Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud
Rulo:
–Gitano, mañana te llevo un jamón español de primera para reponer el que retiré de tu alacena, vos sabés.
Gitano:
-Olvidate, Rulo, un amigo es uno mismo con otra piel, como decía Atahualpa. Mañana te espero como siempre en la oficina con pan fresco.

La cara del Rulo Ponce quedó en el medio del cuadro de la cámara con ese color blanco frío de heladera cuando se abre la puerta. Un sencillo primer plano para que ese hombre, parco en la mirada y las palabras, contara a sus amigos del Facebook lo que había pasado. Usó frases cortas, consecuencia de su oficio de capataz de obra, en el que hablar muchas veces empeora las cosas. Y así empezó el escándalo entre muchos de sus contactos. Algunos insultándolo con el manual de la moral, la ética, los códigos y las buenas costumbres bajo el brazo, otros apoyándolo, a pura risotada jajajaja, jijijiji, y esas pavadas coronadas de emoticones amarillo fuerte.
El otro protagonista de la historia, Ruben Fernandez Alcione, alias El Gitano, abogado de la UBA, amigo en serio de la infancia del Rulo y dueño de la constructora que lo salvó del descenso, siempre la sonrisa lista, hasta cuando se abrazaron después de cerrar el acuerdo que devolvía a su amigo al mundo de trabajo, una semana después de que al Rulo lo rajaron de la Siam en un sencillo acto de quince minutos de duración después de 35 años de campaña. “Reducción de personal”, selló a puro diente y bigote finito el gerente de recursos humanos, Hilario Calviño, y señaló con el índice de la derecha, la uña sucia hacia el cielorraso, “decisión de arriba”, “nadie tiene la culpa”, y encima le tendió la mano, el muy hijo de puta. Todo para acomodar al cuñado que no sabía ni hacer un pastón, qué barbaridad.
Para qué están los amigos, le dijo entonces El Gitano, gordísimo y fumando sin parar, antes de soltar el pobre cuerpo del Rulo atrapado en semejante máquina de respirar como con fuelle, ese tipo que parecía el abuelo del que jugaban juntos en la esquina a la escondida con todas las minitas del barrio. El abuelo o un secuestrador de aquel pasado en blanco y negro, mejor dicho. Y esa noche los dos durmieron como suele pasar cuando se hace lo que se debe y la vida por un rato deja de exigir a los gritos. O se calma un rato como león bien comido.
Los segundos que corrían en el video del Face, hicieron carraspear de ansiedad al capataz Ponce, aún sin haber abierto la boca. Arrancó en falso varias veces, con esa incomodidad nerviosa de los que por más que ataquen se están defendiendo y finalmente fue una ametralladora de palabras de las que no se entendió nada, más que un rezongo de chico sorprendido con las manos en la masa, moviendo la cabeza como con ganas de borrar algo. Al fin se reacomodó como un toro herido, miró para abajo, y arrancó de nuevo derecho al grano, conciso y sincero hasta los huesos. Poquísimas palabras esta vez, fruta madura cayendo a la tierra, impacto certero en el mentón de la injusticia, puteada a la razón limpita.
Fue igualmente breve la respuesta del Gitano Fernández Alcione. Eso si, acomodó la cámara más lejos. Quería que lo escucharan con todo el cuerpo de camisa afuera, tez aceitunada, impaciencia de los que cuentan mucha plata todo el día, aire de matón domado por esposa, hijos, casa en el country, socio del club. Se veía que no era suya la idea de grabar esa contestación al Rulo, que ostentó una impresionante cantidad de Likes y puso furiosa a la mujer del boga, protagonista en las sombras de lo ocurrido, herida de muerte sin esperarlo, de un solo golpe, aunque ya se sabe que nada ocurre de repente por más que se quiera mirar para otro lado.
La mirada del Gitano no dudaba. No hay que confundir cansancio con debilidad porque eso lleva al que está enfrente a bajar un poco la guardia midiendo mal la reacción que suele ser fatal. El doctor Fernandez Alcione era un hombre aburrido, harto de conocer el mecanismo brutalmente simple de la vida aunque tenía intactos los reflejos, lejísimo de entregarse. Y menos por una boludez de un amigo a quien le había dado trabajo cuando estaba en la lona. Si, después de todo, las cosas habían andado bien hasta que lo dejó cuidando su casa por unos malditos días en que su mujer lo empujó para la escapada a Punta del Este, al cumpleaños de la tía Delicia que llegaba a los cien y leía sin anteojos, y el Rulo se mandó la cagada. No era para tanto escándalo. Cosas de mina fifi. Al profesional de los “arreglos” más que de la Verdad y la Justicia ya no le preocupaba el Rulo Ponce, esa travesura de goloso, sino ese conventillo de Facebook, ventana irrespetuosa de la intimidad, tan necesaria para los tahúres de semejante calaña que nunca se sabe hasta dónde pueden llegar.
Tenemos que calmarnos, comprender que somos humanos, falibles, que estamos sujetos a tentaciones y caemos en errores por ingenuidad, por considerar travesuras a los deslices que otros consideran faltas graves. Los que transitamos el universo del Derecho estamos convencidos de la inocencia de las personas simples como mi amigo el Rulo Ponce y sabemos disculpar, perdonar. Superemos este mal entendido, regresemos a la vida sin escenario ni cámaras. Vivamos en paz como cristianos que somos.
Los Likes superaron ampliamente a los del capataz para alegría de la cónyuge del Gitano, quien de todos modos no dejó entrar al Rulo a su casa nunca más.
Y seguro esa noche sí que todos durmieron en paz.
