Estamos en un tiempo en el que los Medios de Comunicación dominan todas las esferas de la actividad del hombre, sobre todo la privada. Y lo hacen con una consigna: informar. Pero, ¿qué deben informar? ¿para qué (o para quién) sirve esa información?.
Por René Palmieri
Si por “Medios masivos” tomamos a la televisión, no podemos menos que pensar la vida maravillosa que llevaríamos en el Renacimiento.
El relevamiento de las emisiones televisivas nos arrrojan, en los canales de aire, al mundo de la estupidez, del artificio ramplón, de la desinformación, de los guiones baratos y obvios, de la derechización más recalcitrante, insolidaria y desestabilizadora de los últimos tiempos.
Habiéndose establecido como centro de la vida familiar y sabiendo que cuenta con el beneplácito tácito indiscutido de los pater familias, la televisión no escatima el insulto fácil al televidente.
Porque solamente podríamos llamar insulto a una programación que abusa de los escándalos mediáticos fabricados, que impone figuras desconocidas y bobas como centro atencional de una vida nacional, que en todo momento fomenta el hiperconsumo de bienes frívolos -y se lamenta de que no sean importados- que no siente la culpa de idiotizar a generaciones de argentinos que ven a la televisión como formadora de criterio imparcial y administradora soberana de las verdades universales.
Así las cosas y siguiendo la guía certera, aguda y sabia del Maestro Jorge Luis podríamos decir que lo que se cifra en el nombre de Medios Masivos de Comunicación es en su mayor parte una impostura, un artificio, un artefacto de pseudopopularización y democratización que subyuga, somete, sodomiza al espectador y de lo que la Televisión es su representante más conspicua.
Nada, absolutamente nada, es más artificial que lo que la TV muestra como realidad real, lo que va "en vivo" para regodeo del televidente que se cree que la cámara se maneja sola, que nadie selecciona las imágenes, que no hay un sujeto que consciente o inconscientemente selecciona qué ver, cómo ver y cuándo ver.
Para destruir ese atisbo de sospecha que puede surgirle al televidente, la cámara se da vuelta y nos muestra el detrás de escena y entonces vemos cómo corren todos los asistentes, las maquiladoras, los que sostienen los carteles. ¡Qué barbaridad! la cámara se volvió loca y en un arranque de "al desnudo" se mete en la trastienda del estudio.
Pero para demostrar mejor que el artificio está ya presente en los orígenes, centrémonos en el aparente equívoco que subyace en el nombre: ¿Medios Masivos de Comunicación o Medios de Comunicación Masiva? Nótese que nadie confunde la diferencia semántica entre hombre pobre y pobre hombre. Por lo tanto masivo/a implica una direccionalidad y subjetivación en el uso de la función adjetiva.
¿Debe calificar a medios o calificar a información?
En la primera opción no tiene importancia la información sino la condición que el medio sea masivo, en la segunda es la información la que tiene prioridad.
Un medio cuyo objetivo a priori sea la captación de la masa no hará distingo en la importancia de la calidad informativa y le dará lo mismo presentar con los mismos parámetros, el nacimiento de un tigre negro en China que la caída de un régimen democrático (aunque tengamos la sospecha que el tigre de China llevará mucho más tiempo e imágenes). En la segunda colocación adjetiva la información es la que rige la calidad de la masividad, es decir, la información dirigida a la masa será la que la masa deba conocer, y agrego: en su beneficio.
Esta aparente ignorancia sintáctica lleva a considerar que no es tan ingenua ya que no se percibe de la misma manera que los medios sean masivos y sirvan para la comunicación a que los medios sean de comunicación y que esa comunicación sirva a la masa.
Esto explicaría por qué no hay espacio en los Medios Masivos para expresiones de corte más sensible, más reflexivas, menos populares.
Y no debemos confundir sensible con sensiblería (hoy en televisión al que no se llora inmediatamente se lo saca del aire), ni popular con demagogia.
Al ser primero Medios tienen como función primordial llevar el mensaje, sea cual fuere, pero en su calidad errada de ser masivos antes que Medios deben llevar - imponiendo-el mensaje que creen que la masa espera (y que les reditúa mucho dinero, claro).
Digamos que lo que se cifra en el nombre es el artificio de hacernos creer que esos medios nos acercan lo que necesitamos para estar informados... ¿pero informados de qué?
Les cabría mejor la función de divertir o mucho mejor aún la de distraer.
Medios Masivos de Distracción no estaría nada mal; y no faltará alguien que en su casa leyendo esta columna diga... ¿o medios de Distracción Masiva? Y acotaremos: si hablamos de distracción la colocación del adjetivo es casi inocua, pero no así si hablamos de información.
Es necesario que el televidente sepa, sea consciente, que al encender un aparato de televisión nada es ingenuo, que hay una dirección arbitraria en mostrar un contenido y que ese contenido es manipulado de manera de parecer inocuo, fiel, objetivo… y cualquier cosa antes que falaz.
Si nos concentramos en el formato: mesa redonda, veremos que quienes asisten son, por lo general, opinadores provenientes de diversas áreas que confluyen en un tema único que no siempre está en consonancia con sus conocimientos; así, un tenista opina de la seguridad, un abogado de la moral de la población, un repostero de la situación de la literatura; ¿qué tienen en común los asistentes? Ser famosos (o buscar serlo).
Todos hablan a la vez y nadie escucha a nadie.
Solamente se oye la primera persona reinante: yo. Y entonces los discursos comienzan con Yo creo, yo pienso, yo digo; o la increíble frase: es como yo siempre digo.
Allí el que toma la palabra se pone como fuente de sí mismo, como pensador profundo que, habiendo analizado y pensado mucho al mundo, se enuncia a sí mismo y a su palabra como únicas formas de verdad y de corolario certero de cualquier disputa.
De la misma naturaleza es la intervención: a ver…Aquí el emisor parece mostrarse irritado de no ser comprendido en sus profundos argumentos e intentará decirlo de manera más simple para las mentes obtusas que no han destilado el concepto de sus palabras.
Falta aclarar que quien dice las frases no es Susan Sontag sino una señorita que metida en una biosfera (sic) que intenta aunar el circo con el striptease.
Todo lo dicho reviste una suerte de narración divertida, pero la diversión se termina cuando sistemáticamente este esquema se reitera en todos los programas o, peor aun, cuando pasa de la ficción mediática a la realidad real y cotidiana y encontramos personas que toman la vida como un estudio televisivo permanente.
Todos pueden opinar de todo por el solo hecho de ser seres humanos. Entonces el problema que jaquea al ser humano es de naturaleza más complicada: saber o ignorancia.
Nos cuesta darnos cuenta que podemos ser sabios en un dominio e ignorantes en otro, para eso están los especialistas que han sabido derrotar la pereza que la ignorancia impone y trabajar para adquirir el conocimiento.
No queremos escuchar al sabio. Le aplicamos lo que la televisión nos enseñó: hablar de todo, imponiéndonos y citándonos, y sobre todo no dando tiempo, ya que bien sabemos en la televisión el tiempo es tirano.
Como colofón podemos recordar la redención permanente que la sociedad sufre a través del arte: en los años '60, en Estados Unidos, Canadá y Australia comienza un movimiento de arte: Video Action que toma lo que de técnico tiene la televisión, sobre todo en su formato.
En 1965 Nam June Park hizo sus primeros cortos con una cámara Sony casera y los mostró unas horas más tarde en un café de New York.
Los artistas que adhieren a esta tendencia hacen del video un uso extremadamente variado.
Algunos integran las pantallas en sus performances o instalaciones. Otros presentan sus películas en aparatos de televisión instalados en museos.
EL Video Arte cuestiona el papel que desempeñan los Medios en nuestra sociedad y sus múltiples formas de deformar la realidad.
Muchos de esos artistas están muy próximos al arte conceptual en una tendencia más posmoderna que adhiere a los valores de la cultura popular en lugar de criticarlos.
Son herederos de aquel Pop - Art que tuvo la intensión de aunar los Medios al arte y así aparecieron las secuencias de retratos de artistas que Andy Warhol supo hacer, pero nótese un detalle: las secuencias relevadas comprometían a artistas del cine, y eso ya es otra cosa.
La televisión, hija bastarda del séptimo arte cree, por un instante que, al igual que Prometeo, puede robarle el fuego a los dioses y salir ilesa.




2 comments
gladys
7 abril, 2013 at 3:00 pm
Parafraseando a Groucho Marx "Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro."
Armando
5 octubre, 2012 at 6:45 pm
Excelente. En todo el mundo la televisión abierta es tan pobre como aquí. Por qué sera ?.
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