Por Steff Nuñez.

I
“¿Qué hago acá? ¿Por qué a mí? Y encima sé que vos estás ahí, en la esquina, hecho un bollo, aunque no pueda verte. Esta oscuridad nada tiene que ver con el dibujo del cartón: no hay bosque, no hay conejo, no hay sombrerero, ni gato sonriente. Seguro no entendés nada, estás re loco. Sentís como si tuvieras algo en el estómago y que los dedos no se cansan de tocar todo, porque da la impresión de que todo lo tocaras por primera vez. Pareciera que se huele con los dedos. Pero eso es algo zarpado cuando estás con una chica o al lado del río, acariciando hojas. Sin embargo, vos estás en ese rincón, y acá adentro hay un olor a meada. Y estás acá por mi culpa. Yo fui el que te dijo: “Vení, boludo, estos cartones te hacen viajar”. Y mirá las vacaciones que te di: en una celda de la comisaría, después de ponerte bajo la lengua dos pepas, y con poca luz para que no puedas ver los colores.
Es plata fácil, comprás una plancha, sacás cincuenta por cada cartoncito y encima te quedás con unos vos. Después embocás a alguna pibita que se te regala y te volvés más loco cuando la tocás así, loco. Yo no le veo nada de malo, no creo que deberíamos estar acá por colar unos ácidos. Pero sé que esto es culpa mía; es la primera vez que vos tomás, y yo te los convidé. ¿Por qué no te dije que vayas una hora más tarde? Mirá qué boludo soy, como si pudiera cambiar algo pensar en eso.
Cuando nos partieron los narcos me reía. No pienses que soy una basura. Estaba re loco. Me causaba gracia como el bigote del negro ése que te esposó se movía, parecían las alas de un pájaro. Y tus ojos, tenías las pupilas casi como la bolilla; ya no tenías los ojos verdes, eran negros.
Por suerte, vos estás re loco ahora y no entendés nada. A mí se me fue el mambo, estoy re loco también pero del miedo. Puede ser que esté cuerdo y entienda todo, pero no le encuentro la gracia. Y se supone que la bici es para reírse, aunque me siento peor que si estuviera acá de la cara. Igual, quédate tranquilo, vamos a salir enseguida, no van a hacer tanto quilombo por una plancha.”
II
Yo no me podía mover. Algo me había paralizado, estaba seguro que no era el ácido. Estaba en el rincón ése, no podía soportar el olor a meo, no me podía acostumbrar. Te odiaba. Por tu culpa, yo tenía que estar ahí, en cana. Por pelotudo me pasó, me dijeron que no te siguiera la corriente porque andabas en la mala. Pero yo me creí el cuento de la pepa. El mambo estuvo bueno, me causaba risa cómo se movía el bigote del ortiva cuando me ponía las esposas. Vos también te reías. Parecía, no sé, las alas de un pájaro.
Pero no pensé que iba a ser tan grave. Todavía me duelen algunas piñas que me dieron esos hijos de puta. Hoy veo un patrullero y lo puteo, te juro. No me puedo olvidar cuando entró el cana, negro de mierda, te agarró de los brazos, te los torció para atrás y el otro gil, el colorado, empezó a darte patadas en el estómago. Encima vos te reías, y ellos se calentaban más. -¿De qué te reís?- te decían-¿Tan pija vas a ser?-. Unas ganas de romperles todo, pero qué iba a hacer. Por un lado, sentí que te lo merecías. Por el otro, tuve miedo por lo que podrían hacerme. Los párpados comenzaron a pesarme de la cagada a piñas que me dieron esos putos. Y el dolor solo pasaba cuando entrecerraba los ojos.
Lo peor fue cuando agarraron el cinto y te lo pusieron en el cuello. Vos hacías como si fueras un perrito. No podía abrir mucho los ojos, pero te juro que vi todo. Te habían quedado dos dientes, o éso parecía, tenías la cara toda roja. Pero te reías. Jugaron a dejarte sin respirar varias veces. Nunca dejé de ver tu sonrisa.
Hasta que cerré los ojos por completo e intenté pensar en algo. En un momento, ya no escuché más nada. Empecé a imaginar el dibujo del cartón; pude ver el bosque, al sombrerero, a Alicia y al conejo. Charlé con el gato. Decidí tomar el camino al cual yo quería ir. Tenías razón, el ácido es un viaje. Aunque hubiera preferido nunca haberlo sabido.
Cuando abrí los ojos estabas colgando del techo. Empecé a gritar. Un milico vino a patotearme, me dijo que me quedara en el molde si quería zafar. Me quedé quieto pero no pude calmarme. Mi cabeza estaba a mil.
Me dejaron limpio, ni un antecedente. Me amenazaron con que cerrara la boca. Podía perder mucho por andar drogado con un vendedor de pepas. Y elegí callarme.
No sabés, tu abuela anda siempre por acá. Te trae flores. Me dice que, desde que te fuiste, solo espera el día de morirse. Que fuiste un boludo, que era preferible ir a verte a la cárcel antes que no verte más. Y yo me pongo mal, viste. Porque sé que vos no te mataste. Pero ¿Cómo me van a creer? Si dicen que yo no estaba ahí. Y si pruebo que sí estaba, ¿Cómo confiar en mí si yo me había tomado ácido? Si estaba loco.
