40 años con el periodismo

Carlos Riedel1 mayo, 2012

No pertenece a los grandes medios nacionales ni a las  cadenas televisivas que marcan la agenda diaria. Tampoco es de la región pero su vida ha transcurrido tras  las noticias  y el comentario ecuánime. Tras la consigna que la comunicación sea un auténtico puente hacia la sociedad, sin mensajes escondidos ni intereses velados. Luis Armando Galarza un periodista misionero, 40 años guiados por una vocación.

Por Sebastián Galarza desde Guadalajara.México.

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Cada vez que leo una biografía termino por preguntarme como hubiera sido realmente ese personaje en vivo y en directo, si yo lo hubiera conocido y analizado bajo mi propia observación.

Me pregunto cómo habrá sido realmente su carácter, en el concepto intrínseco de la palabra, sus reales aciertos y falencias a nivel humano, su buen o mal genio, si en verdad le gustaba usar esa camisa italiana que tanto afirma el autor, o si despreciaba, como dicen, el calor de las zonas tropicales.

Al terminar la lectura de una biografía, en ocasiones, me queda un sabor a incertidumbre, algo así como más ganas de conocer la vida de esa persona.

Me despierta mucho mas curiosidad.  El ser humano necesita tener siempre historias que contar, porque de las historias surgieron las civilizaciones, los personajes  y con ellos la cultura y el conocimiento.

Esta no es una biografía. Es  un relato, una especie de crónica de vida.

Tal vez hasta sea un homenaje, aunque todavía no lo sé.Casi siempre, los hombres rinden  honores u otorgan reconocimiento a otros hombres que,  por su trayectoria profesional o historias de vida, dejaron improntas en alguna actividad o cumplieron hazañas de descubrimiento.

Lamentablemente, estos hidalgos próceres generalmente ya están muertos y no pueden disfrutar de ese merecido premio, o mejor dicho, de "esa caricia al alma".

El personaje cuya historia voy a contar esta vivo y merece un reconocimiento.

Décimo hijo de un matrimonio de humildes inmigrantes, Luis Armando Galarza nació en el polvoriento pueblo de Posadas, capital de la provincia argentina de Misiones, en agosto de 1949.

Su infancia transcurrió entre juegos, recreando duelos entre indios y vaqueros, travesuras de pies descalzos y pantalones rotos.

Desde muy chiquito soñaba con ser locutor, locutor de radio. Relataba partidos de fútbol imaginarios, a través de latitas de conserva utilizadas como micrófono, trepado al muro del estadio del Club Atlético Posadas.

Su madre, mujer enjuta y endurecida por la vida, lavaba ropas y atendía una huerta para dar de comer a sus pequeños.

Su padre fue un ex soldado de infantería veterano de la guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay en un conflicto absurdo.

Se transformó en marinero y estibador de puerto para ganarse la vida luego de la contienda armada.

Enfermo de Parkinson por causa de una herida de guerra que nunca sanó, murió atormentado por las pesadillas y la enfermedad cuando Luis, apenas era un joven.

De familia grande y muchos hermanos, el muchacho aspirante a cadete de tienda conoció, a los 17 años, a su hermano Eusebio a quien jamás había visto antes.

Este, quien también era marino mercante y un gran aventurero, había recorrido medio mundo y conquistado los bares y burdeles de París y Roma, antes de ver por primera vez el rostro de su adolescente hermano menor.

Luis trabajó desde muy joven, como ayudante de un comercio de ropas primero y en la secretaría de transporte de la provincia más tarde.

A finales de 1960 y en los comienzos de la década de 1970, cuando una parte del mundo se desangraba en las últimas luchas de liberación colonial o pagaba las consecuencias de recientes guerras (Argelia, Vietnam y la cruzada anti-soviética) y  la Argentina ardía en conflictos sociales y gremiales (en la puja por el poder político entre la izquierda comunista pro-marxista y el ultra-derechismo conservador), Luis fue reclutado por el ejército para cumplir su servicio militar obligatorio.

Su destino fue un regimiento de paracaidistas en la mediterránea provincia de Córdoba, en el centro productivo del país.

Allí pasó un largo período de instrucción y entrenamiento, bajo las órdenes de ásperos sargentos y la protección paternalista de un capitán que lo adoptó como furriel.

Supo ganarse el aprecio de sus camaradas y superiores, quienes lo veían como un "soldado intelectual", porque en varias ocasiones lo encontraban leyendo filosofía alemana de Herman Hess, entre otros textos.Tenía 20 años.

Al salir del ejército retornó a su lugar de origen y comenzó la aventura periodística.

Se presentó a una prueba de locución y obtuvo el puesto de locutor radial en un remoto pueblo de los confines de la provincia.

En lo profundo de la selva, en la mortecina localidad de Puerto Iguazú, en la frontera con Brasil, comenzó su historia.

Allí, junto a un pequeño grupo de colegas, inauguraron una emisora, la cual recibió el status de "LRA, Radio Nacional Iguazú".

Como él mismo diría, años después: "era una radio artesanal..."

Varios años pasó trabajando y viviendo en esa selva indómita, donde trasladarse durante la estación de lluvias era realmente una odisea.

El lugar, enclavado en el marco impactante de las Cataratas del Iguazú, era un enclave de contrabandistas y forajidos que huían y transitaban por la frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, como así también el hogar de maestras rurales y peones agrícolas.

A finales de la década de 1970, regresó a su pueblo natal de Posadas, ahora ya transformado en ciudad, para trabajar en el periodismo televisivo.

En 1980 contrae matrimonio con Graciela Vallejos, una estudiante de antropología, hija de una terrateniente viuda.

Su carrera periodística va en ascenso y en 1981 ingresa al departamento de prensa y difusión de la Universidad Nacional de Misiones, trabajo que actualmente conserva.

A mediados de la década de 1980 ingresa al equipo de trabajo de la emisora radial "LT4", en la ciudad de Posadas, donde a los pocos años se convierte en locutor estrella.

En la década de 1990, combina el periodismo radial con la prensa escrita.

Ingresa a cumplir labores en la redacción del diario "El Territorio", como cronista.

En éste mismo período también trabaja como locutor de radio en la emisora "FM Classic".

A finales de 1990 y comienzos de la década del 2000, ingresa a trabajar en la radio del Obispado de la ciudad de Posadas, labor ésta, que le granjea una gran aceptación y estima popular.

Luis Armando Galarza, locutor y periodista, tiene 3 hijos: María Florencia, Carolina y yo.

Ha cumplido 40 años en la labor periodística.

El es una persona sencilla, un tipo amable y, como dicen en mi tierra un "chamigo macanudo".

Hombre de mensaje claro y justo. Me enseñó el arte de cuidar el cuerpo por medio del entrenamiento metódico, fortalecer el espíritu y cultivar la mente.

Desde que yo era un niño, predicó con su ejemplo el viejo axioma "Mens sana in corpore sano".

Todavía recuerdo los días de lluvia, en los que el aguacero hacía cantar a las chapas. El me leía en voz alta algunos pasajes de Hanssel y Grettel, o un viejo cuento belga de unos duendes y un zapatero.

Cuando lo escuchaba contarme un cuento, yo viajaba en un caballo todo pintado de colores y entraba al mundo de los sueños descalzo y sin espuelas, con el pantalón arremangado hasta arriba de las rodillas y mi piel pegada al cuero de él, así, como para pelear en montonera.

En las tardes de aventuras, durante los veranos, las moscas deambulaban, lentas, por el aire pegajoso.

Nosotros viajábamos a explorar el campo abierto, éramos buenos amigos.Yo iba sentado sobre sus hombros mientras él silbaba una canción bajita.

Andábamos por las picadas angostas, locos por las pinchaduras de las espinas. Los mamangases y las chicharras zumbándonos cerquita.

Para mí, era como si estuviéramos internados en lo profundo de la sabana africana, entre grandes elefantes imaginarios y peligrosos cocodrilos que en cualquier momento saltarían a nuestro paso.

Una vez, en uno de esos viajes, me encontré con una pradera de película, muy salvaje, con unos pastos tamaño gente que el viento movía como las olas bravas y por abajo andaban las lagartijas, recalentadas por el sol, escapando como flechas.

A pesar de lo nuevo que ví adelante, no sentí miedo.Me sentía seguro, porque estaba con mi viejo.

Y cuando yo lo veía desde abajo, él tenía las manos bien grandes, tan grandes como las patas del más enorme de los elefantes...