El Ocaso de los Rótulos

Carlos Riedel25 febrero, 2013

“Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo «fantástico» o a lo «real», a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión a Marte”, escribió Borges en el prólogo a la edición argentina de Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, que apareció en 1955.

Por Vicente Battista (Telam)

Algunos años después, refiriéndose a la literatura fantástica, diría que, según se mire, toda literatura es fantástica, incluso aquellos textos que sobrellevan el más rígido de los realismos podrían considerarse fantásticos ya que, indefectiblemente, nacen de la fantasía de quien los crea.

Asimismo, arriesgo, toda literatura es política, incluso aquellas ficciones que parecen estar a años luz de propuestas políticas. Los casos abundan. Los poemas homéricos podrían ser un buen ejemplo. La guerra de Troya tuvo su origen en una infidelidad: la de Helena, pero no se limitó a un conflicto de alcoba. Ese adulterio en definitiva fue una excusa para arribar a un hecho esencialmente político.

Ficción, informan los diccionarios, significa “acción de fingir o simular. Cosa fingida o simulada.”

¿La “ficción política”, por consiguiente, sería un modo de la simulación?.

Aquellos que se empeñan en renegar de la política y de los políticos inmediatamente avalarían este concepto. Frente a esos exaltados, se hace preciso explicitar un par de cosas. Si aceptamos que toda literatura es política, comencemos por eliminar los rótulos. En el referido prólogo a Crónicas Marcianas, Borges señala que la voz “Scientifiction es un monstruo verbal en el que se amalgaman el adjetivo scientific y el nombre sustantivo fiction”. Hace unas décadas se gestó otro monstruo verbal: non fiction. Lo que usted está a punto de leer sucedió realmente, no es una mera fantasía del autor.

Frecuentemente, ante una novela o un cuento o una película, solemos toparnos con un cartel que advierte: “Esta es una historia verdadera” o “Este es un hecho real”.

Las novelas La canción del verdugo, de Norman Mailer, y A sangre fría, de Truman Capote, se presentaron bajo ese rótulo; incluso a Mailer y a Capote se los consideró fundadores de ese nuevo sub-género, aunque, en rigor de verdad, el mérito habría que atribuírselo a Rodolfo Walsh. Operación Masacre data de 1957, en tanto que A sangre fría es de 1966 y La canción del verdugo de 1972.

En 1919 apareció Los diez días que conmovieron al mundo, una elaborada crónica de John Reed que narraba los pormenores de la revolución de octubre de 1917.

Diez años después, André Malraux publicó La condición humana, uno de las novelas más bellas y feroces que se hayan escrito en torno a los hechos de Shanghái que dieron comienzo a la revolución china.

Aún faltaban algunas décadas para que se pusiera en movimiento el término “non fiction”, por lo cual Los diez días que conmovieron al mundo fue leído como un libro de testimonio y La condición humana como una novela. León Trostky, sin embargo, en ningún momento leyó la historia de Malraux como un texto de ficción, como un acontecimiento real ficcionalizado, sino como una crónica verdadera.

André Malraux prefirió que Trostky se quedara con ese concepto, porque jamás lo desmintió.

Facundo y “El matadero” son los dos títulos que inauguraron nuestra narrativa. Uno en el espacio de la novela, el otro en el del cuento; este último con un valor agregado: cumplió con las normativas establecidas por Edgar Allan Poe para definir al cuento moderno, y lo hizo dos años antes de que Poe escribiera esas normativas.

Facundo apareció en 1845 y desde ese mismo momento, Sarmiento propuso que su texto no sólo debía leerse como una novela, también había que abordarlo a modo de autobiografía y de crónica de época.

En consecuencia, cruzó los géneros con el propósito de que su historia resultara verosímil y pudiese ser leída como una denuncia. “

El matadero” se publicó en 1874, veintitrés años después de la muerte de su autor. ¿Por qué permaneció inédita esta pieza, sin duda la más destacada en toda la obra de Echeverría? Dicen que fue el propio Echeverría quien se negó a publicarla y dicen que no lo hizo porque al tratarse de una obra de ficción, estaba seguro de que no la iban a aceptar como un texto de denuncia y la denuncia, dicen, había sido la razón esencial de ese relato.

“Una literatura —dijo Borges— difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”. Como se ha visto, los lectores de comienzos del XXI difieren de los lectores de finales del siglo XIX. Hoy un cuento como “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, se lee como un notable texto de ficción y como una definitiva denuncia.