La altura de la copa de los árboles de la Calle Real

Carlos Riedel2 mayo, 2014

“Las máquinas insomnes de esas fábricas pertinaces bordean la ciudad con sus clangores, mientras me anuncian que mi infancia ha terminado y aguardan en sus oficinas por mi juventud.” (poema “Las máquinas insomnes” de “Campanulario” por Oscar A. Serrano)

Calle Real(desde la Plaza)

De botánica o del mundo vegetal, nunca supo nada. Pero cuando leyó artículos como el de Oscar en una página de “La Auténtica” en los que asoma un orgulloso ligustro, suele ocurrir, como ahora, que le surjan sin más, de los recovecos de la memoria emotiva, naranjos y paraísos de antaño.

Quizás por ese motivo u otros es que le cuesta clarificar. Su mente va y viene por la cuadra de la calle Real, entre Dellepiane y Luis Costa, pedaleando en su primera bicicleta, en la época -cree- en que el '50 moría y los '60 todavía no eran un sueño, pero igualmente fecundaban Utopía. Ahí, en esa cuadra, estaba -está- el Mortadela saliendo del largo pasillo del inquilinato -casa por medio del negocio de su abuelo-, que, en realidad, debía ser una de las últimas muestras del conventillo finisecular en Campana; de ahí salía Mortadela, afinaba la mira en la gomera y sacudía las ramas de los árboles que todavía sostenían la amplia avenida empedrada que no imaginaría morir. Mientras, los pibes de la manzana veían como esos troncos gruesos, robustos, verdosos, descascaraban manchones marrones de su corteza, tanto como mínimas convulsiones de su follaje que se sacudía a cada impacto de la gomera. Pero no todo era acción belicista; desde la terraza de la casa de don Pardo, al fondo del comercio familiar, las reminiscencias del conventillo pervivían en la vivienda de varios de sus familiares, que permitían acceder a unas alturas respetables para su edad, para así recorrer, bordeando los frentes a la Calle Real, un camino azaroso a la primera vez, pero casi espléndido en los viajes siguientes, en los que la copa de los paraísos podían verse casi hasta la Plaza.

Aunque, en rigor de verdad, no era ese el paisaje más atrayente a observar, ya que empalidecía frente a las esmirriadas piernas, trepándose a algún árbol de la cuadra, de las hijas del gerente del Provincia, que podrían haber preanunciado cómo imaginar un "Pubis angelical" antes que Charly lo escribiera, si hubiera visto los ojos infantiles desorbitados ante un espectáculo que se prolongaba cuando las niñas -cuasi púberes- ascendían por la escalera de mármol blanco, franqueada por enormes puertas de color verde y herrajes broncilíneos, perdiéndose en las alturas de la casa familiar.

Ni siquiera recordaba el nombre de las pibas; menos, el de su padre. Muchas veces, también, se le difumaban las imágenes de los lugares de la cuadra que los cobijara y que no atesoran nostalgias, apenas distancias de seres ausentes que no dejaba de querer y que seguían vivos en la esquina del viejo Provincia, en la galería Gallo y su techo, en la sastrería de Benjamín, en la cigarrería de su abuelo, en la tintorería de Nakamura, en la talabartería de Pacciarelli o en la gomería de "Güerli" y esas piernas, con medias "strech" y zapatos blancos, anticipatorias de quién sabe qué sino...

Cierto: de las copas de los árboles de la Real, siempre vuelven las imágenes. A pesar de que nunca supo, ni sabría nada de botánica o del mundo vegetal.

A Oscar A. Serrano. Escritor
In memorian