Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Que las relaciones de pareja han cambiado, no es novedad. Desde la misma conformación de lo que tradicionalmente se entendía por tal (hombre y mujer) hasta la manera de comunicarse o los objetivos comunes e individuales son diferentes en los tiempos que nos tocan. Viejas cuestiones que muchas veces se callaban, son pronunciadas en voz alta, y abundan las réplicas de variado tono. Suele respirarse violencia, sensaciones fuertes, acumulaciones de pensamientos, agresividad, que posiblemente suenan incomprensibles para los simplificadores pero comienzan a entenderse observando el contexto. Si en cualquier pareja nunca hubo ni hay y menos habrá, culpables o inocentes absolutos, en estos días podemos ver a seres humanos acorralados por ellos mismos, por las imperiosas necesidades de los tiempos (la eterna juventud, la permanente satisfacción, la realización individual a cualquier precio, entre otras) y por las angustias que toman a sorbos desde que se despiertan hasta que a dormir se van, no siempre abrazados, armónicos y en paz. Los hijos son una punta aguda de esta problemática, porque casi nadie quiere crecer, dejar la adolescencia, hacerse cargo de etapas cumplidas. La aceleración que enseña la física, no aplica para la aceleración con que pasamos por los almanaques. Sin posibilidad de ser débiles, dudosos, inhábiles en lo que sea, y sin alternativa para exhibir dolores, quejas, anhelos o deseos de a dos, los prójimos golpeamos a ciegas la pared de la existencia. No se permite la tolerancia, el miedo, la ignorancia, el esfuerzo para superarse o la resignación. Hay más puertas para salir del otro que ventanas para ver qué le pasa. Y las costumbres vencidas conviven con las nuevas, los alambres de leyes aceradas con montañas de prejuicios o negaciones variadas. Posiblemente algunas de estas sean las causas para despedirse y pretender empezar de nuevo, retornar a lo perdido, limar tantas historias, permitir ternuras y permitirse una vida común, sencilla como cocinar una comida, servirla, degustarla juntos y sonrientes, brindar por el misterio que viene, irse a la penumbra de los abrazos, la confianza del sexo sin urgencias, la esperanza de dormirse y soñarse a dúo. Aunque siempre esté armada la trampa del primer reproche que nos deje –discepoleanamente hablando- de nuevo en el mismo lodo, todos manoseaos.
No cuidas al otro, Sergio, me dice Susana, con la seguridad de quien no tiene ninguna posibilidad de cambiar de opinión. Yo no puedo sacarme de la cabeza la idea de un engranaje que se ha puesto a girar en el cabezal de una máquina. Es una tarde de la que no habrá tregua y nos buscaremos olfateando la herida del otro. Siempre en la cocina, pocas veces la batalla es fuera de ese lugar. Yo, recostado en la mesada, cruzado de brazos, ella sentada a la mesa fumando, llorando, sin maquillaje, la mayoría de las veces ocurre a la mañana.
Decís las cosas con una sinceridad cruel que la verdad, no sé cómo no te das cuenta que soy mujer, Sergio, que la ofensa es brutal y hay ideas que por más que las tengas las deberías callar. Eso es lo que te pasa a vos, no podés parar hasta decirlo todo. Y después que me tiraste toda esa mierda, te vas lo más tranquilo y te olvidas. Te olvidas y al rato nomás venís a hablarme como si nada, como si fueras primo lejano del que habló conmigo y ahora no me deja respirar. Porque deberías saber a esta altura que a mí esas discusiones me destruyen. Pero a vos no te hacen nada, es increíble. Si hasta podés dormir . No te entiendo. No te entiendo, Sergio. Y desde allí emanará el llanto sin parar, indetenible. Domingo a la mañana, aún no desayunamos, yo traje el diario y estoy preparando el mate cuando la recibo en la cocina con una sonrisa, cuando aparece recién despierta después de oír que andaba en la cocina.
Y no puedo ir a abrazarla. No puedo. Y siento que soy un monstruo sin arrepentimiento.
Sos desconfiado, Sergio, vos no te das cuenta de lo que decís, pero cómo puede ser que no te acuerdes de los ejemplos que te doy. No me crees, eso es. No crees lo que te digo porque pensás que te miento para hacerte mal. Es increíble, con lo que te quiero. Te quiero más que a mí y a veces pienso que tampoco de eso te das cuenta. Cómo podés decir que sos sensible. Terrible sos, la dureza fría con que usas las palabras. Vos, que sabés muy bien el significado de cada palabra. No quiero hablar más, no quiero, porque me cuesta una semana recuperarme y a vos no te pasa nada. No me tengo que enganchar más, eso es. No se por qué me engancho con lo que decís, tengo que pensar que no lo decís vos, que es alguien que habla dentro tuyo. Y yo te quiero, te quiero. Mirábamos televisión sentados en la cama, de pronto ella dice estamos mal y yo digo que no me parece y ella dice y a vos te parece que es andar bien con lo poco que cogemos.
La abrazo de costado, en realidad es como ponerle la mano en el hombro y se larga a llorar con una angustia que me trae el recuerdo de la lluvia en correntadas sobre el techo alto que nos protege de la noche muy oscura
Es mentira que respetas el gusto de los otros. En el fondo, porque te conozco, desprecias lo que no te gusta y consideras que no tiene nivel. Sos peronista de la boca para afuera, se nota a la legua que no soportás lo popular. El odio, que no se de dónde te sigue brotando, deberías verlo en análisis, se expresa en la ironía con destrozas todo lo que no coincide con lo que te gusta. Siempre tenemos que escuchar la música que te gusta a vos, Sergio. No te das cuenta que basta que a mí me guste algo para que vos empieces a menospreciarlo.
Salimos del cine, nos acabamos de sentar a cenar en lo de Susana, creo haber dicho que el rock es una música decadente. Digo tenés razón y después salto al pozo de la idea de matarme. Y lo digo.

