Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Unos meses después de los acontecimientos de aquella noche lluviosa en la puerta del supermercado chino, en un pueblito escocés con una iglesia y muchos bares oscuros repletos de cerveza, un hombre con indiscutible aspecto de polaco, llegó una tarde con su bicicleta plateada llena de banderines de todo el mundo, el manubrio repleto de muñequitos de felpa tipo llaveros y cantimploras varias colgando del farol, una foto plastificada de Juan Pablo II cuando era joven al tope de un mástil de alambre parecido a una antena, y la pila de cartones para la carpa, bien doblados y acomodados en el portaequipajes. Tardó un poco en encontrar el supermercado paquistaní en cuya puerta, sin interferir el paso, se acomodó tranquilamente a mirar el mundo con optimismo.

polaco

“Por ese entonces yo era un mocoso, la cara de boludo me acompaña desde la cuna, a tal punto que todavía hoy me siguen llamando el chico de la Isaura, por aquel quilombo de la navidad con la pareja de aceros Peretti en el Impala verde, ¿se acuerda? Bueno. El asunto es que iba y venía del supermercado como si fuera un empleado más, un repositor, pongalé. De hecho ganaba algunos mangos reemplazando al de La Serenísima que se volteaba a una de las de panadería antes de que abrieran las persianas. ¿A cuál, quiere saber usted? Yo no soy buchón, aunque es un dato importante para lo que pasó, ya va a ver. Digamos que era la amiga de un repartidor importante, tipo de influencias en la Municipalidad según se comentaba.

En la madrugada de lluvia brillaba todo, hasta lo opaco. Las cosas parecían de mayor valor, desde los autos relucientes hasta las baldosas sin huellas de clientes. Había aroma de pan recién horneado, no había más luz que los focos de la calle, tan amarilla como los dueños chinos. El repositor me había avisado que iba a llegar tipo tres y media de la madrugada para echarse un buen polvo, me anticipó tres billetes azules, me palmeó los hombros y dijo que yo era un amigazo. La piba le había dejado sin llave una puerta que muy pocos conocíamos y aprovechábamos en ocasiones especiales como la que le cuento. Apenas llegó chorreando agua, entramos sin esperar nada, como pañuelo al bolsillo de arriba del saco. Como no era cuestión que me interesara, ni me fijé en la piba que lo recibió a los besos, arrastrándolo hasta las cercanías del horno donde se pusieron en bolas olvidándose de todo.

El polaco debe haber llegado media hora después, y la de limpieza no laburaba por el aguacero. Tampoco pasó el panaderito que le hacía los clientes domiciliarios a La espiga de Oro. Sin la lluvia, otra hubiera sido la historia. Si, señor. Yo andaba casi en el final de mi laburo, empezaba a acercarme hasta donde la parejita le daba duro, parejo, a su calentura, para cobrar el resto de la plata prometida. Y de golpe, se abrió la puerta oculta. Vi la silueta enorme del novio de la panadera, corrí para que no me viera, sin tiempo para avisar, cagado hasta las patas. Lo que pasó después son suposiciones. El asunto es que en poco más la vereda fue escenario de piñas, figuras que se movían demasiado rápido, gritaban entre sonidos raros, la voz del polaco, los cartones volando por el aire. Me asomé al silencio de la lluvia que seguía sin pausa. Atontado, salí corriendo sin mirar la bicicleta, la carpa, nada.

Volví a pasar al otro día y la señora del chino contaba que en la intendencia la había atendido un funcionario del montón, y que cuando terminó de explicar en cualquier idioma lo que no sabía, el tipo le contestó sin miramientos: Mire, la Municipalidad no puede ocuparse de todos los tipos que viven en la calle, qué quiere que le diga, con todos los problemas que tenemos. Y antes que nada, ¿usted está segura de lo que me dice, bien segura? Cuando la escuché, respiré aliviado, seguí de largo, me presenté a pedir laburo en la estación de servicio de la Isaura, me tomaron. Guardo la foto plastificada del papa polaco igual que a un trofeo de guerra. “

“Tardamos bastante en darnos cuenta que el polaco se había instalado en la puerta del supermercado chino. Fue de tanto verlo cada vez que vamos a comprar lo que hace falta para unas pizzas cuando la heladera está vacía y Mirta no tiene ganas de hacer fideos para tantas bocas, que caímos en la cuenta. El hombre miraba al mundo con optimismo, siempre me llamó la atención esa actitud de la gente de la calle. Dicen que llegó una tarde con su bicicleta plateada llena de banderines de todo el mundo, el manubrio repleto de muñequitos de felpa tipo llaveros y cantimploras varias colgando del farol, una foto plastificada de Juan Pablo II cuando era joven al tope de un mástil de alambre parecido a una antena, y  la pila de cartones para la carpa, bien doblados y acomodados en el portaequipajes que hasta hoy me sigo preguntando cómo hacía para acomodarlos en tan poco tiempo cuando levantaba campamento y desaparecía hasta la próxima nochecita, con buen o mal tiempo, con frío o calor. Quién hubiera dicho. Son tiempos duros para todos. “

“Mi marido y yo lo vimos llegar el primer día desde la ventana del octavo donde vivimos desde que levantaron el edificio. Desde que Juan se jubiló los días son más largos para los dos y se nos pegó la costumbre de asomarnos a cada rato para mirar cómo entra y sale la gente del super todo el día, porque encima cierran re tarde. No es tonto el polaco para elegir el lugar para armar la carpa con cartones, me decía mi marido cada vez que lo espiaba corriendo la cortina. Claro que nos sorprendió la noticia. Y mire cómo son las cosas que nos enteramos por el diario, estando justo enfrente. Creo que en la tele no dijeron nada”.

“El hombre era muy educado, un señor. Para mí que era médico o algo así porque cada vez que alguno de nosotros salía a fumar siempre volvía con consejos para tratar el bronco espasmo de algún chiquito o para la descompostura de hígado de la señora de un vigilador que ya no sabía más que hacer y se acercaba hasta la carpa en busca de ayuda y como recompensa le dejaba una paquete de criollitas, esas cosas. Lo que usted dice fue a la noche tarde, así que cuando llegué al otro día a tomar mi turno en una de las cajas, la vereda estaba limpita como antes, como si nunca hubiera existido la bicicleta, los cartones, el polaco con su don de gente como decía mi abuela. Una lástima, la verdad, un hombre joven”.

“Cuando me tocaba barrer esa cuadra me ponía contento porque sabía que me iba a encontrar con el polaco. Me gustaba hablar con él porque ya no queda gente así de respetuosa y con esa atención para los problemas de otros. Vio que la gente cuando uno le está contando algo personal enseguida se desconcentra y pone cara de nada. Yo llegaba a las cuatro de la mañana con el termo y él me estaba esperando con el mate de hojalata que viera usted cómo lo había armado con latas de atún, un maestro.  Cuando pasaba el panaderito con la bicicleta teníamos bizcochitos calientes y todo. Esa noche llovía mucho y los días así no trabajamos. Una pena no haber podido dar una mano, qué se yo. La vida es así”.