Ante todo voluntad

Carlos Riedel19 junio, 2016

Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... "Una búsqueda comienza siempre con la suerte del principiante y termina con la prueba del conquistador" "Solo triunfa en el mundo quien se levanta y busca a las circunstancias, creándolas si no las encuentra" "Es intentando lo imposible como se realiza lo posible""En la pugna entre el arroyo y la roca, siempre triunfa el arroyo... no porque sea muy fuerte, sino porque persevera""La peor derrota de una persona es cuando pierde su entusiasmo" “ Sin voluntad no hay nada “ Si no hay muchas luces, por lo menos que haya voluntad".

atlanta1973

Graciela, compañera de banco de la primaria, flor de hija de puta que resolvía los problemas al toque sin ningún error y después se quedaba callada, ni una idea para ayudarme a salir del pozo mirando cómo me comía las uñas sin saber para qué lado patear. Fue ella la que se interpuso, con ese rodete que la mamá le hacía en la cabeza ahuevada, cara triangular, labios finos, perfume que en esa época usaba todo el mundo, hasta Frondizi, de sombrero, saludando en la escalera del avión por el reporter ESSO.

Graciela responsable de contaduría, con sus vestidos tan volátiles para llevarnos a dibujar sus muslos en momentos solitarios, se metió en la conversación cuando me quedé callado en la oficina del gerente después de revisar en su computadora la planilla Excel con el presupuesto del próximo ejercicio que le había enviado esa mañana. Ella había descubierto una fórmula corrida que descompaginaba los cálculos y daba cualquier cosa. Entonces pasó su mano por las piernas tan deseadas y con esa voz de pito que adoré por primera vez dijo: el error es suyo por haber apoyado mal el mouse mientras hablaba al pedo, viejo pelotudo. Desde su antigüedad en Aceros Peretti dijo, me acuerdo bien, pelotudo, marcando las letras, mientras el ingeniero Facúndez, tan formal y estructurado, tan de poco saludar y sobrar a todos, confundido por el inesperado guantazo de la respuesta, dio por terminada la reunión porque sonó el celular salvador, como el reloj aquella noche en el Luna Park, Monzón casi knock out con el negro Briscoe, si casi nadie se acuerda.

Cuando le conté, tío Miguel largó esa carcajada de tanto fumar, levantarse tarde, ir al hipódromo y andar de joda por cualquier motivo, hizo el gesto de pasar la mano sobre el hombro de Emilce y comentó esa es una mina valiosa, para culminar con otra risotada diciéndome que no saldría conmigo esa tarde. El mismo tío Miguel que recuerdo levantándose de mi cama a donde mi vieja lo había mandado cuando llegó un mediodía escapándole a la suerte, el sobretodo manchado de barro, muerto de hambre, ese olor a ginebra que duele mucho más al sol. El que cada tanto sale desde ese día que llegué de la escuela y recién inauguraba el jueves, la sonrisa impecable, derecho al baño a afeitarse mientras yo lo miraba llenarse la cara de espuma por la ventana entreabierta. El tío Miguel, ese hombre grandote estaba ahí con ese porte, sin barba ni bigote lucía más joven, dijo lo que dijo: mina valiosa, volvió a reirse y al final me dejó ir con Emilce, contento como un sábado despejado.

Graciela reencarnación de la abuela Rodriga rengueando por el pasillo largo desde el hall grande, hablando desde lejos como cuando se enojaba en serio y no paraba de carajear al que se le cruzara dijo momentito. No hay derecho a causar tantos problemas por ser inútiles, silbó su voz de aguja y en la reunión de la mesa larga, todos los responsables de Aceros Peretti puro trajes, anteojos de marcos dorados alrededor, se hizo un silencio de frío por la espalda, de bajar la vista cuando habla una mujer entre tantos hombres que de inmediato recuperan el instinto pollerudo que viene desde las cavernas. La verdad, señores, siguió Graciela con ambición de crecer hasta la Presidencia misma, es posible trabajar una alternativa para evitar que este hombre deje de sufrir sus agravios y encima viaje todos los días a Buenos Aires y llegue tan tarde a su casa, agregó metiendo la palma de su mano izquierda entre las piernas como una experta en el arte del sexo. Clavó la mirada en el jefe de personal que a su vez me miró con gesto paternal y sonrió en redondo a la aceptación sin chistar del grupo que decidió mi futura vida por los meses siguientes, últimos antes de jubilarme sin poder participar de la joda con la Colorada y el vigilador que tanto dio que hablar y me hundió en el olvido. Graciela que salió de la reunión y me susurró al oído, hija de puta, te la debía por lo que te hice sufrir en la primaria. Nunca más me habló y firmó, ya como máxima autoridad de la empresa, sin problemas, mi retiro.

No volví a ver a Graciela después de jubilarme. Y hoy, en estas circunstancias, rodeado de silencio en este cajón incómodo, recuerdo su voz y sus muslos. Emilce llora despacio. Está vieja como yo, sobrevivirá sin problemas. En este momento entra un solitario pedazo de mi existencia: el pelado con peluquín y cara de carnicero que traía los tubos de gas bailando un vals sobre el caminito de madera que un rato antes extendían por la casa desde la entrada sus dos ayudantes. Inolvidable, levantó las manos con guantes de cuero ordinario frente a la foto de la primera de Atlanta, 1974, que pude conseguir de milagro cuando salió en la revisa Goles, y dijo en voz alta a mi madre que se quejaba de la pegatina sobre la pared recién pintada. Señora, este muchacho va a sufrir mucho en la vida, no caben dudas. Pero hay poco gente con semejante voluntad, se lo aseguro.

El hombre se persigna ante el féretro y enseguida recula unos pasos. Se queda con las manos enguantadas y juntas a la altura de la barriga. Al rato mira el reloj y sale como cuidando no pisar a nadie. Afuera lo espera el camión lleno de tubos altos como marcianos. Casi tropieza con una mujer de traje sastre que bajó de su auto lujoso, recibe sin palabras sus disculpas, sigue su camino rumbo al flamante despacho del tercer piso en el edificio de Aceros Peretti, acá al lado nomás, sin mirar la pizarrita con mi nombre.