Pronto comprendió que no tenía sentido intentar dialogar.
Quería explicarle qué error tenía una frase que había escrito.
El muchachito no lo miraba.
Tenía la cabeza gacha.
Parecía no escucharlo.
Obtuvo un “diez” en el examen porque ese era su único, y no tan importante, error.
Se continuaron las clases.
Siempre estuvo muy atento.
Cada vez que tenía que hacer un examen o trabajo para presentar lo hacía con el diccionario en la mano, ya que en la escuela estaba prohibido el teléfono celular.
No quería equivocarse y, para eso, se aseguraba del significado de las palabras para usarlas correctamente.
El profesor, muy joven, se sentía conmovido.
Le había tomado especial aprecio en ese no diálogo y en esos intercambios entre un examen o trabajo práctico y una calificación.
Era muy buen alumno.
De muy buena disciplina.
Pero era muy restringida la comunicación con sus compañeros.
No compartía con ellos risas, juegos en las horas libres, salidas los fines de semana.
Estaba siempre muy prudentemente vestido.
Tanto, como prolijo era en sus carpetas.
Podría haberse dicho de él que tenía rasgos obsesivos.
Lo confirmaba una conducta temerosa ante la autoridad.
No buscaba destacarse.
Habitualmente, no respondía preguntas que un profesor hacía a la clase aunque supiera la respuesta.
Prefería pasar desapercibido.
Se sentía avergonzado de hablar en clase cuando todos estaban callados y lo escuchaban.
Un día lluvioso, muy pocos alumnos habían concurrido a la escuela.
El Profesor de Lengua dejó que los alumnos repasaran otras materias o jugaran algún juego de mesa.
Se acercó muy calladamente al Profesor, que lo miró con algún asombro.
Fabián le dijo si podía explicarle el error de la frase de aquel día.
El Profesor asintió.
Reprodujeron la frase y le mostró el error y la manera de subsanarlo.
Se dieron cuenta de que estaban emocionados.
El Profesor tenía la voz cortada para evitar un mínimo llanto; pero, lagrimeaba.
Notablemente, también Fabián.
Le contó del día que una sádica maestra de la escuela primaria le puso “nueve” en la prueba sobre “el dinosaurio”, excelentemente desarrollada por Fabián.
El motivo (aparente) es que en una oportunidad en la prueba (y no así en otras en la misma prueba) había escrito “las piernas del dinosaurio”, en vez de “las patas del dinosaurio”.
La maestra aprovechó ese error - distracción para descargar sus frustraciones.
Contó esto acongojado en su casa, con una fuerte sensación de injusticia, indignación, impotencia.
Secretamente esperaba que sus padres dijeran (o alguno de ellos) que irían a hablar con la maestra para hacerle llegar su desacuerdo y disgusto.
No es lo que ocurrió.
La madre permaneció callada.
El padre lo insultó, le dijo que eso le pasaba por no revisar la prueba antes de entregarla como siempre le decía, que si seguía sin hacerle caso le iba a ir muy mal en la vida, que un pésimo alumno (obviamente nombró a uno de sus compañeros) no escribiría esa “barbaridad”, y que a partir de ese momento dejaban de ser “amigos”; y no le habló por dos días.
Después de contar eso, como hablando a borbotones, Fabián hizo un silencio.
El Profesor sentía escalofríos.
Entonces Fabián dijo que ahora se daba cuenta que los padres y los hijos pueden tener en el mejor de los casos una muy buena relación, pero no ser amigos.
Ese episodio culminó cuando, dos días después, Fabián le pidió disculpas a su padre, sin saber por qué.
Terminó para el padre, que resolvió darle a Fabián una última oportunidad de ser amigos.
No para Fabián.
Porque se potenciaron su sensación de injusticia, su indignación y su impotencia.
Le contó al Profesor que un día pensó, y así piensa desde ese día, que lo que su papá llamaba “ser amigos” o dejar de serlo representaba un absurdo.
Y que en ese lamentable vínculo quien más perdía y perdería sería su papá.
Sin embargo, le dijo, todavía no podía dejar de sufrir algunas consecuencias de ese día.
Y de ese vínculo.
Fernando, el profesor, y Fabián se abrazaron.
Ostensiblemente y sin disimulo lagrimearon y se expresaron en llanto.
Se miraron.
Se sonrieron.
Fabián volvió a su “banco” y Fernando al escritorio.
Ese día, Fabián sintió que había ganado un amigo.
Y Fernando aprendió que muchas veces los diálogos se inician escuchando.

