En la provincia de Buenos Aires se cerraron las listas. Sí, claro… y Papá Noel estacionó el trineo en Plaza de Mayo.
En teoría, está todo firmado. En la práctica, la lapicera sigue echando humo. Cambian nombres, se acomodan amigos, se bajan candidatos que nunca subieron. Es el cierre de listas… versión puerta giratoria.
El paisaje es un collage: sellos inventados a las apuradas, alianzas que duran lo que un café frío y candidatos que uno googlea… y ni Google los conoce.
La derecha alternativa está de fiesta. Libertarios, conservadores, ultras, hasta neo nazis… se multiplican como delivery de pizza: cada barrio tiene su franquicia. Algunos con chances, otros solo para probar suerte.
En una esquina, con un dejo de vergüenza, aparecen algunos radicales. El partido centenario que alguna vez se plantó en serio… hoy repartiendo volantes de Milei. No por amor ideológico, sino por un anti peronismo visceral y tan viejo que debería estar en un museo, al lado de la Constitución de 1853. Los herederos de Alfonsín, hoy haciendo cola para subirse al Uber libertario.
Y Milei, feliz. En su mejor escenario: los pasillos alfombrados del Jockey Club, la tribuna mullida y cómoda de la Sociedad Rural. Allí donde se aplaude de pie el veto a un mísero aumento de las jubilaciones. Y donde la frase de Evita se reescribe: “Donde hay una necesidad, hay un derecho” … pero para los popes del campo la necesidad es seguir ganando más, y el derecho es aportar menos.
Así estamos: con listas cerradas que siguen abiertas, radicales que parecen libertarios, libertarios que parecen conservadores… y conservadores que siguen conservando.
En Buenos Aires las listas se cierran… pero siempre dejan la ventanilla abierta.

