Primera novela española basada en el Cuerpo de Bomberos. Francisco J. López Fernández construye una emotiva y trepidante narración en la que da buena cuenta del valor y la entrega del Cuerpo de Bomberos, evocando la tragedia del incendio de los almacenes Vilima de Sevilla en 1968, en la que murieron dos miembros y añade a esta nueva edición el relato inédito “Colibrí” sobre sus experiencias tras su regreso del terremoto de El Salvador.
(Gentileza de Claudio Chaves del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Zárate)

El prólogo de la novela "La última salida"
“El parque de bomberos tenía anoche la bandera a media asta. También los corazones de los bomberos sevillanos, héroes anónimos, puede decirse que estaban a media asta.
El periodista vio llorar a hombres recién oliendo a humo, echados por las paredes de la calle Lagar cuando en Sevilla se hacía el alba. Un alba muy serena para dos valientes que habían ofrecido sus vidas al servicio de la sociedad.
Uno de ellos se le acercó, se plantó delante del periodista, tenía la cara tiznada y lloraba como un crío. En la mano llevaba un hacha y la mostraba como si fuera un crucifijo. En realidad lo parecía. Tardó en hablar, pero al fin dijo:
–Mire, esto es lo que ha quedado de uno de ellos.
El periodista observaba a aquel hombre que olía a humo sin saber qué decir. Le temblaba la voz, pero el hacha la mantenía muy firme en su mano. Había tenido el coraje de jugarse la vida, como se la habían jugado y perdido dos de sus compañeros y estaba demostrando con su llanto que tenía un corazón tierno. También demostró una sensibilidad exquisita, una visión trascendente de la tragedia que estaba viviendo.
Su rostro grave se iluminó para decir algo importante, pero se le fue la voz y detrás, casi, se fue él hacia las ambulancias donde habían sido depositados los cuerpos de sus dos compañeros”.
(El Correo de Andalucía, 28 de julio de 1968, Sevilla).
Con estas palabras definía un redactor de El Correo de Andalucía su conversación con un miembro del Cuerpo de
Bomberos que participó en las tareas de extinción del incendio de la calle Lagar, donde dos de sus compañeros entregaron la vida.
Era la calurosa noche del 27 de julio de 1968 en Sevilla, cuando Joaquín del Toro y Francisco Rivero, heroicos bomberos, perdieron la vida tras el desplome de parte de la estructura que intentaban apagar.
La guardia aparentaba, como cada noche, la tensa calma, que siempre envuelve un parque de bomberos.
Hacía un par de horas que habían relevado al turno anterior y tras la revisión de los vehículos y la comida comunera, se acomodaban bajo las puertas del parque, intentando encontrar un aliento de brisa que aliviara aquel insoportable calor.
Entre las risas y bromas fraternales se sumaba algún que otro cubazo lanzado desde la azotea del parque. Dos de ellos andaban secándose cuando las palmadas sonaron, al tiempo que vociferaban la salida del tren al completo.
“Los vehículos fueron rápidamente ocupados. Cuando Joaquín llegó al vehículo éste ya estaba completo por los
compañeros que estaban designados para la primera salida. Pero insistió en ir, a pesar de que el capataz al mando le dijo que no era preciso, al tiempo que le indicaba que se quedase en el parque de retén. Pero tanto Joaquín como Rivero, se sentían movidos por su dignidad profesional, que les empujaba a acudir a todo trance que apareciera, de modo que para ganar tiempo acudió en un vehículo particular hasta el incendio. Allí Rivero y Joaquín, considerados por su arrojo, habituales en intervenciones en catástrofes, encontraron,tras derrumbarse sobre ellos una de las cubiertas exteriores de los almacenes de tejidos Vilima, lo que sería su última salida”. (Extraído de la edición del 28 de julio de 1968 de El Correo de Andalucía)
“Fue una larga noche, una noche en la que nadie faltó en aquella despedida, que se inició en el patio de bomberos
desde las seis de la mañana, hasta que el imponente gentío abarrotaba los alrededores del parque en espera de depararles una respetuosa despedida, sobre las cinco y media de aquella bochornosa tarde. Cuando sus cuerpos con uniforme de gala y guantes blancos abandonaron el parque, el silencio profundo que solo en Sevilla se sabe crear, tomó el ambiente. Sobre sus hombros y corazones los bomberos los acompañaron hasta el coche escala, engalanada con más de una treintena de coronas, para que entronizados en su magirus, iniciaran su última salida. Diez compañeros los escoltaban sujetos a los estribos para realizar con ellos, aquel acto de servicio. Tras ellos, toda la plantilla al completo desfilaba”. (Extraído de ABC de Sevilla del 28 de julio de 1968)
Esta fue la última salida de Joaquín y Francisco como bomberos. Muchas otras, tal vez más difíciles y complicadas,
habían sido resueltas anónimamente con éxito y disfrutadas íntimamente con el máximo reconocimiento, el que les
proporcionaba la mirada agradecida de la persona que durante unos simples segundos, dependía de su destreza para
sobrevivir. Pero tal vez, como algunos compañeros decían, aquella no sería su última salida.