billar de “Los Cuatro Mozos”...?, ¿qué parte de esa anatomía suya y placentera, le quemaba la cabeza...? “Los ojos –pensó-, los ojos”. Negro azabache, inconmensurables, casi eternos. “Sí, los ojos”, se dijo y apuró el trámite del mate aquella noche.
No atinó a reacción alguna cuando la Toti le dijo: “Hasta acá llegamos”.
“Como en las telenovelas, ¿viste?”, le contaba desanimado al Coco en la barra de Yikowa.
Se mandó la última ginebra Bols y cruzó el local del boliche rápidamente. Quemó las últimas horas de la madrugada en el bar “Los Muchachos” y de ahí a tomar el turno de las cinco en la fábrica.
Después de la salida, a media tarde, a ver de local al Viola contra CADU, una pasada por “Los Muchachos” y a encarar la noche del sábado. Sin la Toti. No pensó que le resultaría tan jodido arrancar, salir de esa noche sin ella.
El motor de la heladera, acompasado y vibrando, le devolvía un tenue sentido de realidad, sumido como estaba en una soledad que le resultaba única.
El recuerdo reciente de las piernas de la Toti rodeándole la cintura, susurrándole palabras que llegaban, generosas, como el sexo de ella fundido en el suyo, lo ensimismaban aún más.
Encendió un negro. Mientras pitaba, en cada bocanada se le iba la mirada a ese lugar de la mesa, en la cocina, donde se sentaba la Toti, con esos ojos negros que le consumían el tiempo.
Como la ceniza del faso. Pero sin la Toti.
