Soledad es una perra que rasca la puerta

Carlos Riedel22 agosto, 2015

Escriben: Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Cuando hace veinte años los vio sentados a una mesita del club Central, jugando a las cartas, la indignación le duró un mes. Cómo podría ser que ella, sabiendo que él tenía una amante permanente desde tiempos lejanos, aceptara compartir mansamente con semejante falsario la bucólica paz de un domingo a la tarde como si nada. Hoy, cuando alcanzó la edad de aquella mujer hace un rato largo, le parece muy loable esa piadosa capacidad de olvido, de perdón, que aún retiene en su memoria como una escena de película en blanco y negro. En eso nos convierte la vida sin darnos cuenta. Tal vez se trate de la felicidad.

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Aquel hombre de rulos y andar pesado, sonrisa de chico y apariencia de mayor edad por el grueso de su figura, iba a la cita detrás de la ventana con la puntualidad que exigen los rituales. En ese lugar, su escritorio, el hombre siempre cordial aunque callado, tenía el taller de aeromodelismo donde pasaba las horas libres del trabajo en la telefónica.

Piso de madera, generoso en dimensiones, había sido el dormitorio matrimonial de los abuelos maternos. Daba a la calle, y como su mesa de trabajo se ubicaba cerca de la celosía metálica, podía sentirse oculto testigo de todo lo que ocurría. Adela, la señora que limpiaba dos veces por semana, tenía instrucciones de mantenerla cerrada.

En invierno debido al frío, la tierra y el humo de los escapes y en verano porque le parecía de mala educación exhibir la intimidad de su tarea a los transeúntes, con los riesgos implícitos. En cambio, cuando los días eran calurosos, los tres cuerpos con vidrios deberían quedar abiertos para disfrutar, por las ranuras oblicuas de la persiana metálica, el aire fresco y la cálida penumbra durante el día, el perfume del plátano añoso cuando caía la noche.

Así fue que una tardecita, acomodándose bajo la luz del velador sobre la mesa con vidrio donde esparcía prolijamente las piezas, en este caso un Spitfire de alas elípticas de la Segunda Guerra, listo para sumergirse en el ensamble y pegado, los oyó por primera vez.

Murmullos que imaginó infantiles, aunque rápidamente identificó sin dudarlo. Será que el juego del amor aniña a la gente, se dijo mientras sonreía en la búsqueda de la pieza más pequeña del modelo. Los susurros fueron dejando paso a pequeños gemidos, silencios para el roce de los cuerpos en la clandestinidad del atardecer, risas sofocadas en el celofán del deseo, bocas luchando por aprovechar el tiempo del encuentro; los amantes pegados a su ventana, tal vez aguardando el momento de irse a cualquier refugio, aparentemente seguros al amparo de la sombra del árbol.

Todo se diluía en los ruidos de la calle al cabo de quince o veinte minutos. Aguzando el oído, el hombre descifró los pasos hacia el auto, el sigilo de las puertas, el arranque del motor sin fallas. Se iban a un hotel, un departamento a disposición por turno rotativo a la pasión entre aquellos furtivos cazadores de sexo.

Únicamente aquella primera vez no pudo echar mano a las piezas mientras duró el encuentro, paralizado por lo que entendió sin dudas pasados pocos minutos, igualito a aquellas fotografías en blanco y negro que revelaba dentro del baño a oscuras, los ojos abiertos como un boxeador a punto de caer, viéndolas aparecer dibujadas entre las caricias químicas sobre el papel sumergido.

El hombre acomodó el horario de su tarea artesanal al momento repetido en que los amantes, martes y jueves, poco originales, encontraban sus cuerpos preparándose para trepar hasta donde los llevara la pasión. A veces, las luces de los autos descubrían el chasquido del encendedor en los cigarrillos ardientes como las bocas que disimulaban.

Las ráfagas de luz desperdigadas por las rendijas ingresaban sin pudor en la habitación donde las manos ya habían apagado el velador y trabajaban de memoria sobre el cuerpito alado cada vez más parecido a la foto del modelo. La rabia del dueño de casa, doblemente interrumpido, crecía hasta que el auto huía entre el humo de los suspiros, las sonrisas nerviosas, las manos retenidas.

Después venía, digamos tres horas más tarde, el llamado de su mujer anunciando la cena. En ese territorio el armado del aeroplano avanzaba al vuelo de los pensamientos del espía. Imaginaba la llegada de la pareja, cómo demorarían con besos la ropa desprendida, la fingida lentitud al principio, la aceleración posterior sobre la cama, parados contra la pared de un pasillo, enredados, comiéndose al amparo de unas cortinas floreadas. A veces ella guiaría los juegos, en otras, las audacias serían del varón.

En ocasiones su esposa lo despertaba a la realidad con golpes de nudillos sobre la puerta de su reclusión, olorosa a pegamento y FM Clásica a bajo volumen, justo cuando recordaba a los amantes, ella arrodillada  frente al hombre acariciándole la cabellera rubia, o cuando se deshacían en abrazos húmedos mordisqueándose sin dolor. Otras veces era su perra Helenita quien rascando la madera rompía el ensueño del placer bien entendido.

El señor suspiraba, emergía de su actividad con pereza, regresaba a sus pensamientos sencillos, olvidaba a los amantes de un plumazo, se integraba resignado a la cocina. Su esposa sonreía con mohines retrasada entre ollas y coladores.

El horno recalentaba milanesas del mediodía, hamburguesas con queso, o cualquier plato rápido porque, según ella, a la noche era preferible comer liviano.  Mantel doblado al medio, para qué más si somos dos, hablaban lo necesario sentados uno frente al otro, entre roces de cubiertos, carraspeos hermanos,  vino en vasos por la mitad, dedos nerviosos protegiendo el orden, esa felicidad que él conocía de memoria en la curva de sus labios, el miedo a cualquier cosa de los dos siempre latente

Por eso aquel hombre de rulos y andar pesado se preocupó en serio cuando pasaron varios martes y jueves sin los encuentros a la hora exacta, primero pensó en enfermedad, una sola vez llovió imprevistamente. Y enseguida supo perfectamente lo que debía hacer. Abrió la puerta hacia la cocina y su mujer lo miró brillante, extrañada. Salió al escenario habitual de la pareja, subió al auto, manejó con las sienes latiéndole.

Bajó entre casas de ventanas iluminadas, fue directo a tocar el timbre que no necesitó averiguar cuál era. Por un pasillo largo vio venir a la figura miedosa y tuvo tiempo para dejar de lado cualquier excusa que evitara decirle lo que en realidad le dijo mirándolo a los ojos.

Le pidió que volviera a encontrarse con su mujer, eso dijo, mi mujer. Desconocía el motivo de aquella abrupta interrupción de las citas que transformaron de un golpe la paz que todos necesitaban para continuar con sus vidas como siempre. Por eso le pidió que regresaran junto a la celosía cerrada, el silencio y la salida en el auto rumbo al juego del amor, por favor, dijo al fin, como quien se rinde frente a una tormenta. Sin esperar contestación apresuró el regreso a su casa, orgulloso de haber cumplido su deber, Helenita estaría rascando la puerta, reclamándolo para la cena, exigiendo su presencia.