Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.
Golpeo las manos aquel 31 de diciembre a las diez de la mañana, asomado al portón entreabierto de la quinta, después de haber tomado tres colectivos para llegar, muerto de calor, cansado y con el corazón en la mano, la ansiedad en la boca reseca con la que ví venir allá lejos por el caminito de piedras desparejas a tío Belisario, rengo y ágil, con esa malla azul con rayitas blancas con que lo deben haber enterrado.
Viene caminando apurado y en cada zancada asoma el cogote como un avestruz, río con culpa, total no puede verme todavía.
Lleva el sombrero de paja que se pone para hacer algo, en realidad no recuerdo una sola vez en la que estuviera sentado más de dos minutos, en la mano derecha el tenedor largo de asador apuntando hacia arriba y el pucho en el rincón de la boca echando el humo que le hace entrecerrar los ojos permanentemente, la cara buenaza con el bigotito fino que parece pintado.
Enseguida llega la voz de mi vieja cuando salía de casa, “vos podés elegir dónde esperar el año, pero esa gente es de tomar mucho y a mí no me gusta”, que se estrella contra el abrazo del tío, sin largar el tenedor ni apretar el cigarro, lleno de olor a chorizo y transpiración.

Y allí queda la imagen de mi vieja, con su eterno delantal donde se seca las manos entre tarea y tarea, que sigue hablando como si rezara sobre lo peor del tema, sobre las hijas del tío, la mujer muerta, los vecinos que viven en su casa de prestado y hasta de los perros, los dos callejeros negros que apenas me ven no me dejan en paz y eso que es la segunda vez que voy a visitarlos, seguiditas pero no más de dos, pobres bichos qué mal le habrán hecho.
Me veo dejándolo ir a Belisario que vuelve a la parrilla rodeada de cuerpos altos y oscuros, después de sentenciar acá podés hacer lo que quieras, mientras se pierde entre los árboles de ramas encorvadas como mujeres echadas para atrás.
Estoy solo en la orilla de un lugar abierto, los perros alrededor, el humo del asado a la izquierda, el puro cielo arriba, y mucha gente que camina sin saber para qué ni adónde. Hombres y mujeres tienen vasos verdes brillosos de vino tinto que parece encerado, todos parecen disfrutar del solazo y de un chamamé mal sintonizado, a todo volumen, que les hace levantar la voz y les marca las venas de sus cuellos sudados.
Disfruto en soledad los minutos que me faltan para llegar a la pileta desde donde llegan recortes de espaldas con lunares, tetas erizadas de pezones apretados por mallas mojadas en el agua revuelta. Me niego a descubrir tan pronto si se ha quedado por mí a pasar el año nuevo
En cada mirada adivino la larga noche que asoma de a poco en el sol caliente, que empalidece por los extremos del cielo infinito del campo, en el árbol de navidad que brilla de colores en un cedro cerca de la casa, como un animal disfrazado que ríe.
Me veo pidiéndole a Dios que haya decidido irse a la casa de la amiga en Buenos Aires, como me lo dijo cuando me llevaban a la parada en la ruta 193, por lo bajo, para que solo yo la escuchara, hija de puta, como si no le importara quedarse después que yo había aceptado la invitación para venir a recibir el año en la quinta y el tío reía feliz porque alguien de mi familia, por fin, lo quería, mientras ella apretaba mi mano en la oscuridad de la chatita en la que íbamos apretados los tres, yo sentado sobre sus muslos duros, con tanta fuerza que me dejó la marca y no pude pegar un ojo en el Chevallier hasta Campana esa noche.
Sigo acercándome, entre cajas de vinos a medio abrir a la sombra de los álamos, y el jolgorio a mis espaldas, golpean las manos una, otra vez, y tío Belisario sale pisando los gritos que lo alientan en círculo, recibe a los que llegan con paquetes y botellas.
En minutos los regalos quedan en el suelo, entre los saltos de los dos negros que quisieran que este día fuera eterno, hasta que cualquiera los trae para este lado de sombra.
Me echo en la única reposera libre de ropa húmeda, sandalias de corcho, perfume a durazno maduro, voy a largarme a llorar, la busco entre risas de dientes desnudos y respirar caliente.
Cuando decido ver entre los cuerpos su silueta, su pelo negro único, la voz entre miles de voces rotas, me veo no ver por sus manos heladas que tapan mi cara, palabras en mi oreja.
Me veo caer en la emboscada del diablo que los gritos de mi madre saben desde siempre.
