En el mes de la recordación de una guerra tan absurda como sentida para todos los argentinos como la de Malvinas,hay relatos que están más allá de las decisiones políticas, equivocadas, dictatoriales. Las narraciones de los que estuvieron ahí, a sangre y fuego. A ganar o morir por una causa que con seguridad creían propia.
Por Sebastián Galarza, desde Guadalajara, México.
Yo era muy chiquito cuando pasó.
Por la tele pude ver, años después, lo que sucedió esa madrugada.
Años mas tarde, me transformé en uno de ellos, en uno de esos soldados y escuché los relatos de las bocas de los protagonistas.
Crónicas anónimas de un momento trascendental en la historia de mi país, donde algunos de esos héroes dieron la vida.
Unos veteranos, me contaron sus historias de la guerra, sentados junto al fogón en una de las tantas noche de campaña... ...
La noche del desembarco cenaron en forma ligera; algunas caras estaban manchadas por un camuflado innecesario a ciertas caras, como bromeaba el Capitán Bardi, refiriéndose a algunos de ellos de tez bastante criolla.
El guerrero que cuenta esta historia recuerda la molestia profética del Capitán Giachino por la ausencia de una máquina fotográfica para documentar lo que ya llamaban la última cena.
El ánimo estaba alto. Durante la reunión previa al desembarco, camuflarse bien, vestirse con el traje seco de buceo, verificar el armamento, etc...
El Capitán Giachino les hablaba con voz serena en la penumbra de las luces rojas del hangar en donde se preparaban:
"Abran bien los ojos, porque para los que vuelvan, ésta será la primera vez que estarán en combate real y esa experiencia habrá que transmitirla."
Fueron bajando a los botes a medida que los llamaban, descolgándose mediante pescantes construidos a ese fin. La noche era negra, oscura como pocas.
"Ideal para un ataque". Manos que los guiaban, que los apretaban firmes, susurros de "Suerte". "Los esperamos" y alguien que desliza un caramelo en la mano.
Los botes se encolumnaron a popa del buque y una vez listos todos, zarparon siguiendo las estelas de espuma del primero (Capitán Sánchez Sabarots).
Eran 21 botes en total. Hacía frío y la navegación era difícil, debido a la gran cantidad de cachiyuyos, invisibles en la noche (los cachiyuyos son una especie de algas que crecen en las rocas sumergidas).
Este inconveniente desorganizó toda la formación quedándose atrás muchos botes y adelantándose otros.
Al pasar al lado de un rezagado escucharon el diálogo murmurado de sus ocupantes: ¿Che, Negro, pagarán Zona? (se refería en broma al suplemento que se cobra cuando se hacen trabajos especiales en la Zona Sur).
Llegaron a la playa en bastante desorden. Dos grupos de buzos tácticos eran los encargados de dar seguridad, mientras los demás se quitaban la ropa de agua y luego rotaban los puestos.
Así se hizo y una vez que tomaron contacto todos (los botes habían llegado en cualquier orden), esperaron que la columna de marcha de la Agrupación de Comandos Anfibios desapareciera en la noche rumbo a Moody Brook, tragada por la oscuridad y se pusieron en marcha.
Habían desembarcado algo más al Este de lo previsto, lo que impidió que chocaran con el alambrado con el que habían referido su camino en la carta, por lo que descartaron su uso y se dirigieron directamente hacia la sombra de cerro Sapper Hill, que divisaron al frente.
El camino era difícil, tanto que no se veía nada. La vanguardia de exploración estaba compuesta por el Capitán Giachino, los Cabos Ortiz y Alegre, a quienes seguía el Cabo Flores como navegante.
Atrás seguía el grupo Naranja, luego el Verde y cerraba la marcha el Teniente Álvarez con el grupo Azul.
Durante la marcha, tropezaban en la turba y caían de rodillas sobre las salientes rocosas, golpes bastante dolorosos que hizo que el Capitán Giachino fuera rotando los exploradores a la cabeza de la patrulla, en razón de la lentitud a que obligaba el dolor.
Detenían el avance más o menos cada 50 pasos, hasta escuchar los dos silbidos de los exploradores, indicándoles el camino libre.
A medida que se aproximaban al objetivo y el reflejo de las luces del pueblo permitía ver mejor, estas distancias de 50 pasos fueron agrandándose, lo que hacía que los exploradores se ausentaran por lapsos de hasta 20 minutos, en razón de lo cual volvían a ocupar sus puesto en la patrulla.
Justo antes de ascender Sapper Hill pasó un jeep Land Rover por el camino que seguía la base de la montaña, obligando a la patrulla a ascender en marcha forzada hasta la cima, en la que hicieron el alto más prolongado de la marcha.
Desde su posición se observaba claramente el pueblo y planearon el desplazamiento en el frío de la noche.
El último alto significativo antes del asalto final se realizó al pie de una antena de radio situada al Sudoeste de la casa del Gobernador, aproximadamente a 1.500 metros. Allí se dieron cuenta de que habían perdido 2 hombres de "Azul", el Suboficial Mansilla y el Teniente Álvarez.
El tiempo apremiaba y siguieron adelante con esos hombres de menos, confiando en que se reunirían luego con la patrulla, como afortunadamente sucedió.
El Capitán Giachino dio las últimas recomendaciones y recordó: "Usted Naranja (Lugo), ataca por la izquierda. Verde: Déjeme llegar y venga conmigo." Azul no figuraba más, por lo que los hombres que quedaban se plegaron a los movimientos.
El Capitán Giachino se destacó y lo siguió el Teniente Lugo con su grupo.
Habrían pasado unos diez minutos cuando, al ver que Rojo no volvía, iniciaron el descenso hacia la casa.
Durante ese descenso empezaron a escuchar muchos disparos desde el lado de Moody Brook.
El Capitán Sánchez Sabarots estaba atacando. Casi inmediatamente, se inició el movimiento de vehículos en el pueblo y 2 camiones (uno de ellos con Marines) estacionaron en la parte trasera de la casa.
A esa altura, aún se hallaban a 400 o 500 metros de la casa, toda la patrulla sobre una elevación. Ya se escuchaban disparos entre lo que suponían era la patrulla de Lugo y los defensores de la casa de quienes les llegaban, con el viento, los gritos y las órdenes.
Aún estaban decidiendo por dónde aproximarse, cuando escucharon los gritos del Capitán Giachino que los llamaba hacia el frente de la casa.
Tras breve vacilación (¿sería rehén, estaría herido?) los comandos bajaron a la carrera y cruzaron una arboleda para descubrir al Capitán Giachino y a su sección desplegados en abanico frente a la casa.
Se acercaron, mientras a sus espaldas se destacaban el Suboficial Cardillo y el Cabo Urbina para marcar el helipuerto (un calzoncillo largo con las piernas abiertas para indicar la dirección del viento, como si fuera una flecha).
A continuación, el relato del Teniente de Fragata, Buzo Táctico, Diego Fernando García Quiroga. Herido en combate: "...Me pegué a Giachino.
Él me ordenó: "Háblele al gringo!!" Hice una bocina con mis manos y con toda mi voz grité el mensaje: "Mr. Hunt, somos marines argentinos, la isla está tomada, los vehículos anfibios han desembarcado y vienen hacia aquí, hemos cortado su teléfono y le rogamos que salga de la casa solo, desarmado y con las manos sobre la cabeza, a fin de prevenir mayores desgracias. Le aseguro que su rango y dignidad, así como la de toda su familia serán debidamente respetados."
No hubo respuesta.
A una señal de Giachino, repetí el mensaje. No hubo respuesta.
"Tírele una granada", me dijo y tiré una granada que explotó en el jardín.
Una voz contestó: "Mr. Hunt is going to get out..."
Esperamos lo que habrán sido 2 minutos y el Capitán Giachino me dijo molesto: "¡Apúrelos, cornudo!"
Repetí el mensaje y esta vez contestaron con ráfagas de ametralladora y con voces que decían: "Don't go (Mr. Hunt)."
El tiroteo se generalizó, y de pronto vi a los Cabos Flores, Alegre y Ledesma como cubiertos por una sábana color naranja.
De inmediato comprendí que eran proyectiles trazantes que se originaban en el pueblo. Nos disparaban a través de la cancha de fútbol.
Nos tiramos al suelo con el Capitán Giachino y comenté: "Jefe, si no entramos nos cocinan".
Él me miró y me dijo así: "sí, hay que entrar, metele con todo". Mientras lo decía, saltó una pequeña verja y llegó hasta la puerta. Atrás de él siguió el Suboficial Cardillo y luego los Cabos Flores, Ledesma y yo, pero no recuerdo en qué orden.
Derribada la puerta, nos enfrentamos a un pasillo largo y sin salida, salvo por una puerta lateral cercana a la entrada y que se hallaba cerrada.
Cardillo trató de derribarla de una patada pero lo único que logró fue resentirse el pie, ante lo cual el Capitán Giachino rompió el vidrio con una granada y la abrió mediante el picaporte.
Esta puerta daba a una especie de sala aparentemente sin puertas, aunque luego los tres hombres que quedaron en la casa descubrieron en un rincón de la habitación una escalera que comunicaba con los altos.
A partir de este momento recuerdo todo como si fuera una película de cámara lenta; Giachino se dio vuelta y dijo,"Por acá no, hay que pegar la vuelta".
Salió con una granada en la mano (la que usó para romper el vidrio). Atrás de él, casi pegado, salí yo. Lo veía un poco más adelante, a mi derecha. Giró de pronto, como cayéndose.
Gritó: "Me dieron, Cristina, me dieron".
En ese instante sentí que me arrancaban el brazo. Fue como un hachazo, luego un empujón leve, indoloro y un fuego en el abdomen. Pensé en hablar, no sé que dije, llamé a mi mujer y me caí contra un pequeño cobertizo contra el que se incrustaban las balas. Vi el cielo, creí que me moría y pensé: ¿Será así? .
El tiroteo seguía. A mi lado, mi Jefe de patrulla gemía, despacio. Me pregunté si él también moriría. Me desabroché la parka. No sentía mi brazo herido, solamente un fuerte dolor que lo anulaba. Quise moverme. Grité.
Grité porque me dolía mucho y porque quería escucharme vivo. Me di cuenta de que Giachino llamaba al enfermero y empecé yo también a llamarlo a gritos, mientras me soltaba el cinto y me aflojaba el pañuelo del cuello.
No dejamos de llamarlo hasta que escuchamos el grito de respuesta de ese valeroso cursante, informando que no podía, que lo habían alcanzado también.
Esperé, consciente de un dolor que crecía en mi espalda. Sentía que algo se movía detrás mío, sobre mi cabeza y alcancé a ver a un grupo de gansos, lo que aumentó mi angustia al imaginar la posibilidad de que picotearan en mis heridas, de las que no alcanzaba a ver ninguna.
De a ratos arreciaba el tiroteo y yo bajaba una pierna que tenía encogida para aliviar el dolor, consciente de que otro balazo sería demasiado.
Aparentemente (y como comprobé luego por declaraciones del Suboficial Cardillo) empecé a hablar en inglés, porque uno de los ingleses que nos había baleado me gritó que ordenase a los nuestros un alto el fuego y ellos mandarían al médico.
Le contesté que no tenía aliento suficiente para gritar. De pronto el Capitán Giachino me dijo: "Pibe, ojo por si me desmayo, que tengo en la mano una granada sin seguro". Yo le pedí: "Tírela, por Dios". Y él me contestó que no podía. Algo deben haber entendido los ingleses porque el que me hablaba me dijo que aquél de nosotros que tenía una granada la soltara.
Al explicarle que no tenía seguro, él me dijo: "que la ate y la deje al costado porque si no lo hace disparo. Voy a contar hasta cinco".
Traduje esto lo más rápido posible y el Capitán Giachino tomó vueltas a la granada con la correa de sus binoculares, la colocó en el suelo y giró para alejarse. Al girar, vi que tenía la espalda llena de sangre. El resto de ese período que duró tres horas fue de una lenta espera por un helicóptero, cuyo ruido escuchamos más de una vez pero que nunca cruzó nuestro cielo.
Yo escuchaba al radioperador de la casa (un inglés) pero acabé por no entender nada de lo que decía. Lloviznaba y pensé qué efecto tendría la lluvia en nuestras caras manchadas.
De pronto escuché un grito: "Pedro, soy yo, Tito". Escuché que el Capitán Giachino contestaba: "Tito, apurate que no llego".
Alguien se acercaba. Vi de pronto ante mí la cara del Almirante Büsser que me hablaba.
Le dije: "El brazo no. Tengo un balazo". Vi al Suboficial Cardillo y al Cabo Ledesma que se apresuró a inyectarme.
Un Marine rubio me cubría con una manta (¿Por qué? -pensaba yo- si no tengo frío).
Alcancé a ver un jeep. Lo alzaban a Giachino. "Llegamos Jefe", creí decirle. Me alzaron. Me metieron en un jeep. De nuevo el dolor.
Una camilla. Los techos del hospital de Malvinas y dos médicos que me arrancaban con tijeras toda la ropa, haciendo caso omiso de mis quejas.
Me dicen: "You're through, baby". Luego el helicóptero. Ya todas son caras, algunas conocidas, otras no.
El Rompehielos. La enfermería y más morfina. Comienza una sensación de asfixia que no me abandonará hasta el continente.
Vuelvo a Malvinas y obtengo un pantallazo de los Buzos Tácticos con mi Comandante al ser subida mi camilla al avión.
Quiero dormir. Durante el trayecto, un hombre al que le debo la vida, me golpea constantemente la cara y me repite, a sabiendas de mi apellido: "Rodríguez, no te duermas".
Llegamos a Comodoro Rivadavia, ciudad que conozco desde mi infancia. Me recibe el doctor Zeballos, del Ejército Argentino.
Me pregunta cómo estoy. ¿Qué puedo contestarle?
Tuve la suerte de estar allí, con un grupo de valientes y probablemente tenga la suerte de vivir para contarlo.
"Estoy feliz". Salgo de un largo sueño para encontrar los ojos de mi señora, la cara de mi padre, el apoyo de mi Segundo Comandante, aún vestido de combate y con dos noches sin dormir.
Me confirman el éxito de la operación. Pregunto por mi jefe y lo bendigo, ejemplo de muchos y orgullo de los pocos que tuvimos la suerte de conocerlo y estar a sus órdenes.
Semanas más tarde, convaleciente de otra intervención, mi 2° Comandante me entregó otra muestra de la fatalidad: es una navaja suiza que colgaba de mi cinto a la altura de la ingle.
Tiene las cachas rotas, y un balazo justo en el centro. Sólo tengo la marca de la herida que me hubiera matado. Aun así, hubiera valido la pena....
" Hoy, 30 años después de este heroico suceso, quiero rendir un profundo homenaje a todos ellos, viejos guerreros y antiguos superiores y camaradas, con quienes compartí momentos inolvidables de mi vida personal y militar, aprendiendo de sus experiencias y rindiendo culto a nuestros caídos. Fuí parte de ellos, y hasta el último de mis días, seguiré sintiendo en las venas, la sangre de los infantes de marina.
** Ex- comando anfibio, hoy un caminante por los senderos del mundo, orgulloso de su pasado, convencido de su futuro. Un amigo.


