Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Ganar es pegar justo a tiempo, todo lo demás es otra cosa, con gusto a venganza cuando llega tarde, con aire a injusticia cuando el resultado es pobre. Eso no  quita placer a las victorias que florecen cuando ya no importa, tal vez porque el interés material de lo que se gane no cuenta a la hora de disfrutar el significado del triunfo. Decía Hitchcock que a la vida hay que ganarle algunos combates chicos y retirarse después a esperar la próxima oportunidad para dar otro golpe, siempre pequeño. Algo así como que las grandes cruzadas no son para la gente lúcida. Después de todo, quién no sabe que siempre ganas los mismos: la plata inescrupulosa, la soberbia del poder, la astucia de los especuladores. Por lo tanto, vale la pena no perder nunca la capacidad de reírnos de nosotros mismos, convencidos de que buscar algún  sentido a la existencia es una estupidez. De todo esto trata el relato que sigue, más o menos.

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Mita Quiñones, flaca como un mimbre, impecable maquillaje, perfume francés, en buena forma a pesar de los 84, fue el cerebro de aquella acción que se concretó con asombrosa meticulosidad.

Fina por imitación de la gente con la que se codeó hasta la muerte prematura de su marido, cuando ganaban plata sin parar con la empresa de transporte que se hizo humo al poco tiempo del infarto del   hábil chofer devenido en empresario, actuó con el talento de los que descubren de pronto una vocación oculta para el teatro de primer nivel.

Y lo más importante, Mita logró vencer, mientras duró la planificación, el aburrimiento que consumía sus horas en el caserón en pleno centro para ella sola, siempre brillante gracias a las delicadas manos de Rosita, la empleada que se encargaba de limpiar y pulir todo: mármoles, jarrones chinos, cristalería sin uso desde hacía tantos años, hasta de ayudarla a meterse en la cama, servirle el té, ponerle la televisión antes de irse.

Rosita, bastante más joven que su empleadora, hasta compartía y discutía con ella ideas como aquella del Bingo, de la que habría que ver hasta qué punto no fue la primera mentora. La multifacética ama de llaves de doña Mita tenía sus razones, porque también habían compartido al finado cónyuge, aunque la doña lo ignoraba o fingía hacerlo.Así es que ambas estaban paradójicamente unidas en su odio al juego, por la sencilla razón de haber sido una de las causas de la bancarrota del marido infartado que por poco las deja en la calle, si no fuera por unos campos entrerrianos y cierto secreto departamento para vacaciones clandestinas en Pinamar que el hombre no alcanzó a quemar en la ruleta.

Por eso no es de asombrarse que fuera Rosita la que organizó el té en el hall más impecable que nunca por su especial esmero ante tan importante reunión, donde se gestó el grupo de canasteras que siempre tuvo como fin el atentado al Bingo, aunque el secreto recién se develó un tiempo más tarde, cuando era imposible quebrar la hermandad de los vengadores.

Astucia de la vecina acomodada el haber elegido a las tres mejores amigas de su infancia por su lealtad y sobre todo por resentidas hacia las mesas y las máquinas donde habían perdido sin pausa durante años. ¿Qué mejor enemigo que quien fue uno de los nuestros hasta hace poco? Astucia de Rosita el seleccionar al único varón del grupo, pues un hombre siempre hace falta en estos casos, según dijo con voz clara para despejar observaciones: Anastasio a secas, un santiagueño capaz de arreglar cualquier cosa, desde un ventilador hasta la peste del limonero que Mita amaba por encima de sus seis gatos siameses, y que también solucionaba las necesidades de la diligente servidora. El único, incluida la propia Rosita que tenía copia de la puerta cancel y entraba sin tocar timbre cuando debía pintar, cortar el pasto y hasta destapar las canaletas en medio de una tormenta, amén de abrir la puerta del dormitorio chico donde la segunda viuda necesitaba consuelo.

Durante tres meses se encontraron martes y jueves para jugar y sobre todo irse conociendo a fondo, como para tranquilizar a la dueña de casa y su asistente en los planes que todavía ignoraban sería tapa de diarios. Un jueves de noviembre, llegó el momento de revelar la trama.

El morocho superprolijo y silencioso, fue el primero en llegar y sentarse derechito en el sillón. Jesusa Martinez, gorda solterona enloquecida por los perros pequineses, los merengues y pésima versificadora, ocupó la silla alta, donde colocaba el almohadón más mullido porque decía tener las nalgas delicadas.

Berta Calcagño de Perasso, la segunda obesa, fanática de las películas de Lolita Torres y del vino blanco dulce, quedó frente a las organizadoras, frunciendo la boca muy pintada.

Mita Quiñones apareció detrás de Rosita, que llevaba una montaña de sandwiches triples sobre la fuente de plata heredada de la abuela Catalina. Después de los saludos protocolares, explicó en pocas palabras el plan del operativo: al mejor estilo Mahatma Gandhi, sin violencia alguna, generar un desbande fenomenal entre los adictos a ruletas y máquina tragamonedas del Bingo.

Las instrucciones de la pituca que, parada junto a su empleada, relojeaba las reacciones, fueron sencillas y muy claras.Las amigas, Rosita y Anastasio escucharon en silencio mientras Mita fue levantando de a poco la voz en el entusiasmo distintivo de los líderes. Crecieron las sonrisas de admiración sin culpa de aquellos que se veíancual perros hambrientos dentro de una carnicería sin dueños.

La idea revolucionaria y olorosa fue expresada en detalle y al despedirse después de unas manos canasteras para relajarse, empezaron los preparativos. Durante unos días las dos gordas fueron trayendo parvas de coliflores, bolsas de porotos, brócolis, montañas de todo vegetal capaz de hinchar semejantes vientres listos para el ataque final y aleccionador. Rosita hizo las preparaciones adecuadas en grandes ensaladeras. Doña Mita se sintió Lucrecia Borgia. Y Anastasio se probó varios trajes del marido muerto hasta encontrar el que le quedaba justo como para no despertar sospechas cuando ingresara al salón de juego con aquellas fragatas emperifolladas para la ocasión.

El mismo jueves del operativo se reunieron para almorzar a mandíbula descentrada. Las mujeres y el único masculino, según el acta posterior al hecho, saciaron su apetito, generaron el combustible de las posteriores deflagraciones. Cuando salieron desde la casona y se dirigieron hacia el Bingo en una combi donde los señores del juego cosechan inocentes capaces de perder hasta el saludo, eran una fiesta de sonrisas.

La entrada al Bingo detrás de Anastasio conduciendo al grupo, cada cual sabía exactamente lo que tenía que hacer en cada momento.El abogado de la sala de juego, según se pudo saber en el Juzgado, insistió en denunciar por daños y perjuicios a Mita Quiñones como organizadora de la asociación ilícita integrada por ella misma, las dos gordas, Rosita, y el hombre del traje impecable.

Distribuidos los complotados en diversos sitios bien poblados, procedieron a soltar sus flatulencias olorosas en silencio, de acuerdo a lo ensayado, lo que prueba la premeditación y alevosía, sostuvo el letrado rojo de furia. La molestia de quienes jugaban concentrados fue notoria. Más cuando los ataques gaseosos y pestilentes prosiguieron como descargas guerreras por más de una hora, hasta que los mismos dependientes del lugar, indispuestos, debieron interrumpir las partidas, provocando una pérdida económica considerable a nuestra empresa, suscribió con énfasis. Como se sabe, el expediente no prosperó en medio de las risotadas de jueces, fiscales y empleados.

Finalmente la empresa poseedora del local de juego decidió cerrarlo por refacciones durante 60 días, cuando recién se disipó el olor del viento de tripas. También desistieron de la denuncia para evitar las burlas y abandonaron el caso para siempre.

De todas maneras vale la pena recordar aquella venganza de Mita con los ojos cerrados y vaso de cerveza en los labios, a su salud.