Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Resplandores del ojo que espía (Lo extraordinario pasa cerca...)

Mi negro volvé

-Chico Novarro-

¿Por qué será que el amor,

ese temblor, cuando viene

no conviene?

La luz del sol entramada

En el aparador,

Iluminaba las copitas

Que ella guardaba, limpitas,

No vaya a ser que algún día

Se le ocurriera volver

 

Fue la paz de aquel silencio, el pequeño perfume a cera suiza entre el eucaliptus que hervía en la olla chica, sobre el calentador, en la cocina, los patines en las puertas, pasos esperando dueño en el límite entre el granito del hall grande y el roble oscuro del parket, lengua negra de los dormitorios, invitación a dormir como suicidas sobre esas camas, que quién sabe si alguien usó alguna vez.

La oscuridad de esas piezas cerradas para mantener amablemente frescos los ambientes, los sillones grandes y mullidos, la vitrina con las perfectas copitas. Si, tiene que haber sido todo eso.

En semejante caserón vivían los dos solos, sin hijos, para qué tanto lugar decía Marta cada vez que salía el tema de los vecinos por lo que fuera, porque jamás ella ni él nos molestaron para nada. Y nosotros con mis dos hermanas chicas, luchando para terminar la pieza del fondo. Siempre chocándonos unos con otros, el olor a churrasco en camperas y medias, el baño siempre ocupado, incluido abuelo Sebastián que apenas podía moverse, pobrecito.

Tan distintos ellos, los de al lado. Grande como un oso, rústico y mudo, manos inmensas, rojas de no saber dónde ponerse cuando se alejan del trabajo, Raúl, el marido, se iba en el jeep bien temprano al campo, con culpa de no saber cómo mirarla a los ojos. Triste y dulcemente callada, Marta, mujer al paso, abriendo la ventana, o recogiendo el diario, o mirando por la puerta cancel con música de Schumann viniendo de la radio, muy atrás.

La mujercita que yo deseaba ver cada mañana al salir para la oficina y deseaba sentir al llegar a la esquina, en mi regreso. Yo miraba su tranquilidad beatífica, deseaba ser feliz con ella un minuto entero y no esperar nada más. Deseaba.

Fue aquella tarde que guardo en mi corazón, la que me ayuda a vivir entre los días iguales como una luz en la tormenta de un mal sueño. La que me alcanza para atravesar la soledad. Lo único que quisiera salvar del infierno que sea. Cierro los ojos y vuelvo a ver el hall inmenso, los sillones de cuero marrón tan altos, la vitrina con las copas iluminada por el velador, siempre encendido al lado del televisor, un sol chiquito en ese rincón. Dentro de mi alma, por fin llega el recuerdo preciso del momento en que aquella mañana cambié al mundo.

En lugar de irme hacia el jefe que me esperaba con los resúmenes de cuentas para pedir explicaciones, de partir hacia las grandes tetas de la gorda Delia que vivía quejándose de su suerte mientras abría correspondencia ajena o atendía el teléfono con voz de pajarraco, me quedé parado en la puerta de la casa de Marta porque una mano me detuvo, lo juro. Puede creerlo o no, me da lo mismo. Fue un segundo eterno y se abrió la puerta en medio de nuestros silencios. Se abrió sin que yo golpeara o tocara el timbre. Se abrió y yo supe que ese día era mi pasaje a la eternidad. No sé decirlo de otro modo.

Ella, Marta, tenía puesta una bata verde oscura, el pelo en una armonía de locura, en una paz de incendio. Me tomó la mano, me invitó a pasar. Puso sus ojos en los míos, palmas tibias en la piel del corazón y susurró que me gustaría conocer a la perra que siempre oía ladrar desde nuestro patio. Sin esperar respuesta cruzamos el pasillo rumbo al vestíbulo y salimos al aire del patio primero. Marta fue de oro en el sol que recién salía y me agaché para acariciar a Lina, que ladró sin dignarse mirarme.

El tapial que daba a nuestra casa pareció no existir, y cuando me pasó la mano por la espalda cuando me erguí, creí desfallecer. Volvimos tomados de la mano a los mosaicos lustrosos de ese lugar tan grande pero cálido, y con tono de terciopelo me preguntó si me gustaba el licor de anís.  Después, detenidos junto a la vitrina, dije que si con la cabeza. Ella sonrió, dejó mi mano y abrió la puerta de biseles. Extendió su brazo blanco hacia la botella de 8 hermanos, sacó las dos diminutas copas de vidrio tallado, muy despacio, una para ella y otra para mí. Esperé que el líquido transparente llegara a los bordes curvos, de a uno, como si fueran besos de gloria.

Respiré a Marta que tenía el perfume inigualable de la mujer que duerme esperando a su hombre, casualmente distinto al que duerme a su lado. El sabor del alcohol picando dulcemente en la garganta se confundió con la paz del silencio que acerca a dos seres libres de pasado y presente. Cuando abrió la puerta del dormitorio, pusimos los pies en los patines, nos deslizamos hacia la oscuridad. Una llamarada nos hermanó en ese instante único. Sus labios retenían el anisado sabor. La bata cayó al suelo, cáscara de fruta, esa fruta que yo deseaba. Deseaba.

Mamá, los abuelos y todas las vecinas saben. No me interesa. Yo no digo nada cuando surge alguna insinuación sobre el tema. Salgo cabeza abajo hacia mi pieza porque me parece que están salpicando de barro algo blanco. Qué se yo, cuando se ríen al final de contar la historia en la que dicen haber sufrido tanto ese tiempo tan  largo en que duró todo, me dan ganas de mandarlos al carajo.

Después de cerrar la puerta y dejarlos hablando pavadas, me pongo a recordar paso a paso aquellas horas que para mí tienen perfume a cera mezclada con las hojas de eucaliptos que el oso traía del campo para hervir sobre el calentador. Mucho después me dijo tío Sebastián que lo hacía para ocultar el olor a kerosene.