"De los celos a los golpes", por Guillermo Rivelis

Carlos Riedel14 noviembre, 2023

Los “celos” implican necesariamente una estructura con tres elementos.

Un primer elemento es la persona celosa.

Un segundo elemento es la persona celada.

Un tercer elemento es “una otra persona” o “una situación” que la persona celosa considera que quiere apropiarse de la persona celada.

Lo pienso en este texto en una relación de pareja (existe también en otros tipos de relaciones).

Utilicé no casualmente la palabra “apropiarse”.

La persona celosa establece explícita o implícitamente su “posesión” sobre la persona que cela, a la que, probablemente, cree amar.

Escribo “cree amar” porque el amor no es posesivo, sino que desea impulsar la libertad y la realización personal de la persona amada.

En un principio, habitualmente, la persona celosa cela a la persona celada con otra persona u otras personas con la/s que supone podría establecerse una disputa vinculada a lo que supone amor y a la sexualidad.

Paulatinamente, va extendiendo sus celos a cómo se viste la persona a la que cela, a sus amigos, compañeros.

Extiende esta estructura psíquica de celos a las actividades de la persona que cela: estudio, trabajo, prácticas deportivas, artísticas, entre otras cosas.

También, con el tiempo va aplicando sus celos a la familia de la persona celada; padre, madre, hermanos, abuelos, tíos, primos.

Una estrategia, generalmente no declarada y encubierta en otros motivos, consiste en hacer que su pareja abandone actividades como las mencionadas o las reduzca lo más posible.

Si se ha consolidado un hecho de convivencia la persona celosa intenta aislar lo más posible a su pareja de otras personas.

Puede ser que la persona celada al principio se haya sentido congraciada por lo que interpretó como atención recibida y como valorización de su persona.

Poco a poco irá sintiéndose incómoda.

Cada vez que pretenda expresar esta incomodidad o la exprese mínimamente recibirá un intento de explicación supuestamente lógico y racional.

Luego, la respuesta verbal que reciba será agresiva.

Luego, insultante.

Paralelamente, su margen de maniobra se habrá acotado por el aislamiento en el que ha quedado.

Si insiste con manifestar su desagrado o, simplemente, si la otra persona observa su malestar, recibirá agravios que incluyen el de ser una persona desagradecida.

Muy probablemente, luego, sobrevendrá el golpe.

Para evitar esta mórbida secuencia, es necesario detectar el problema, no negarlo, reconocerlo y actuar en los primeros pasos.