Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
Tu rostro se perderá en los días
que vienen a tapiarnos de tristeza
con mínimas luchas cotidianas
Un recuerdo fugaz ha de acecharnos
inaprensible, apenas
un anillo en el agua
Permanencia, Nélida Coltelli

Patrón de La Castellana, 19 de marzo entre Noya y Ameghino
Bajito, cara de niño receloso, cejijunto en su falsa calma de manos juntas en la espalda, anda entre las góndolas en puntas de pie con nervios de gorrión saludando a las señoras clientes con cabezazos elásticos, controlando con mirada susurrante el paisaje variopinto de cajeras uniformadas, carniceros gardelianos, changarines bajando mercadería de los camiones en la pendiente del subsuelo como en una fiesta, perfumeras aburridas de uñas chillonas chusmeando la espera.
Señora del kiosco de la terminal, sobre calle Brown.
Un metro sesenta, cara de las que ya no vienen, de madre, de cumplir obligaciones. Durante años estuvo allí, junto a su marido, sonrisa justa, quejas de ocasión, vuelto exacto. Dejaba un buen deseo a los que nos llevábamos diarios del quiosco de chapa verde o nos conversaba cuando esperábamos colectivos eternos en su atraso. Ya cuando íbamos al Industrial del Bajo (la otra no es verdadera, es una realidad incapaz de borrar aquella ilusión gloriosa de la Mazzini con balsa y ferry) la veíamos cerca de la medianoche, siempre detrás de las tapas de revistas, esperándonos, esencia de pequeño faro. Cuando arrasó el progreso y se llevó a la terminal de su lugar, creo que pudo jubilarse. Fue una tía que dijo adiós y se desvaneció en al aire, así nomás.
Armando panadero, San Martín e Independencia
Flaco, escuálido y tosiendo aparta la cortina de lona desteñida y con la voz húmeda hirviendo en algo tibio, al compás de la nuez de Adán que amenaza con mandarsele mudar bajo la piel tensa del cuello rojizo y largo, pregunta quién sigue y cansado va extrayendo flautas y felipes calientes de las canastas invisibles detrás del mostrador roble oscuro. Y allá adentro el reloj de péndulo y el quejido lejano de la madre enferma en el oscuro frescor del dormitorio.
Vendedora de panadería calle Rivadavia esquina Moreno
En la mañana, apenas comenzado el día laboral, barre la vereda: el pelo atado y la sonrisa mansa de quienes están hechos para resistir. Tenía una hija, movía su escasa estatura en la precisión necesaria para dejar satisfecho al cliente. Muy bonita, no daba confianza hasta conocer bien a quien pedía sacramentos, medias lunas, medio kilo de flautitas, sánguches de miga. Protección de las lindas, igual a los pájaros que constantemente miran de costado mientras rondan el alpiste. Quería irse de allí, no resignarse a una vida con aroma de pan, por más seductor que fuera. ¿Lo habrá conseguido?
Rino almacenero, Ameghino y Roca
Grande como un genio de lámpara, arrogante y mentiroso, ahora sabemos que todos lo éramos, nos espera llegar desde la puerta con cortinas alcahuetas de ganchitos metálicos, hasta el extenso mostrador bajo el azulado parpadeo de los tubos fluorescentes, y al vernos esperar desperdigados, tiene ganas de murmurar lo de Sinatra aquella vez en el Madison, al ver semejante multitud que lo aclamaba al salir al escenario: “ no sabía que tanta gente cabía en mi habitación “ Apunta el cuchillo a la superficie refalosa del dulce de membrillo apretado morbosamente en la lata antes de caer desnudo sobre el papel manteca, pesca las aceitunas en el frasco con el cucharón como en una pecera y después sonríe hasta con el lunar de la frente igualito a los magos.
Moza del bolichón frente a la plaza Mitre
Entre las mesas cuadradas, de madera, mueve sus nalgas turgentes bajo el pantalón negro y un delantal con el nombre del sitio. Indolente para responder a los pedidos, olvidadiza con lo solicitado, sonríe cortito para hacerse disculpar y se va enseguida, al compás de sus caderas, como en el vals peruano. Después de cada entrega, se queda embobada en un rincón cerca de la registradora, mirando uno de los primeros televisores color, hablamos de hace mucho tiempo. Pocos recordarán su cara, menos su nombre, si es que alguna vez lo supieron.
Los hermanos bohemios, artículos de librería y de todo un poco, bajada de la Pinto.
Altos y calcados, aunque uno más apagado y melancólico, flacos como varas, ancianos prematuros, venden mapas, tijeras minúsculas, papel glacé y tardan una eternidad en encontrar un lápiz HB en el pajar de cajitas apiladas, mientras hablan solos y se contestan educadamente, sin muchas ganas de vivir y mucho menos de ganar plata. Por el deseo oculto de sentirlos mis amigos, una tarde me hice hincha de Atlanta como ellos, en silencio, para ser tres sonriendo vergonzosos frente a las cargadas por el Gráfico del lunes.
La muchacha de la fábrica de pastas, sobre la calle Brown.
Su risa alborota el local. Hace chistes con la clientela, cuenta de su marido y de su hija, de ausencias y de proyectos. Llena de rulos, va y viene sin parar, bien italiana desde su físico hasta su voz. Podría imaginarse a Gina Lollobrigida interpretando a esa mujer siempre sensual, siempre atenta a los detalles que le permitan bromear. El local quedó sin ella, al lado del Centro Cultural Tito Alberti, pero basta pasar despacio, cuando nadie anda por la vereda, para escuchar su carcajada y extrañarla, como a la primavera.
Bicicletero del alma, 19 de marzo al lado del edificio Celulosa
Engrasado hasta los anteojos, de gris y manos percudidas que aprietan el trapo un rato cada una, pide disculpas bajando la cabeza porque no pudo terminar aún el arreglo de la bicicleta italiana colgada como una res entre el enjambre de cuadros, ruedas y manubrios olvidados que apenas me entristecen profundamente antes de morir de felicidad en el perfume de cámaras nuevas, pintura fresca y aceite de piñones que desplazan por un segundo, nube perdida, el humo de los Jockey Club marquilla bermellón. En mi película es un hombre que lo ha dejado una mujer, que perdió todo jugando al pase inglés y de bronca toca la trompeta con sordina en su rincón todas las noches al volver tarde del negocio.
Aldo en Donatello
Sube y baja la escalera del café con nombre de pintor. Bandeja enorme sobre la palma, saco azul, pantalones negros, flaco y alto, muchos dientes en la sonrisa. Peinado hacia atrás, cara angulosa, de voz fuerte, que modula cuando las mujeres le piden alguna combinación especial de café, Tía María y cognac o whisky del mejor a precio del berreta. Al servicio de cualquier confesión, sabe escuchar y guardar secretos. Conoce la historia de todos los clientes, de sus parejas y de sus soledades. Los adolescentes de entonces ya están grandes. Donatello se disolvió en el olvido. Aquella sombra delgada lo acompañó hacia la historia.
La chica de los discos en la galería CADU
Me mira entrar de reojo y marchar derecho hacia las bateas rebosantes de longplays. Sabemos que voy a quedarme hasta descubrir el hallazgo que me hará temblar de emoción mientras le pago, después que simuló hallar el precio en un rincón de la tapa y suspirando con media sonrisa, deslizará el valor mínimo, recompensa a la constancia en la pesquisa. Siempre sentada mirando hacia la puerta como esperando al hombre de su vida, impecables los labios, el perfume, el peinado recatado, fuma silenciosa uno tras del otro, vigilando de ratos la procesión que arrastra los pies por Justa Lima y cada tanto se para a chusmear en la vidriera, atraídos por el último hit que suena en los parlantes exteriores después que ella ha colocado la púa sobre el disco con delicadeza oriental.
El gordo Luis y su verdulería de Rivadavia al 1500
Aparece entre los cientos de cosas que nadie sabe cómo atesora en su lugar. Le da de comer a un gato, despacha verduras o frutas, saca aceitunas de un gran frasco, y todo sin dejar de hablar con una corte de los milagros que pasa por un rato, tanto como para deshacer su soledad y la de ellos. Pilas de revistas viejas, calentadores y enseres de pesca colgando de los tirantes del techo, las palabras se acomodan en el poco aire. Pelado, cuando ríe achica un ojo más que otro, sacude toda su generosa humanidad. Camina con la costumbre de andar en bote, sintiendo el vaivén del río debajo del machimbre. Luis no merece lo que el destino y sus congéneres le reservan. La puerta de su almacén sigue, con vidrio remendado de cinta y todo, aunque el almacén fue desmantelado para dar paso a consultorios prolijos, iluminados, sin lugar para semejante ángel profano. Anda por el fondo, preparando anzuelos para la pesca del próximo fin de semana.
