Desde Guadalajara. México

Eran los primeros días de noviembre. No muy lejos de ahí, se sabía que el verano había empezado a morir. El calor estaba impregnado por un olor rico a tierra mojada, y se anunciaba que pronto las lluvias caerían como disparos de fusil, y que las ceibas se quedarían desnudas de hojas.
No muy lejos de ahí, la ciudad olía a tortillas grasientas y a comidas hechas con maíz. El invierno llegaba. Se acortaban los días.
Yo había llegado a Guatemala, más por necesidad que por gusto. Medio escapado, medio curioso, me había sorprendido la cara de un indio que cantaba en un idioma raro, bajo el alero de la parada de camiones.
Caminando con mi mochila entre las calles del mercado, veía, a lo lejos, el opaco rancherío de latas herrumbradas. Ahí les dicen chabolas, en Brasil las llaman favelas, y en mi país, villas miseria...
La vi jugando con una ruedita frente a un paredón amarillo, color de mostaza. Si Marcela pudiera, me contaría que en su barrio los niños no tienen domingos, ni copas de leche, ni juguetes, ni zapatos.
Me contaría que eso es duro de llevar, pero es duro solamente durante el día porque a la noche es mas fácil, cuando el sueño oculta el hambre.
Además, Marcela contaría que la noche es mejor no mirarla desde allá, porque no valdría la pena.
Si Marcela pudiera, me contaría que es hija de campesinos que han sido brutalmente arrancados de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Y me contaría que entre la cuna y la tumba, el hambre, las enfermedades o las balas, abrevian el viaje.
Marcela cantaba, saludaba a una mariposa. Ella no entendía las cosas de los grandes, la política, la religión, la malicia. No necesitaba nada de eso en su pequeño universo de colores.
Marcela solo fruncía el ceño cuando la panza le hacía ruidos raros o la mariposa volaba muy alto.
Marcela tenía tres años. Esa es la edad, en la que somos todos paganos, y en la que somos todos poetas...
