Por Adriana Musumeci...

Los hijos, muchachos ya, dormían en el fondo oscuro de la casa.

La sala vacía exudaba los vahos del incienso. En la cocina aún silenciosa, el fogón ardía con paciencia. Afuera, el sol partía la tierra.

En los confines del jardín, el anciano padre (que había llegado desde las bibliotecas más ricas de su tiempo dejando atrás una vida de conocimiento y reflexión), procuraba una vez más reparar los conductos de provisión de agua de la casa.

Lo intentaba desde la madrugada. Sellaba una pérdida y aparecía otra: un hilo claro y sonoro surgía casi inmediatamente. Si no lograba realizar con éxito el trabajo, las mujeres y los más chicos de la familia, que llegarían de un momento a otro, la pasarían muy mal.

Puso la argamasa como correspondía (conocía el arte de la construcción como pocos) y se sentó con las rodillas tocándole la barbilla a la sombra escasa de los muros.

Esperó casi sin esperanzas, el agua surgió y el hombre la miró como interrogándola. No encontró otra solución que cavar una zanja profunda y mucho más larga de lo que sus fuerzas le permitían.

Se levantó sin convicción, atravesó las galerías, la sala fresca, los pasillos de columnas labradas y entró en la habitación de los hijos que dormían.

Despertó al más chico que se vistió apurado y salió con su padre a ver el trabajo que le demandaba.
- Ahora tengo que ir al campo.- le dijo a su padre y entró a despertar a su hermano.

- ¡Levantate, haragán!- le gritó y se tiró sobre el otro a pegarle. Con el puño cerrado, una y otra vez.

La sangre del que dormía manchó las sábanas. Apenas despierto, pero con convicción, el muchacho sacó el cuchillo que guardaba debajo de la almohada y se lo clavó en la espalda a su hermano. La sangre del más chico saltó al piso. Gritaban y rompieron algunos pequeños tesoros que su padre les había ido regalando.

El hombre entró y con gran esfuerzo los separó.

Cuando el silencio volvió a asaltar la casa y sus alrededores, el anciano se sentó nuevamente, apoyando la espalda y la cabeza sobre el muro.

Las lágrimas fueron el agua nueva.

Recordó sus amadas bibliotecas, lejanas, mudas y el hacha con la que había combatido por la libertad.

Convocó a la muerte que no fue en su auxilio.