"La espera de Perón" por Ivo Marinich

Carlos Riedel3 septiembre, 2024

 

El 3 de septiembre de 1971 Perón recibía el cuerpo de Eva, secuestrado y desaparecido durante dieciséis años.

Perón espera sentado junto a la ventana. Tiene una pierna sobre la otra —con la rodilla forma el vértice de un triángulo— y los brazos extendidos a ambos lados del sillón individual. Mira a la calle y espera. Si no fuera por el repiqueteo de los dedos, parecería una persona en reposo o mera contemplación. Pero contrario a lo que comunica su cuerpo ancho y pesado, Perón es presa de una impaciencia que no tiene precedentes. Ni en Martín García, ni en el balcón de la Rosada o aquel septiembre del 55´. El redoble de las uñas es la manifestación exterior de una inquietud que, como casi todo en él, tiene lugar en su fuero interno.

Sabe que puede llegar en cualquier momento, o al menos eso le dijeron. Hoy, mañana, en un mes; acaso nunca. Lleva dieciséis años sin verla ni saber de ella, Eva, petrificada en su mortuoria placidez.

Ve pasar los automóviles y piensa en Homero. Él, como Penélope, ha esperado largos años el reencuentro con los restos de su esposa, y si no fuera por un hálito de esperanza, creería, como tantos otros, que había desaparecido para siempre. Sentado, cruzado de piernas, los brazos extendidos a los costados del sillón individual, Perón se pregunta qué indecible derrotero había atravesado Eva, como Odiseo, para llegar a esa residencia de Madrid. ¿Quiénes se habían detenido a admirarla, insultarla o profanarla? ¿En qué sitios había descansado? Perón teme, como Penélope, ser incapaz de reconocerla, menos por el paso del tiempo que por el sacrilegio de sus enemigos.

La ventana se llena de una carroza fúnebre. Perón se pone de pie, sale a la calle y colabora a transportar el inmaculado féretro al interior de la casa. No piensa: es presa del titiritero de sus emociones. Allí está, sobre la mesa del living, como un paquete de correo recién llegado. Muchos merodean, besan en llanto la pulcra madera, pero nadie abre la tapa. De espaldas, sentado en el otro rincón, Perón recibe manos y abrazos de caras difusas, asiente a las palabras congrulatorias que no oye.

Al rato, por fin, quedan solos, dieciséis años después. Mira, ahora sí, la caja negra y reluciente donde yace el cuerpo de su difunta esposa. Se acerca como si fuera la puerta de una habitación largo tiempo abandonada. Tiembla, transpira, se arremanga la camisa y abre el féretro.

No es capaz de ver el barro y el polvo; no distingue la nariz quebrada ni los tajos superficiales en la frente y el pómulo derecho; tampoco el corte triangular en la oreja izquierda ni la falange extirpada. No, no puede ver todos aquellos signos de violencia y abandono porque está detenido en el descanso eterno de la cara de porcelana, en la placidez de los labios, en el cabello dorado que tantas veces había peinado, en la entrega de las manos, juntas, trenzadas sobre el abdomen. Perón la ve y llora. La ve y acaricia su mejilla fría con el dorso de los dedos. La ve y se inclina a besar su frente por última vez.