Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
“ Plata, mucha plata, yo quiero vivir”
Qué vachaché
Enrique Santos Discépolo

Fue charla de comedores fabriles, vestuarios de clubes, filas para pagar cuotas, playas de estaciones de servicio, lugares donde se chusmea como pelando maníes. Se empezó por mencionar el cartel, escrito así nomás, con letra manuscrita sobre una hoja A4 blanca, al final se agregaron los seis casos resonantes. La mayoría no creyó el rumor, porque jamás se da crédito a ese tipo de cosas. Varios intentaron sesudas explicaciones verosímiles y fracasaron del mismo modo que los que argumentaban estupideces tiradas de los pelos. No faltaron quienes creyeron ver una señal y a punto estuvieron de hacer procesiones, menos mal que el párroco los paró a tiempo con un misericordioso portazo de despedida.
Se sabe que al pueblo no se le escapa nada cuando se trata de mirar lo que tiene el vecino. Al principio solamente comentarios maliciosos, pero una vez que estuvo el montoncito de cizaña, el chispazo de la delación encendió la hoguera de la venganza envidiosa: enseguida empezaron las acusaciones sobre droga, juego, ilegalidades varias buscando deslegitimar aquella fe al cartel a mano alzada.
El asunto llegó a oídos del intendente Cara de Ahogado, usted lo recordará: sonrisa, mirada y cerebro vacíos. El político llamó inmediatamente a su colega de Campana que, habiendo escuchado algo similar entre sus vecinos, adjudicó la noticia a sus detractores siempre deseosos de moverle el piso.
Entonces entró en escena el mandamás de la comisaría, gente acostumbrada a soltar lenguas antes del 83, anteojos oscuros, bigote grueso, pelo cortito, olor a miedo disimulado por colonia berreta. El sujeto subió a la oficina, se pasó la mano por la cara, feliz de un poco de acción al margen de la ley, y llamó al personal que tenía cerca. Apretados en la pieza, arrancó con voz para aflojar muelas: ¿Qué carajo está pasando con estos seis boludos del cartelito? Escucharon algo, me imagino. ¿Cómo puede ser que estos atrasados mentales –y ahí señaló la calle con la pera, a través de la ventana alta, Dios mirando para abajo- nos peguen semejante gastada mientras nosotros coimeamos a los que estacionan en doble fila a la salida de los colegios? Esto se aclara en un día o dos y no hay excusas, subrayó frente al silencio de panzas alineadas frente a su escritorio, miradas incómodas barriendo el piso mugriento, manos nerviosas rascando la entrepierna o en ademán de acomodar tetas aprisionadas por chalecos de seguridad.
De inmediato fueron a buscar a la media docena de beneficiarios clave. Pusieron una mesita en el patio de la comisaría, y los hicieron comparecer frente a la máxima autoridad que, sentada de costado mirando un cuadro de San Martín a caballo, escuchaba los testimonios como quien pega la oreja a una radio a bajo volumen. Cada tanto pateaba el piso, gritaba en guaraní, echaba abruptamente al que tenía enfrente harto de “escuchar boludeces “. Cuando se levantaban para irse descargaba sobre aquellas figuras cabizbajas las acusaciones furiosas: asociación ilícita, encubridores, ladrones, taimados estafadores, asegurándoles que terminarían presos aunque a él le costara el traslado a Martín García. Antes de recibir al siguiente pitaba sin parar, sobaba la cartuchera de la pistola reglamentaria, puteaba los sobrenombres de los que iban desfilando, eructaba como un rinoceronte.
Una mujer con cara de amargada tecleaba en un rincón, en la típica máquina color caca, hasta los mínimos detalles de aquellas jornadas increíbles. Gracias a semejante prolijidad y a los que saben poner precio a los papeles codiciados, conocimos los interrogatorios, los detalles sabrosos, la impudicia de entrecasa.
Al primero que mandaron llamar, fue al Gustavito Domínguez, el grandulón que vivía con la madre jubilada en el departamento de la Bolívar, y todas las mañanas vendía turrones en el tren de las 11, entre Zárate y Campana. Un marginal que dormía en los andenes lo denunció apenas lo vio aparecer por la vereda de la escuela 7, orgulloso con la bicicleta 0 km, portaequipaje adelante, ojo de gato y dínamo para las luces. El pobre tipo, sentado frente al acusador, repitió su verdad hasta el cansancio: el lugar exacto, el famoso cartel, lo mismo que todos.
Después desfilaron:
La rusa Antonia, enfermera del Hospital a la que pescaron haciendo las compras por el barrio, envuelta en el flamante tapado de visón, cepillado y brillante, feliz y rejuvenecida.
El doctor Greggiani, abogado de probada mala fe, que había llegado hasta el lugar con ganas de un pleito y al día siguiente terminó contratando un crucero al Caribe en la agencia Volare, ya desaparecida, no fue entrevistado en el patio. Comisario y profesional hablaron diez minutos en oficina cerrada, café de por medio. Se despidieron con un abrazo. La mujer policía no anotó nada.
Micaela, la tetona de la estación de servicio de la rotonda, ni soñaba recuperar la casita de sus abuelos en el Bajo y después de ir al sitio encartelado, entró en la inmobiliaria Rossetti, puso toda la guita verde junta ante el asombro de los empleados y cayó desmayada de la emoción cuando le entregaron la escritura. Durante el interrogatorio le prestaron suma atención, pero la despacharon a los empujones y carcajadas cuando relató el colapso y se puso pesada insistiendo en saber por qué al despertarse en la clínica Saint Felicien estaba tendida en una camilla con la camisa desabotonada y el pantalón en los tobillos, si a ella simplemente le había bajado la presión.
Le siguió don Roitman, joyero y prestamista, desconfiado pero nada estúpido, que quiso probar la veracidad del cartel pidiendo lo suficiente para pagar durante un mes los gastos completos de los viajes en taxi a Buenos Aires, todos los viernes con su amante, la Marta Sullivan, aunque nadie lo diga por temor a los puños del marido, un grandote ancho como una heladera dos cuerpos, también conocedor de la trampa pero resignado ante la guita del joyero en la cartera de la dama.
Finalmente le tocó el turno a Corina Jeréz, empleada del bazar de Lucía Falbo, que se animó a pedir en el lugar del cartel maravilloso la misma cantidad de plata que tenía intendente, así nomás, en un brote imaginativo que hasta a ella le sorprendió. Salió con el monto en dos maletines amplios. Ante el comisario y sus asistentes tardó varias horas en detallar cuentas, propiedades, sociedades ocultas, lanchas, autos de alta gama, caballos de carrera, cuentas en moneda extranjera, tarjetas de crédito variopintas. Fue un aplauso unánime de festejo por su viveza. Ganó el respeto general de quienes roban a un ladrón. En la puerta de la comisaría y antes de subir a su Mercedes color champagne recibió varias invitaciones a salir más una proposición matrimonial del alto uniformado, a las que agradeció con sonrisa cordial.
Dicen que hubo más casos, desde vagos eternos pegados a las sillas de los bares, hasta empleados en blanco o negro, desde profesionales opíparos, hasta comerciantes que volvían luciendo camperas de cuero, relojes pesados, zapatos mullidos como almohadones, desde obreros explotados hasta industriales blanqueadores de dinero. No se pudo confirmar.
Los seis protagonistas tenían los papeles en orden, nada fuera de la ley, y salvo ese episodio de la comisaría, los dejaron tranquilos. Se fueron calladitos, satisfechos por el maná del cielo a manos llenas con que les habían premiado aquella fe del tamaño de sus sueños, como únicamente habían visto en las películas que terminan bien.
Un vez que las declaraciones estuvieron pasadas en limpio, la justicia ordenó al comisario, acompañado por el fiscal Tagarna y su secretaria Hortensia Favene, inspeccionar el lugar de los hechos. Fueron una mañana fría de junio. Encontraron un local vacío, limpio, despojado, donde resaltaba un escritorio y dos sillas. En el blindex de la puerta, las marcas donde supusieron estuvo pegado el cartel con aquella oferta increíble. Se fueron con las manos sueltas pensando, dentro del patrullero sucio y chocado, ¿quién se hubiera negado a la seducción por semejante ofrecimiento escrito en una hoja A4, en las épocas de mierda que siempre nos tocó vivir?.
