Las oficinas de las plantas industriales tienen un lado B, repliegues de la arquitectura, incómodos lugares de reducido tamaño, aparecidos en el medio de la nada que ignoran los planos. Muchas veces en los despachos lujosos de un primer piso los equipos de aire acondicionado dejan de funcionar correctamente por falta de mantenimiento. La reducción de costos llega última a los puestos más altos, ya que son ellos los que disponen esas medidas, y los cambian sin más. Nunca falta alguien que secuestra el viejo armatoste y con una reparación provisoria se los oye vibrar ruidosamente resucitados. Similares manos tan voluntariosas como inexpertas reconquistan para el pueblo obrero los muebles reemplazados porque cambió la moda y hay que renovar las imágenes de las empresas ante los clientes. De esta manera existe una realidad paralela, oculta, que solamente conocen los empleados que trabajan cerca y utilizan esos oasis para sobrevivir. Allí se mastican manjares, se beben los mejores café con leche o mates, se escuchan las historias que jamás serán publicadas. Quienes rotan por esos espacios de las plantas industriales reciben el mismo tratamiento que los equipos de aire acondicionado defectuosos y los muebles en desuso. Las que siguen son dos historias que transcurren en ese lejano oeste.
Los hermanos M
Falta poco para que sean las diez de esta mañana de otoño, el sol ilumina a pleno la oficina de esta petroquímica donde me toca practicar el último año del Industrial. Deberé pasar por todas las secciones que, hilvanadas, forman el mundo de la empresa estatal. Carlos M, a quien solamente había visto un par de noches sabatinas entre músicas estridentes y luces negras, es quien maneja las cosas, aunque en los papeles está bajo el mando de Don Agosti, un hombre casi jubilado, que lleva sobre las espaldas demasiada rutina. Cuando el personaje gris, algo orgulloso en su recto andar, llegue de su recorrida por la planta, pedirá la información diaria que estará perfecta ante sus ojos perdigueros. Su firma al pie será la redonda perfección del miércoles. Carlos lleva la corbata azul, su camisa blanca, los pantalones grises con raya y se peina hacia atrás resaltando la frente grande. Tiene aspecto y voz de hombre serio, de adulto que ha llegado antes a la vida, aunque me llevará, a lo sumo, cinco años. Se recibió de técnico y tuvo de inmediato su puesto aquí. Cuando se vaya Don Agosti será un sucesor digno, sin preguntarse si eso es bueno o malo como decía aquel otro inolvidable, Chano, que transitaba el laboratorio de otra fábrica. Hoy, en este 1972, todos esperamos que den las diez. En el exacto momento en que las agujas del reloj inventariado en la pared lo determinan, el Jefe abre la puerta. Entra, se quita el saco al tiempo que Carlos M canta, muy afinado, a buen volumen y sin mirarlo, mientras le extiende la carpeta diaria: - “Yo se que ahora/vendrán caras extrañas…” Revienta una carcajada. Cuando se desvanece, Carlos palmea al resignado superior, mientras se pone el saco, dice “Agosti viejo y pelado, nomás” , sale hacia la planta.
El ritual se repite de lunes a sábados.
Seré compañero de Carlos M un mes y medio, sabré de su buen trato y mejor humor. Aprenderé su manejo de los silencios, su pasión por Racing Club, la seguridad que parece acompañar cada paso que da. Me reiré cada diez de la mañana durante años y todavía.
Por ejemplo, en 1981, cuando doy por cumplido el turno, cierro un cuaderno muy usado, lo dejo dentro del cajón frontal del escritorio de lata., salgo de la empresa que fabrica abrasivos. Camino entre diálogos al paso con mis compañeros de tarea. Me toca controlar los que ellos hacen, discos de corte, piedras de todas las dimensiones, piezas de artefactos insólitos. Los respeto, me respetan. Casi al salir del galpón me cruzo con mi relevo, Mario M. Pelo largo, flamante técnico químico, cumple las mismas funciones que yo. De su hermano mayor, aquel Carlos M, tiene el humor irónico, la inventiva, el compañerismo y poco más. Lejos de seriedad trasmite la alegría de quien se sabe inmortal. Audaz para intentar nuevos caminos, fue quien propuso dejar las novedades escritas en el cuaderno que descubrió entre papeles de recién despedidos que atesoraba un viejo armario. Y así lo hicimos, aunque fui yo el que lo sorprendió redactando lo ocurrido un martes en versos divertidos, mal rimados, parecidos de lejos a sonetos. Aceptó de inmediato y fuimos creando una mitología de entrecasa, códigos secretos que nos hacían reír por demás, sin decir palabra, cuando nos veíamos. Nunca le revelamos a nadie las claves de aquel despropósito que jamás sería descifrado por ojos ajenos. Cada tanto alguno de los dos hacía horas extras y solapábamos buenos ratos en el sucucho donde recibíamos piedras para controlar.
Esta vez el mayor era yo. Todo iba bien. Hasta que un conflicto entre nuestro Jefe, un ingeniero tan irónico y divertido como los dos, lo enfrentó al mismísimo dueño de la empresa, otro ingeniero que se creía socio de Dios.”Nadie me grita, y menos un ignorante como usted”, subrayó nuestro superior en la cara del personajón que le sacaba dos cabezas. Los obreros, Mario y yo, los mirábamos en silencio. Para hacerla corta, el Jefe nuestro fue despedido en horas. También sus subordinados que firmamos una nota de apoyo. El hombre ya sin trabajo rompió casi todas las formulaciones que había creado, nos juntó en su oficina y nos dio algunos objetos que nadie valoraba como nosotros: un pequeño globo terráqueo de vidrio, una regla plástica, transparente, con la inscripción “nada es exacto”, un lápiz portaminas, un almanaque con su taco.
A Mario M lo vi un tiempo más, pero al fin, como siempre, subió la marea de la existencia llevándoselo todo. El cuaderno quedó en el escritorio de chapa.
Muchos años más tarde ya en otra compañía, una tarde del montón pude recorrer la demolición de aquellas instalaciones. Las había comprado esta mega empresa para ampliarse. Es el capitalismo, pibe, me comentó un gerente que manejó el trayecto en la camioneta y al que le resultó amable aquel paseo. Dejamos el vehículo lejos, caminamos pisando ladrillos arrancados de paredes, rastros fósiles de otra época, para sus habitantes, feliz. En un silencio de sepulcro pude ver entre las ruinas, a Mario M correr saludándome con su risa, perderse entre cascotes, con el rescatado cuaderno bajo el brazo. Cuando me iba, a espaldas del gerente preocupado por la mugre de sus zapatos, de sus pantalones impecables, la música de los pasos perdidos me dejó escuchar la voz de Carlos M, fuerte, clara, a mis espaldas: “Yo sé que ahora/vendrán caras extrañas”.
Supe que eran las diez
Flaco
El flaco era flaco en serio, de esos que por más que coman como lobos, no era su caso, el cigarrillo siempre colgado de los labios seguro le espantaba el hambre, no engordan un gramo. El cuerpo de vara y un leve encorvamiento que únicamente se notaba al verlo de lejos, cuando se largaba a andar entre los tanques para abrir las válvulas a primera hora o para cerrarlas antes de dejar el turno a la una de la tarde, aunque pocas veces nos íbamos antes de las tres, o las cuatro, con el estómago pegado. Siempre al mismo paso, al menos que lloviera y entonces apenas ensayaba una especie de envión que no llegaba a corrida, como a quien empujan para que se apure.
Nunca dejaba la oficina, bajando los cinco escaloncitos para dirigirse hacia el pozo de las bombas, sin antes revisar con cuidado las maniobras que debería realizar allá afuera y que había anotado previamente en una hoja de papel: los números de los tanques junto al nombre de los productos de los despachos diarios con letra grande y prolija, luego de que yo le indicara los metros cúbicos totales que surgían del programa de camiones.
El Flaco realizaba esa verificación como hacía todo en la vida, así somos, sin dejar apurarse por la ansiedad, en mi caso silenciosa, como responsable de la llegada a tiempo de los camiones a los clientes después de cargar, desde el escritorio de la oficinita pegada a la suya, separadas ambas por una mampara de vidrio. O el bochinche de los choferes que solían llegar a las cuatro de la mañana por más que la operación arrancaba a las cinco, envolviéndolo, en la silla frente a la pantalla de la PC desde donde extraía el estado de aprobación de los productos, con la nube de sus cigarrillos y la jarana cargada de sobrenombres y proezas absurdas, esa euforia permanente, común a casi todos y que, recién me doy cuenta, era la única manera que encontraban para soportar jornadas la mayoría de las veces inhumanas.
Rodeaban su bonhomía impasible de sonrisa tímida que muy pocas veces se transformaba en enojo convirtiendo su rostro en el de otro hombre, callado repentinamente, la mirada perdida, impenetrable, de parecido lejano al Flaco de siempre de modos delicados, trato amable y esa voz suave que solía aflautar levemente al momento de arrancar a contar alguna historia que, ese cambio de entonación delataba su intención a quienes lo escuchábamos, culminaría en una cargada leve, chiquilina la más de las veces, sin una pizca de maldad consciente o inconsciente hacia quien iba dirigida.
El Flaco siempre recurría a esa táctica, como un jugador ducho extrae la carta precisa en el momento justo, cuando el clima de alguna discusión se ponía tenso o me veía discutir por teléfono a los gritos, o caer en un mutismo angustiante debido a las presiones que venían desde Buenos Aires para agregar despachos o apurar decisiones en las que, sin la colaboración del Flaco, resultaba imposible para mi garantizar su cumplimiento ( siempre me prometían sería la última vez que lo requerirían y siempre volvían a exigirlo con medias sonrisas en nombre de los sagrados clientes ) Al final, vulnerables ambos al deber, ese disfraz predilecto del miedo, terminábamos agachando la cabeza, redoblando la apuesta para alcanzar esos cinco minutos de gloria efímera con que se visten los solemnes reconocimientos por ponerle el lomo a la causa y en los que uno deja de creer, desengañado, apenas ingresa a trabajar.
Los dos en ese bunker sin ventanas, enclavado entre incalculables cantidades de nafta, solventes y tanques de gas como para arrasar quilómetros a la redonda. Juntos en esa especie de cabina de barco cercana al río, construida en una olla y elevada como las casas de los isleños a la que cuando llovía y la inundación cubría los cinco escalones, debíamos ingresar con el agua hasta las rodillas, los despachos eran impostergables, o en el mejor de los casos a bordo de un camión, desde el que nos habíamos acostumbrado a saltar riesgosamente sobre la baranda, para alcanzar la puerta. Una vez a salvo, y hasta que el agua descendiera lentamente, nos entreteníamos observando pasar flotando tambores de doscientos litros, llenos o vacíos, ristra de trapos, latas de aceite, guantes, animales muertos y compañeros saludándonos divertidos desde las camionetas ranchera convertidas en lanchas rápidas.
Todas las mañanas el Flaco ponía el agua recién cuando volvía la calma pasado el caos inicial, cuando la operación estaba en marcha y nuestro espacio recuperaba esa tranquilidad que siempre otorga cierta normalidad conocida. Entonces, mientras vigilaba el monitor donde veía a los choferes en la isla de carga, erguidos sobre los tanques sosteniendo los picos dentro de las cisternas, arrancaba con el mate apoyado en la entrada de la cocinita, fumando tranquilamente, arrimándome uno a mi escritorio recién cuando descubría que yo había colgado el teléfono, harto de dar explicaciones, listo para compartir sus amargos en medio de esos elocuentes silencios sobre los que los hombres, las mujeres tienen otra forma para todo, fundamos algo parecido a la amistad apenas el primer atisbo de confianza mutua se confirma con algunas pruebas de lealtad cuando las papas queman y sin explicaciones inútiles. Y entonces recién nos animamos a contar lo que nos pasa.
El Flaco, inolvidable con la pelada en coronilla atravesada por líneas paralelas como simpáticos puentes de pelo que le llevaría bastante tiempo acomodar cada madrugada frente al espejo, el bigote finito a lo Ángel Magaña, y esa sonrisa de pibe. El Flaco, que todos los santos días al salir de la fábrica y sin tirarse a descansar un rato, iba derecho en bicicleta a continuar con la losa del techo de su casa que fue levantando en soledad.
Me enteré de su muerte por lo menos tres o cuatro años después y por casualidad. Aún hoy no se bien cuándo ni cómo sucedió. Faltaban pocos días para retirarme de la empresa por la jubilación y se me ocurrió preguntar por él al hombre que repartía la correspondencia interna, como para hablar de algo, hacía mucho tiempo que los dos habíamos dejado aquellos puestos “ detrás del alambre” como algunos le llaman al interior de la refinería.
-¿No sabía?, me preguntó entre sorprendido y hasta algo risueño.
-¿En serio que no sabía ? , insistió más de una vez.

