Podemos leer en redes:
“La ternura es la expresión más serena, bella y firme del amor.
Es el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el regalo, en la mirada o en el abrazo sincero”.
Oscar Wilde decía que en el arte como en el amor es la ternura lo que da la fuerza.
Mahatma Gandhi afirmaba que un cobarde es incapaz de mostrar amor.
Y que, paradójicamente, la ternura no es blanda, sino fuerte, firme y audaz.
Porque se muestra sin barreras, sin miedo.
La ternura es un acto de coraje y de voluntad para sostener y reforzar el vínculo de una relación.
Hace años vivimos en Argentina inmersos en un lenguaje que alude continuamente a la “grieta”.
Se hace alusión básicamente a los desencuentros y agresiones entre sectores políticos.
Este lenguaje inunda las transmisiones televisivas y muchos periodistas se definen directa o disimuladamente por una de las partes en cuestión.
Constituiría un grave error conceptual y práctico considerar que el funcionamiento que se desprende de esa concepción queda limitado a esos espacios vinculados a la prensa y a asuntos políticos.
Se configura una modalidad vincular que se extiende al seno de la sociedad y toma los más variados temas y versiones.
Correlativamente, es muy probable, también, que ciertas dolorosas fracturas se produzcan en la sociedad y los medios masivos de comunicación las tomen y las amplíen.
Lo cierto es que las relaciones se han vuelto fundamentalmente convencionales.
Y los vínculos agrios, ríspidos, violentos.
Se suele adjudicar a cuestiones de predominio de lo digital, el alejamiento entre sí de las personas y cierto utilitarismo en el uso de ese medio.
Es posible que algo o mucho haya en ello de cierto.
Pero también es cierto que los vínculos por medios digitales padecen la ausencia de ternura que predomina en las relaciones y vínculos presenciales.
Bien podemos pensar formas a través de las palabras, los gestos, las miradas que permitan dotar de ternura a esta actual forma de comunicación.
En el nivel de nuestros dirigentes, los comentarios violentos, discriminatorios, irrespetuosos parecen estar alcanzando una progresión geométrica.
Los cambios, los cambios verdaderos, los cambios que nos permitan construir y habitar un mundo humano más favorable para los seres humanos requieren de “lazos”.
Requieren de colaboración mucho más que de competencia.
Requieren de valentía para exponer el amor al prójimo.
Y practicarlo.
Cuando ocurre, la ausencia de miedo es la consecuencia.
No va a mejorar el mundo con peleas.
Por más justas que parezcan.
Por más desatinos y maldades que hayan cometido unos.
Y que, probablemente, repetirán los otros quienes, supuestos triunfadores, hayan aniquilado a los primeros.
Pueden haberlos aniquilado.
Pero no habrán hecho desaparecer el desatino y la maldad.
Miles de años de historia así lo evidencian.
La revolución queda definida como un cambio, generalmente violento, de estructuras políticas, económicas, sociales.
Opino acá que si es violento no es cambio porque reproduce algo esencial de lo que supuestamente viene a cambiar: la violencia.
Estaremos haciendo por nuestra Patria, estaremos construyendo cambio verdadero, si nos transformamos en “revolucionarios” de la ternura.
En los vínculos familiares, en los vínculos de amistad, en los vínculos con los vecinos, en los vínculos cotidianos, en los vínculos con las personas que atienden en los negocios o en las oficinas públicas.
En “La tonalidad del pensamiento”, Byung-Chul Han cita a Celan (poeta rumano, 1920-1970) cuando dice: “Los poemas también son regalos”.
Y agrega el autor:
“Los regalos tienden al otro. Con nuestras manos le ofrecemos regalos al otro. Dado que no existe ninguna diferencia entre un apretón de manos y un poema, un apretón de manos es un regalo”.
Para cambiar hacia un mundo más humano es necesario que nos regalemos apretones de manos, poemas, cuentos, dibujos, pintura, música, diálogo, reflexiones, sonrisas, miradas, palabras… ternura.
Seamos revolucionarios.
Inundemos la vida de ternura.

