El reverso de la moneda…

Carlos Riedel4 abril, 2012

El Barrio Dignidad de Campana sigue siendo blanco de ocupaciones ilegales. La madrugada del martes 27 de marzo registró un nuevo hecho. Veinticinco familias ingresaron a un sector de viviendas, todavía en construcción, para repetir la historia de intentos de desalojo, violencia indiscriminada y acusaciones cruzadas. Pero como toda historia, hay otra detrás…el reverso de la moneda.

Por Carlos Riedel

Cuando el Barrio Lubo comienza a desdibujar su límite entre el último caserío y el verde del campo aparece “el Dignidad”.

Un complejo de casas iguales enlazadas por callecitas donde el pavimento no terminó de cumplir su función y una gran parte, todavía está en construcción.

Un lugar creado para paliar las necesidades habitacionales de los más humildes pero que los vientos de las desigualdades, convirtieron en nudo de un conflicto que vuelve a colocar a los que menos tienen en el extremo de una espiral de violencia con el miedo como sentimiento común.

Aquí nos conocemos todos porque todos hemos nacido y nos hemos criado en este barrio desde que era un asentamiento, dice Ángel, sentado en la puerta de su vivienda y sin reparos en confesar que él también es un usurpador.

Nosotros somos de la toma del año 2008 y uno sabe que está mal pero también se cansa de las promesas incumplidas, indica, asegurando que en ese momento la obra estaba parada y una de las empresas constructoras se había retirado, dicen que por falta de pago, conjetura, para enseguida sostener que ahora pasó lo mismo.

Así no se va a terminar nunca porque lo usan políticamente, esto es tierra de punteros y manzaneras, describe y con su dedo índice señala esas columnas de un futuro emplazamiento cubiertas de pasto y unas bases de hormigón quebradas por el tiempo, que se observan a menos de cien metros, como un ejemplo de sus dichos.

Con su voz pausada, Ángel cuenta que nadie ha querido ingresar ilegalmente al complejo pero las inscripciones en la Municipalidad no se respetan.

Nos inscribimos desde que apareció el proyecto, pero siempre aparecen los privilegiados, los que tienen un contacto y terminan ocupando un lugar que es de los estábamos antes, aunque lo paguen.

Y aquí aparece el sentido de  pertenencia, esos 40 años que Ángel lleva en el barrio, en lo que considera una actitud discriminatoria de pobres con pobres.

La ocupación del 2008 estuvo integrada por 80 familias, todas siguen ahí y la causa fue la misma.

Que ya está, que hay que esperar y la obra avanzaba lo mínimo, mientras nosotros ya no podíamos más, siendo que el motivo era mejorar la calidad de vida del barrio y según ellos- el Municipio- el presupuesto venía de la Gobernación.

Después vinieron las amenazas, el intento de arreglos, el trabajo de inteligencia de la puntera política, recuerda. Pero no nos movimos, además a mi casa la tuve que terminar yo porque no tenía nada.

La frontera de la nada

Caminar hacia la fracción ocupada el martes 27 es llegar a la frontera de la carencia casi absoluta.

Enfrente, techos de chapas y cartones, paredes de tablas o de lo que se encontró en el camino.De este lado, el amparo de muros sin puertas ni ventanas colocadas, pero que al menos, dan la seguridad de un abrigo de ladrillos.

A esta altura el cronista no está justificando lo acontecido aunque si compadeciéndose de lo que ve.

Esta gente llegó de las dos villas que están alrededor, Las Tablitas y las Tabitas, apunta Ángel corroborando que no hay extraños, que todos son de aquí, igual que las urgencias.

Chicos jugando, polvo suspendido en el aire cada vez que pasa un vehículo y una camioneta policial estacionada en la esquina como un  resabio de lo que pasó.

Fue una trampa y lo sabíamos, dice un joven con el torso desnudo y un ojo amoratado producto de un bala de goma.

 

Nos acusaron de ladrones y nosotros no fuimos. Nosotros solo queremos un lugar digno donde vivir, asevera, imponiendo la distancia que obliga la desconfianza y el temor.

Aquí estuvieron los medios pero ninguno contó realmente lo que sucedió. Ni la televisión, ni la radio, ni el diario, se indigna otro, acercándose con su hijo de la mano.

Esa mañana  del 27 de marzo el intento de evacuación del lugar, tras el robo en el obrador de la empresa constructora, transformó al barrio en un campo de batalla donde también se sumaron los demás vecinos, sostiene Ángel.

La represión fue indiscriminada, no respetaron nada ni a nadie, ni siquiera a los más chicos.

Los moradores relatan que la Policía apareció de improviso y desde varios sectores para dejarlos acorralados.

Tiraban gases por las ventanas sin importarles quién estaba adentro, aporta una joven madre con el espanto todavía dibujado en el rostro y su marido muestra varias municiones recogidas que tiene en su mano.

Claro que nos defendimos, se enoja, pero no había otra, y agrega que los disparos de armas de fuego no fueron de ellos.

Eran de poco calibre, las traían los uniformados y tiraban al suelo para que la bala se deformara y no pudiera identificarse después.

El infierno duró algo más de dos horas, continúan relatando y aseguran que hubo muchos heridos, aunque no se hicieron atender en el hospital local por el miedo a la detención.

Un compañero tiene impactos de balas de goma en la espalda, hubo niños con síntomas de intoxicación y hasta un bebé, que nació hace pocos días, fue trasladado urgente al hospital y reaccionó en el viaje. Y esto no lo dijo nadie.

El asalto al obrador, válvula disparadora de los hechos, aseveran que comenzó la noche anterior y no fue gente del barrio.

A la pregunta de quienes  habrían sido los presuntos autores, las  miradas se cruzan y la respuesta tiene un destinatario que los preocupa: imagínate, solo dice alguien mirando hacia la esquina.

Por supuesto que luego algunos se acercaron a ver si conseguían unas chapas o unos ladrillos, pero lo de más valor ya no estaba. Se lo habían robado, indica un muchacho con su cabeza vendada.

El miedo, la marginalidad y el futuro

La Municipalidad nos dio la espalda porque solo le servimos en época de elecciones, entonces vienen, repite ese padre con su niño de la mano.

Hace años que venimos pidiendo un lugar donde vivir como seres humanos, explica, y nadie nos escucha.

El asentamiento de donde llegaron está ubicado en un sector de relleno sanitario que bien lo ejemplifica un viejo vecino del Barrio Lubo, duermen sobre mierda y basura porque además, ahí va toda la descarga cloacal de la parte superior.

Las infecciones y las enfermedades son moneda corriente, fundamentalmente en los chicos. Mi hijo tiene escoriaciones en todo el cuerpo que no se las podemos curar y en el hospital nos miran de costado porque somos de una villa, nos dice otro padre mostrándonos un pequeño de unos cinco años con múltiples lesiones en sus piernas, abdomen y cabeza.

Agregan que la mayoría trabaja en lo que pueden o encuentran y muchos en las cooperativas pero que ahora tienen miedo.

Miedo de dejar a mi familia sola, no sabemos que es lo que va a pasar y en mi caso, yo trabajo en una de las cooperativas y ahora no sé que hacer porque la Municipalidad está en el medio, confiesa  turbado, quién hasta ahora observaba el diálogo desde lejos.

Nosotros también somos gente de Campana, dice con resignación y cierta rebeldía el joven del ojo amoratado por una bala de goma.