Todo deseo es un camino dijo Einstein

Carlos Riedel27 octubre, 2017

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... 

PENUMBRAS
La noche se perdió en tu pelo...
la luna se aferró a tu piel
y el mar se sintió celoso
y quiso en tus ojos,
estar él también...

Tu boca... sensual, peligrosa...
tus manos... la dulzura son
tu aliento... fatal fuego lento
que quema mis ansias
y mi corazón.

Sandro-Anderle

Completamos el circuito de caminata diaria alrededor de la cancha de Ferroviarios transpirados, con la sensación de los atletas que en las películas derrotan a los gladiadores ofrendando la victoria a los rugidos de la multitud de gritos y leones. Venimos recuperando el aire, raramente callados. A mi derecha, el Gordo Enrique López Badelín, abogado especializado en asuntos de familia., según su tarjeta entelada que resume su interés en divorcios y  sucesiones.

La espalda levemente vencida por el sobrepeso irremediable, las piernas gruesas como columnas de mármol, los pies de oso, suda bajo el jogging con el escudo de la Justicia bordado en los bolsillos, tan distinto al estricto traje que en horario de oficina sostiene alta su autoestima, ese orgullo inalterable de creerse por encima de  los pobres mortales, como define él mismo a sus víctimas de juzgado. Yo lo admiro  desde la secundaria, cuando cursábamos el bachillerato y mientras mi horizonte era la sociología, el Gordo ya era un experto en operaciones bursátiles. Yo lo envidio por más que desde entonces somos amigos y sé muy bien que la autosuficiencia de Enrique es puro cartón pintado y en el fondo nos parecemos demasiado.

Como cada vez que al volver pasamos por el local de la farmacia frente a la estación, me agacho para atarme los cordones de las zapatillas. Pero algo cambia esta vez, porque en ese preciso instante, cuando me resulta imposible disuadirlo, el Gordo Lopez Badelín se manda derecho al mostrador.

Aquí detengo el relato para hablar del deseo. Ya van a ver por qué.

Sabido es que el deseo es el agujero negro que motiva los actos más nobles y, muy especialmente, los perversamente canallas. El deseo de conseguir un ascenso, de hacer plata en serio, de ganar reconocimiento y, sobre todas las cosas, el de poseer a una mujer, aunque ahora hablemos de conformar una pareja para evitar acusaciones por discriminación.

El deseo nos vuelve invencibles, jóvenes, fuertes y hasta un poco salvajes. Derriba fronteras y convenciones, impulsa desatinos absurdos, saltos mortales y hasta convierte en detalles secundarios los riesgos que en ocasiones normales nos disuadirían sin dudarlo. El deseo se corporiza, para el letrado sudoroso en el momento de esta historia, en  la delgadez adolescente, esbelta y perfumada, de Emilse Gabarri, criatura de ojos entrecerrados oliendo a perfume de fruta ácida, que lo obliga a mirar al cielo  como suplicando, cada vez que la cruzamos en el perímetro de la cancha de fútbol, circuito de nuestras caminatas.

Sus nalgas perfectas, sus muslos al compás de la carrera dentro del pantalón fucsia bien apretado, zapatillas al tono, remera negra ajustada de maniquí con senos perfectos y pezones erectos, actúan de imán sobre aquel Gordo que siempre pierde con las mujeres de ensueño. También a mí, por qué negarlo, me alcanza su magnetismo de hembra joven, la indudable confirmación de la vida latiendo en la piel, aunque sea un hombre casado hace siete años y mi hijo me espere en la puerta de casa al llegar cada tarde. De cualquier manera esto no tiene importancia. Volvamos a la escena.

Ahí estaba Lopecito Badelín plantado frente a la Emilse, hija de la colorada Judith, tan turgente como ella, viuda desde hace años. La  mujercita ocupa todo frente al abogado, sella el aire con sus labios bien rojos, el guardapolvo celeste que deja adivinar la falta de sostén para su piel curvosa, engañosamente frágil detrás del cuerpazo de mí amigo, bocado de boa constrictora.

Desde la vereda, un siglo después de terminar con los cordones de las Adidas, recupero la vertical. Miro mis manos que ataron y desataron tantas veces aquellas Flecha blancas pintadas con tiza para matar el amarillo cadáver después de lavadas. Escucho a mi vieja recordarme aquel detalle, y sonrío mecánicamente. Enseguida regreso a la escena del amigo caminador y la princesa candorosa a pocos metros. Aquella espalda del Gordo inclinado hacia la Emilse, con esa seguridad arrebatada de los miedosos, salga pato o gallareta.

Al día siguiente, el doctor López Badelín y yo caminamos uno al lado del otro. No hablamos y no me animo a mirar su cara roja como si hubiera terminado de correr los cien metros, en vez de volver de una vuelta tranquila alrededor del circuito como siempre.  Igual que quien aprieta el pico de una botella de sidra, me contengo en darle pie al experto en familias posmodernas para que proclame su victoria de aquellos labios rojos pronunciando sonrientes lo que jamás imaginó escuchar ni en sueños.

Enloquecido entro en la cabeza de Enrique. Paladea mil veces lo que vivirá esa noche al desvestirla en la casa abandonada que –el Gordo no lo sabe- al final pude conseguir que a Emilse le viniera bien, con lo que me había costado convencerla de la única salida posible. Qué otra. Dónde iría a conseguir un lugar más seguro para criar ese hijo que al lado del abogado con deseo de mujer, de ella, para ser exactos.

Poca leña al fuego me cuesta hacerlo prender como rama trepadora al sueño que siente en la punta de los dedos cuando dejamos atrás la farmacia y  me saluda hasta mañana, cuando saldremos a caminar otra vez. Se aleja a brindar en soledad con el mundo a los pies.

Llego a casa y no está mi mujer. Va al gimnasio todos los jueves. Me tiro en el sillón en calzoncillos, liberado en el agua, globo suelto, risa desprendida, picazón desfogada. Abro una cerveza helada, calmo semejante  fuego. Marco en el celular el número secreto. La voz de Emilse llora, me caga a puteadas: tengo los  resultados y no estoy embarazada ¿me escuchaste?,¿estás ahí ?