Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.

Seguro alguien sabe por qué, uno cree muy adentro que las personas que han desaparecido de nuestra vida por razones fortuitas, ex compañeros de trabajo o estudio, vecinos de asiento de colectivo por algunas temporadas, colegas de estudiar inglés por obligación, fueron trasladados de planeta sin aviso, o que, por un golpe de suerte, esos que nunca nos toca a nosotros, pudieron zafar de lo que venían haciendo y, al momento de reencontrarlos, veinte segundos antes de mirarlos bien, imaginamos que escalaron de nivel, están más forrados, son más felices.

También los hay, no se puede negar, a quienes suponemos muertos y enterrados por justicia o puntería del azar, confiados en la inefable intuición de los crédulos. No pertenecía a este último grupo el Negro Petrella, a quien volví a encontrar después de casi cuarenta años en un curso dictado por una consultora extranjera en el hotel Americano, no recuerdo si sobre control de inventarios o análisis de pérdidas, pero al que seguramente fui enviado a último momento por la compañía en la que trabajé hasta jubilarme, ante la inminencia de alguna auditoria externa.

Cómo habrá sido la sorpresa al descubrir al ex Negro Petrella en aquel Licenciado Javier Henriquez Petrella, luego de conversar veinte minutos parapetados muy cerca de la mesa de los canapés durante el primer break, en la tarjeta con letras en relieve que el hombre logró pescar con esfuerzo del bolsillo interior del saco con la punta de los dos dedos menos engrasados, para que notara, sin vueltas, el cargo que ostentaba desde hacía bastante: Gerente de Almacenaje y House Keeping de la empresa en la que habíamos compartido oficina hasta que yo me alejara tanto tiempo atrás, un año o dos.

Cómo habrá sido la sorpresa, intensa pero breve, ya se sabe que a cierta edad uno ya vivió casi todo por lo menos una vez, al recordar a esa figura, ahora increíblemente de pelo blanco y abundante fijado con spray, saco y corbata lustrosos, voz trabajosa de fumador, con ese leve perfume a whisky penetrado en la camisa de los que no suelen acostarse temprano, tan distinta a la que mi memoria había guardado en algún pliegue y que ahora iba revelándose bajo el agua de los recuerdos a los que ambos llegábamos a la vez, en medio de risas y silencios intermitentes, toses, negaciones, esas cosas.

anteojos con cinta

Ese grandote de hablar pausado y cómplice era por aquellos días en que ambos trabajábamos como simples analistas de costos, un llegado desde Alta Gracia, aprendiz atento del actual funcionario, siempre insertando una anécdota con tonada en los momentos álgidos de una discusión, cómo no lo había adivinado en la primera parte del curso cuando no dejó de interrumpir la clase con todos los lugares comunes posibles, con el único objeto de convencer a los demás participantes, el expositor lo descubrió enseguida y puso una sonrisa permanente como quien baja la persiana, su dominio sobre el tema del que no tenía más que conocimientos básicos, única herramienta con la que pretendía plantar su autoestima con ese instinto animal de los charlatanes.

Cómo habrá sido la sorpresa poco más tarde, cuando el split comenzó a fallar, haciendo que la mano del calor estrangulara de a poco a quienes asistíamos al curso, y el Lic J. H. P. (como resaltaba un monograma en la corbata carísima) sin mediar palabra se subió a un escritorio inmaculado, quitó la tapa frontal, se puso un par de anteojos pegados con cinta y metió mano.

Tierra por todos lados, suciedad sobre camisa y saco, la cabeza despeinada, la cara llena de tizne y una sonrisa grande como carcajada de payaso fueron el balance final, cuando el aparato tosió un humo negro y comenzó a funcionar correctamente.

Los impecables zapatos de cuero volvieron al piso flotante y fue entonces cuando lo abracé como antes, como cuando éramos humanos compinches de laburo. Y escuché la voz del Negro Petrella resucitado que, mirándome como a un hijo recién vuelto de un viaje y al incrédulo docente de reojo, dijo recuperando el acento cordobés inconfundible: ¿Licenciado?... ¡las pelotas!.

Después nos perdimos riendo a carcajadas, bajo la llovizna de murmullos. El tiempo quedó a un costado, trapo lleno de minutos con pulgas que nadie quiere sobre el escritorio. Alguien sabrá por qué la vida, como decía Baby, nos toma como monigotes cada vez que nos descuidamos un rato.