Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... “Incesante silencio de las cosas que sobreviven a los muertos. No importa si la vida fue larga o apenas breve, esas sombras sólidas y torpes de lo que hicimos con ellas, andan por donde sea huérfanas de la fragilidad que parecía invencible mientras vivieron sometidas a nuestra egoísta disposición. Allí andarán por muchos años más por las olas quietas del tiempo de los lugares abandonados de presencias: papeles congelados, libros ateridos, zapatos asomando su inutilidad desgastada en cajoneras escondidas, fotos con rostros indefinidos, indescifrables, productos de nuestros trabajos manuales fríos como  huellas, ecos de las voces que van deshilachando su melancolía en los vértices de lo que se despinta inevitablemente. Un naranjo resistiendo desde el centro de un patio, los deseos al aire libre de los sueños que tan pocas veces se cumplen. El presente socavando sin descanso el breve pasado en la memoria de los cuerpos sin sentido como títeres suicidados”. (Escrito de Don Braulio que Alcides tiró por la ventanilla de vuelta a Ezeiza ocupado en contar billetes verdes)

naranjas

Yo fui quien solicitó el permiso a la inmobiliaria para visitar la casa. Aprovechando que se vendía por segunda vez y habría unos días con tregua de mudanzas, pedí hablar con Blanca, la hermana de la dueña, las dos hicimos el secundario en el colegio de hermanas y siempre es más fácil explicarle las cosas a una persona conocida.

Bueno, más o menos fácil. Con los labios operados, el pelo amarillo cortado a lo varón, esa mujer era un espejo donde nos veíamos, yo tan vieja como ella, al punto de ambas sofocar un gritito en cuanto abrió la puerta del negocio. Al principio me escuchó con la sonrisa congelada, como no entendiendo bien qué queríamos mi hermano Alcides y yo, a esta altura del partido: ver el fondo de la casa que había sido de nuestro abuelo Braulio, muerto hace una punta de años a la sombra de aquel naranjo de mierda, todavía visible desde la calle.

Terminó de escucharme mordiéndose las uñas esculpidas mientras yo le aclaré que se trataba de un deseo regresivo, por decirlo así, de estar un rato cerca de esa planta, al final lo único que queda en pie de la casa original donde disfrutamos buena parte de la infancia.

Sofocó un bostezo hambriento con un estornudo salvador, movió la cabeza en un gesto de indulgencia que me dio por las pelotas y escribió en el reverso de su tarjeta personal el número del celular del chico que tenía la llave de esa propiedad.

Después aspiró profundo, para que le resaltaran las tetas de quirófano debajo de una remara fucsia igualita a la mía, y me la extendió, impregnada de perfume free shop. Me despidió sin levantarse de la silla, puso la cabeza en forma oblicua para que me inclinara a darle un beso en cada mejilla, y me dijo chau como viéndose salir a la vereda. Pensé que justamente ese gesto era el del abuelo muerto bajo el frutal: un beso en cada mejilla mientras me relojeaba el escote con unas ganas de meter mano, lengua, todo.

¿En qué fecha había espichado don Braulio? Alcides y yo, sus nietos, no lo recordábamos ni lo pretendíamos a decir verdad. O tal vez mi hermano si, teniendo en cuenta lo que pasó.

Esa noche intenté comunicarme varias veces con el empleado, pero no tuve suerte. Se llamaba Adrián y lo supuse uno de esos adolescentes actuales de treinta y pico, desapasionados, aburridos, espiritualmente más cerca de la jubilación que los viejos que siguen en sus empleos laburando por culpa o por lo que sea y a los que no los dejan ir, justamente porque deberían reemplazarlos por esa sangre sintética cuya única pretensión es pasarla bien mientras arrastran los pies, se regodean mirándose en el gimnasio y manosean celulares en vez de mujeres. Boludos

Mientras tanto, preparaba la comida para el bebé de mi hijo Rogelio y para mí. El muy turro, si le habré dicho usá forro, usá forro, va y la embaraza a esa Melina, otra pajerita de culo perfecto, que tuvo el crío y se fue al carajo porque le salió una beca, arreglate vos. La cuestión que la abu recibió el regalito. Hijo de puta, como si no fuera suficiente con mi separación y el divorcio que nunca sale. Decí que mi ex aporta muy bien cada mes, hay que decirlo: una cosa no quita la otra.

El asunto es que entre llamados sin contestación y papillas me contacté por skype con mi hermano Alcides en New York. Ese suertudo cada vez más joven, la puta que lo parió, gerente del City Bank en Manhattan, ganando fortunas, sonriente, justo delante de una ventana por la que caía una nieve perezosa que no se por qué yo la imaginaba mientras hablaba, a mi turno, como clara de huevo batida, la de los merengues.

Desde hace cuatro meses rompiendo las bolas para venir a ver el naranjo del abuelo exactamente el 6 de febrero, cuando cumplía 40 años. Tiene que ser ese día, che, movete, no es tan difícil, estás a diez cuadras o menos. Conseguí el permiso, tomo el avión en doce horas  y me vuelvo el mismo día porque acá estamos a full con el trabajo, te darás cuenta.

Beso hermanita linda…. se cortó la voz y por un segundo vi detrás suyo la imagen bien peinada de mi viejo en su sonrisa ganadora, burlándose de mi toda transpirada y argenta, la clara merengue chorreando sobre sus hombros en USA.  Ya no tenía más fuerzas. Hice dormir a la criatura como pude, casi le doy lexotanil, pobre ángel. En eso, el mensaje del empleado arrastra pies en el contestador, devolviéndome el llamado sin disculparse ni nada. Minga de atenderlo. Mucho para una sola noche. Demasiado.

6 de febrero es hoy, y decidí venir hasta la casa del naranjo unas horas antes de las cinco de la tarde, cuando Alcides llegaba desde Ezeiza directo a Zárate. Me gusta controlar los detalles. Sos una maniática repetía mi ex. Y bueno. En este patio coqueto, de césped cuidado y vacío de todo menos de la planta empecinada en subsistir por sobre los tapiales llenos de cámaras de seguridad, estoy frente al adolescente de casi cuarenta, Adrián.

Sinceramente está bastante fuerte, ojos negros, buen lomo, mirón también. Tiene la voz de un contestador telefónico, y a medio volumen me dice que el señor de USA vino al mediodía, tomó un vuelo anterior directo porque estaba muy apurado, y le dejó saludos.

Adrián señala una pala, el pozo bien cuadrado que el gerente, sin quitarse su neoyorkino traje claro, cavó hasta encontrar una caja metálica que se llevó rápido, sin abrir. Recuerdos de familia, fotos, esas cosas, me explicó. Después se fue, dejó unos dólares por la molestia.

Siento que el llanto me desborda. Escucho recién ahora, debajo de una capa de olvido grueso, la voz del viejo Braulio, mentiroso, susurrando la última tarde de Navidad en el olor a vino, qué va a tener este pobre viejo más que recuerdos viejos, la plata se va y no vuelve, mi hijita, no dejo nada de nada, fotos y boludeces.

Mis manos van hacia la espalda trabajada de este pibe puro presente que no trabajará nunca. Beso el cuello firme, en puntas de pie le meto la lengua en la oreja, temblando. Rodamos bajo el naranjo, desnudos en la llovizna y el reproche lejano del bebé cagado que me espera y el avión donde se va Alcides, miserable ladrón.