Elvio, el contador

Carlos Riedel17 marzo, 2018

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...

Pobre mi madre querida       

Cuántos disgustos le daba.

José Luis Betinotti

Según Freud, todo niño subconscientemente desea a su madre y odia a su padre.

La gente grandota como Elvio siempre me dio pena porque al final la vida los acuesta igual que a todos, inclusive a los famosos, a los triunfadores. Todos con fecha de vencimiento.

El contador Elvio tenía a cargo el área de controles de la compañía Helicox, fabricación y venta de repuestos de barcos, en la que trabajamos desde el 72 sobreviviendo a las tormentas liberales hasta que el año pasado, cuando abrieron nuevamente la importación, torpedeado el casco, nos fuimos a pique, para usar una figura relacionada con el negocio.

Quienes habitábamos aquel piso de oficinas dejábamos de respirar unos segundos cuando se oía la puerta del ascensor y su voz clara, potente, se adelantaba en sus saludos a los que cruzaba por el pasillo hasta llegar a su escritorio, justo al lado del mío. Para ser preciso, enfrente, separados por un tabique de madera que, como era tan alto, aún sentado dejaba ver la presencia imponente. Su cabeza por encima de la división, jirafa en la jaula del zoológico, desvalido ante las miradas que lo hacían sentir más solo de lo que estamos todos.

Meticuloso y paciente, el flaco de bigotazos y peinado hacia atrás, tenía esa inteligencia efectiva de los tipos lentos. Razonaba desbrozando el camino del pensamiento con voluntad de monje. Llamaba la atención esa manera de arrancar los razonamientos bien desde el inicio, como si le estuviera contando el trabajo a un chico de cinco años o a un idiota. Al observarlo hablar por teléfono o discutir con los proveedores sin perder jamás el tono educado, amable y paternal, resultaba sorprendente verlo conseguir el mismo resultado que los más rápidos, quienes muchas veces, en su vanidosa seguridad, se olvidan los detalles que el diablo va dejando en el camino. Cerca del final se frotaba las manos y sonreía lindo: esa era la llave con que terminaba abriendo todas las puertas sin que nadie se fuera enojado. Todo lo contrario.

Sin embargo lo más importante para esta historia se relaciona con dos  aspectos de su vida: era hincha fanático de River, tenía una platea asegurada de por vida en la platea San Martín, heredada de su padre y su madre estaba internada en un asilo con Alzheimer avanzado por el que hacía varios años no reconocía a nadie de la familia, incluido el propio Elvio, su adorado hijo único por el que había hecho terribles esfuerzos para ayudarlo a terminar la carrera, luego de haber enviudado prematuramente.

Dueño de un lujoso Citroen importado, vivía en Saavedra, su barrio natal, aunque viajara en tren por negarse a pagar un cochera en una zona cara como esa, tantas horas por día. Cada tanto bajábamos juntos al mediodía, él a tremendas trancadas y  a los piques, yo colgado de su sobretodo para no perderlo en medio de la marea humana a la hora del almuerzo. Llegábamos hasta un bodegón de la calle Alem que había descubierto en su diaria caminata desde la estación a la oficina. Saludaba a los mozos a los que premiaba con buenas propinas a cambio de teléfonos de mujeres de todo pelaje. El Flaco, cuidadoso de la plata como todos lo que ganan bien, pedía siempre lo mismo para ambos y sin consultarme. Comíamos sentados a la barra, poca luz y bastante mugre, aunque compensados por la calidad inigualable de aquellos pucheros.

Nos acomodábamos, silenciosos al principio, las dos figuras  desparejas a esperar los  platos que llegaban desde la otra punta del estaño. Cuando enfocaba a una rubia con buenas curvas, olvidaba mi presencia como si hubiera ido solo, le guiñaba un ojo y era capaz de arreglar una cita a lo tahúr:  roce de piernas, apretón de brazos, dos palabras al oído.  Durante una de esas comilonas, servilleta al cuello, masticando lento para no quemarnos, me contó cómo no faltaba un solo domingo a la tarde a visitar a su madre en el asilo, por más que jugara River en el Monumental. Habló en voz baja, apenas aflautada, lo que aumentó mi sentimiento de piedad hacia ese grandote desamparado al borde de las lágrimas dispuesto a una confesión.

Por más que la mujer se mantuviera impávida en el sillón durante las dos horas de visita, una mañanita cubriéndole la falda, los ojos mirando a lo lejos como despidiendo un barco, ni un solo gesto de familiaridad hacia ese hombre corpulento, los psiquiatras le habían aconsejado  no dejar de acariciar sus manos  igual que a un animal dormido y eso es lo que Elvio hacía desde hacía cinco años.

El veintiséis de noviembre del 2011, jugaron su partido River con Belgrano de Córdoba. Tarde aciaga, cuando sucedió lo que hacía emocionar a Elvio cada vez que lo recordaba. En medio del recogimiento del asilo a esa hora del domingo, surgió un grito desgarrador desde la nada, un lamento largo y penoso que anunciaba el final del partido en empate y como consecuencia el descenso de River a la primera B, el infierno tan temido. El estruendo sacudió los pasillos, las ventanas de los edificios que rodeaba a esa casa antigua convertida en hogar de ancianos. El contador abandonó la tibia mano de su madre  y, dándole la espalda por un instante, se acercó a la ventana para constatar el motivo de la exclamación que su pecho millonario maliciaba desde muy temprano.

En ese momento del relato el Flaco Elvio, con el tenedor cargado de puchero camino a la boca, hizo una pausa. Miré sus ojos fijamente para confirmar  la desesperación que aquella angustia revivía ahora en su rostro, tanto tiempo después, frente a mí, en aquel bolichón de la mala muerte. La contradictoria alegría que iba creciendo por mi rostro congelado, ante la inminencia de lo que iría a escuchar a continuación. Envueltos en el silencio atronador de semejante derrota futbolera, el contador escuchó la voz que suponía sus oídos no recuperarían más. Despertando de la tumba de su enfermedad, aquella mujer lanzó primero una carcajada leve pero enérgica, prólogo nervioso de las palabras que pareció estar esperando liberar todos estos años de silencio contenido como si se tratara de sentencia definitiva que recién ahora podría expresar en libertad, vaya a saberse por qué en ese momento, por qué en presencia de su hijo querido, por qué con tanta bronca vengativa:  “Se fueron a la B, gallinas “

La voz convaleciente del Flaco, apenas tuvo energía para contarme, mientras yo pagaba la cuenta sin chistar, cómo fue corriendo a abrazar a aquel cuerpo que se consumía sentado en el sillón, regresada otra vez, como si nada, al silencio inexpresivo de siempre y para siempre. Cómo se quedó llorando en el regazo de su madre, como un chico o como un hombre. Cómo no regresó al asilo nunca más.