Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.
Nunca fue de hablar mucho, pero desde la tarde en que los dos policías le entregaron la citación en la puerta del negocio, no hubo forma de que abriera la boca para otra cosa que no fuera comer la manzana de media mañana y la banana de media tarde, que sacaba puntualmente de los cajones y deglutía en la puerta del negocio mirando las mujeres ir y venir de la Justa Lima, único momento de quietud de la jornada, hubiera o no clientes para atender.
Durante varios días la notificación del juzgado, doblada a lo largo como un avioncito, lució en el bolsillo trasero de su pantalón con el disfrute de quien necesita exteriorizar su culpa de cualquier manera.
Valerio Valdivia sabía muy bien lo que le esperaba cuando su mujer y socia de la verdulería y frutería “Santiago querido", llamémosla Laura, verificara con sus propios ojos lo que él se negaba a contarle, más por orgullo herido que por miedo a los reproches interminables.
Hasta que duró la ignorancia de la mujer, cada vez que regresaba a su casa, justo para cenar, previo dejar la gorra sobre la punta de la mesa de roble donde no llegaba el mantel, y vuelto del baño para refrescar la cara, los sobacos y las manos callosas, aquel hombre de figura robusta y de baja estatura, bastante menos que su esposa, estaba a punto de arrancar con la confesión que al final nunca desembuchó como hubiera sido más sano. Uno al lado del otro, terminaban el día masticando frente a Susana Gimenez que parecía esperar aquel encuentro silencioso de sillas frente a la pantalla, antes de empezar con las preguntas y respuestas.

Todo había comenzado seis meses atrás cuando algo falló en la inclaudicable buena salud del dúo comerciante, gracias a la cual ninguno de los dos dejó su puesto en el negocio durante veinte años y Doña Laura debió aceptar a regañadientes una operación en la columna, delicada según el doctor de siempre, que la dejaría alejada de las tareas del negocio por lo menos seis meses.
De cuánto les costó la decisión de tomar una empleada que ayudara a Valerio con la caja, posición desde la cual su señora capitaneaba la “Santiago querido“, y de la extensa cantidad de entrevistas con decenas de adolescentes, señoras, señoritas, altas o bajas, despiertas y dormidas, con referencias buenas o desconfiables, apariencia agradable o no, se podrían escribir algunos capítulos.
De las peleas entre ambos antes de elegir a la ideal y de cómo fue el hombrecito quien al fin ganó la partida ante el total convencimiento de la lealtad, sumisión y buena actitud de Irene Díaz, su favorita, por considerarla la más silenciosa de todas las que desfilaron por el negocio, varios más.
Al final trabajará conmigo espetó Vicente, vos vas a estar en casa rascándote el ombligo, agregó como un sellazo ante el filoso comentario de Laura sobre que las mosquitas muertas son las peores, pero vos sabés lo que hacés.
A partir de ese momento, apenas una semana previa a la operación, Irene empezó a trabajar con Valerio, confirmando día a día, refrendado por la clientela que enseguida la adoptó con beneplácito a su rutina de aquel rincón del barrio al que todo el mundo se acercaba aunque no tuviera nada que comprar, que se trataba de una mujercita puntual, con excelente predisposición, siempre perfumada, atenta a la hora de cobrar y dar el vuelto, lejanamente más simpática que la dueña, a la que apenas se le caía una sonrisa breve según el día, capaz de llamar por el nombre de pila a cada comprador por más que lo hubiera visto una sola vez.
Valerio leía y relía la citación de ANSES cada vez que se sentaba en el inodoro, hasta que las letras se desdibujaban en su rabia bovina y el llanto era imparable.
El tema es que Doña Laura regresó un martes, ceñida por un corsé ortopédico. Antes de la llegada de la muchacha, Valerio le extendió el papel sobado con sello y firma judicial. Los primeros clientes dicen que el hombre estaba rojo como los preciosos tomates de oferta mientras que su mujer comenzó a atender a ritmo corporal de marioneta, y que Irene Díaz la ayudó ni bien se separaron del cortísimo abrazo de bienvenida. También cuentan que el retacón se fue en silencio, pateando las baldosas hacia el Oeste y que más tarde supieron que no le quedó un peso después de lo sucedido.
La verdulería “Santiago querido” sigue abierta, Doña Laura en la caja, Irene despachando y el bebé meta crecer dentro del cochecito entre las naranjas de ombligo y las lechugas manteca.
Alguien que trabaja en el ANSES cuenta que todo estuvo planeado, que las mujeres eran pareja desde mucho antes y que siempre quisieron un hijo. Que las dos estaban hartas del pobre infeliz. Puede que sea cierto, porque quien lo dice recibió la denuncia del trabajo en negro y embarazo en la voz de una mujer que, jura y rejura, era Doña Laura.

One comment
gino peta
8 octubre, 2013 at 7:19 pm
Che, el telefono del negocio es de capital
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