La casa deseada

Carlos Riedel15 noviembre, 2014

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Los ojos del pianista

Se la conocía como la quinta de Dolores. Tendríamos diez o doce años cuando asomábamos nuestras caras de asombro por sobre la ligustrina sin alcanzar a ver más que zonas del patio con pasto bien cortado y a escuchar solamente gallinas, y calandrias en los eucaliptos cercanos.

Cada tanto entraba una viejita con su canasta llena de provisiones y se iba enseguida llevándose docenas de huevos. Nunca nos dijo nada por más que sonriera si la mirábamos.

En cada casa evitaban mencionar el tema y sólo nos decían que anduviéramos con cuidado. Como nunca salió perro ni persona a espantarnos, suponíamos que era una exageración.

Según el gringo Deluiso allí estaba una mujer que recibía hombres a cambio de dinero. Pobre. Se la pasaba juntando vueltos sin alcanzar nunca el umbral que suponía necesario para acceder y comentar.

Mis hermanos Eduardo y Guillermo edificaban historias de espionaje con retazos de las películas de la Segunda Guerra que mirábamos en el Cine América y adivinaban refugios subterráneos bajo algunas lomadas, donde habitarían hombres altos y rubios, supuestos alemanes tripulantes del Graf Spee refugiados entre nosotros.

Tampoco podían comprobarlo.

Por su lado el loco Ziano descalificaba tantas historias y desde un escepticismo heredado de su padre, a quien por algo le decían Colifato, veía solamente un casa para alquilar y fumaba sin vergüenza mientras los otros nos escondíamos para evitar represalias.

Aquella tarde lloviznaba y por pura casualidad me encontré solo dando vueltas alrededor de la quinta de Dolores.

Por el cielo sin color rayaban pájaros hechos de sombra. Daban ganas de escapar, aunque no se supiera de qué. Lo que me detuvo fue la música, un piano dibujado con trazo fino en medio del silencio. Con pasos de hilván, llegué hasta la ligustrina, escuché con atención hasta confirmar aquel melódico murmullo, salté y enseguida caí sobre el pasto mojado. Fui hasta la casa, que estaba a oscuras.

La melodía se deslizó por el parquet encerado, me atrapó los pies, me llevó hacia una habitación donde estaba el piano. Ya nadie tocaba y solamente mi corazón era el sonido. Pasé por un paño de luz ceniza, rocé las manos por las teclas, supe que alguien me miraba pero no me di vuelta.

Fueron minutos interminables en que vi consumirse un cigarrillo sobre aquel pequeño cenicero de madera, a la derecha de quien molía la música. Cuando dejó de trepar el humo, pareció moverse la telaraña silente y decidí que era el momento de irse. Retrocedí para no perderme nada y nada pasó. Salí sin dejar la huella de un ruido, volví a saltar la ligustrina, regresé a la llovizna.

Apoyé los pies en el martes cualquiera de junio. Ni bien giré para volver a casa, vi el Falcon, la viejita en el asiento de atrás, como de madera, el jeep, los soldados.

Estaban cosidos a la oscuridad que crecía. Nadie dijo nada. Un tipo muy alto pasó cerca, extendió la mano apartándome con el arma, y corrió hacia la cerca mientras pedía con ademanes de marioneta que lo siguieran.

Los tiros, la explosión, los gritos, el fuego, envolvieron todo como papel celofán. En la confusión, un hombre se apartó de la casa a grandes zancadas. Cuando me miró, supe que eran los ojos del pianista, los mismos que habían sonreído en la casa mientras contemplaban consumirse su vida al ritmo de un cigarrillo. Todavía me acompañan cuando entrecierro los párpados frente a la quinta de Dolores, donde ahora está un supermercado chino.

casa con ligustrina

La crueldad de los sueños

Cuando me enteré que los “ del chalet “ , como los llamaba mi madre, en cualquier circunstancia ella disimulaba con ignorancia fingida, los ojitos malignos, su envidia jamás reconocida, compraron una casa con ligustro para los fines de semana en el barrio La Esmeralda, mi admiración total por aquellos cuatro integrantes, cuya elegancia y modales resultaban tan opuestos a los que yo estaba acostumbrado a ver en mi familia, se confirmó definitivamente.

Los Benachea, es decir, el ingeniero, su esbelta y rubia mujer profesora de inglés y sus dos hijas, Marga la mayor que estudiaba Biología en Rosario y Anita, la menor, mi amiga del alma desde que llegaron al barrio después de comprar aquel caserón con techos a dos aguas, llegaron a nuestro paisaje de casas chorizo, precedidos de una fama que empezó mucho antes de que aparecieran montados en un Rambler camioneta aquel sábado a la tarde: distendidos, impecables, respetuosos entre ellos como ni siquiera en las películas había visto antes.

Todo el mundo sabía, por un lado o por el otro, que el nuevo gerente de la fábrica de papel llegaría en cualquier momento y que la mismísima empresa se había encargado de poner los billetes en la inmobiliaria para que al grupo familiar nos le faltara nada al llegar.

Ni siquiera un lavavajillas, por entonces el sueño dorado de mi madre desde que la vio en la revista del Clarín como ejemplo del adelanto en Norteamérica y del que mi padre se burlaba en camiseta, su púlpito de rezongos, el pucho en la oreja para no fumar tanto, sentado en el banquito petizo cerca del gallinero donde tomaba mates y puteaba saboreando las palabras.

Las víctimas eran variadas, Frondizi desde que se dio vuelta, el Chueco Simeone cuando perdía Boca y desde la tarde en que llegué sin aliento a contarles que la casa con ligustro tenía una pileta grande como la de CADU, contra los cagatintas del chalet que no saben lo que es laburar al sol todo el día como yo, la puta madre que los parió. Porque si algo faltaba para aumentar mi mortificante sensación de inferioridad, mi viejo era techista desde que lo echaron de la SIAM por eructar durante un discurso del gerente general, en una cena de fin de año.

La retahila de improperios de aquella contracara perfecta del ingeniero recién llegado, arrancaba susurrante y terminaba a los gritos, ante el terror que los Benachea, amantes de la música clásica a cualquier hora, me lo reprocharan al otro día.

Y así fueron transcurriendo los veranos en los que me instalaba en aquella quinta con ligustro donde los del chalet huían apenas asomaba el calor, antes y después del mes que pasaban en Punta del Este. Fue inevitable desear, muchas veces, antes de cerrar los ojos en la exclusiva habitación de huéspedes que me estaba reservada, mi ventana daba al jardín que un encargado mantenía con riguroso cuidado, haber nacido de los padres de mi amiga, en aquel clima de libros de arte y fotos de viajes.

Y así, también un día los Benachea se fueron del barrio cuando la compañía necesitó un gerente en Puerto Piray y no tuvieron ni tiempo de despedirse y así también alguna vez, en medio de los cambios de la vida cuando uno es tan joven, llegue a dudar de la existencia de aquellas temporadas como hija postiza de verano.

Mientras tanto yo terminé ciencias económicas viajando todos los días a Buenos Aires, la ironía de mamá se fue desdibujando en un silencio cansado y el viejo murió de un infarto cuando Boca perdió la final del mundo con el Bayer.

Y así, ayer a la tarde sonó el timbre en el mismo lugar donde finalmente vivo con mi marido y mis dos hijos, precisamente en la casa donde trato, inútilmente, debo confesarlo, de imponer un poco del buen gusto aprendido de los Benachea, ya se sabe la crueldad de los sueños.

Una Anita envejecida de disgustos a la que apenas logré reconocer, mal vestida, me abrazó largamente antes de contarme, entre mate y mate, sentadas en el mismo lugar en que puteaba mi padre, mientras atardecía, lo que jamás imaginé y hubiera preferido mil veces no saber sobre aquella familia ideal, respetuosa, culta, de excelentes modales, amante de la música clásica en la que nunca observé levantar la voz y en la que yo había creído como una pelotuda.

 

 

 

One comment

  • Rodrigo

    11 enero, 2014 at 9:44 pm

    jaja casi como una moraleja !! muy lindo!!

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