Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... El panorama de la familia en la sociedad que integramos está en ebullición y observado a nivel del piso resulta, sin dudas, desolador. Separaciones y divorcios resueltos en pésimas condiciones, hijos por un lado y el otro que se niegan a crecer para seguir aprovechando el exceso de comprensión producto de la comodidad de sus padres, maltratos invisibles y visibles por todos lados, femicidios, relaciones matrimoniales más parecidas a hermanos incestuosos que a cónyuges comprometidos, individualismos sedientos de placer a corto plazo y en 12 cuotas, fanatismo por la fugacidad de pensar cada vez menos y, asolando prójimos, la soledad como peste. ¿Puede sorprendernos, pues, que un hombre se largue a correr, correr, correr sin parar?.
Chap chap chap chap, chap, repican los pies descalzos a toda velocidad sobre el pavimento frío, por el medio de la calle desde donde vigila las veredas oscurecidas por las manchas negras de los plátanos cuando está empezando a amanecer en la manzana donde vive, detenerse en cualquier detalle para verificarlo supondría distraerse, si no fuera su barrio sentiría la angustia de la extrañeza, mientras velados frentes de casas huyen de su mirada que gira a izquierda y derecha, hacia adelante hay filas de autos estacionados sin fin junto a los cordones que dejan libre el angosto túnel que allá lejos promete la barranca, va lo más rápido que dan sus piernas, lo siente en el tirón de los muslos que pujan hacia arriba, los brazos rozan el cuerpo, el otro sonido además del chap chap de los pies helados sobre el piso, los puños cerrados suben y bajan la corta distancia, el pecho erguido pretendiendo adelantarse, chap chap chap chap, la boca traga el aire desesperadamente sedienta imitando el cacheteo regular que se confunde con su propio eco, a esa hora desierta cualquier ruido se multiplica, en el tórax, en las venas del cuello, en el parche gastado del pecho que resiste, late espuma de sangre caliente para el cuerpo barrilete en fuga que al final no podrá ascender y deshacerse en el aire frío de la mañana en que el sol ya clarea las hojas, se repite en los charquitos de los cordones, en las bolsas de basura reventadas cada tanto, al fin una bicicleta supera al hombre que corre por el centro de la calle, descalzo, una mochila pequeña bien adherida a la espalda, los pantalones y la camisa sin planchar le quedan chicos, confunde la edad del corredor, el ciclista, inclinado el cuerpo en el esfuerzo del pedaleo, vuelta la cabeza gorruda hacia la figura, lanza un grito de no se sabe qué cuando lo ve, entre la neblina que sube a mezclarse con la claridad incipiente del día que crece por todos lados, cambiar el rumbo, doblar abruptamente, a la misma velocidad, subir a la vereda, ingresar por una puerta abierta hacia un pasillo larguísimo en donde siente la humedad de las paredes tan cerca, corriendo por baldosas que cambian de color por partes, hay macetas a un lado y al otro y a medida que avanza se avecina el patio allá atrás, ladran perros tardíos desde las puertas de chapa que marcan, cada tanto, el espacio de un departamento, una piecita, el escalón para un patio interior, juguetes olvidados que los pasos descalzos esquivan hasta llegar a la medianera que viene buscando, en tres movimientos trepa a la pared, los ladrillos comidos por el tiempo le permiten apoyarse en los huecos, las manos aferradas al borde superior, el equilibrio recuperado y los pasos bien medidos, la respiración aún al ritmo de la corrida que ahora es un caminar cuidadoso hacia el primer techo que aparece a pocos metros mostrando varios desniveles que lo llevarán más alto y con espacio por donde continuar el movimiento, manos en la cintura, parado junto al primer tanque de agua que sirve de entrada a una pampa plateada de membrana de aluminio reflejante del sol como un espejo gigante que lastima los ojos, dos alambres con ropa tendida de fantasmales formas humanas le devuelven la idea de su cuerpo, baja la mirada hasta su mano izquierda que advierte pesada, encuentra entre los dedos, contra la palma transpirada, un revolver tibio que nunca supo manejar, soportó las risotadas del tío Gregorio cuando le quiso enseñar y casi se pega un tiro en los pies; mueve el diseño que tantas veces vio en el cine, seis agujeros en círculo, tres vacíos, tres con balas, quién las puso ahí, quién disparó, a quién, va dando pasos como si los pies lo llevaran por su cuenta corre chap chap chap la membrana cosida de asfalto bajo sus pies, de pronto una atadura con alambre de la antena de televisión de los Hernandorena le hace trastabillar, le rasga la camisa, algo le llama la atención dentro de su cabeza, cómo supo que está sobre la casa de los Hernandorena si jamás subió a ver, si apenas saluda al óptico cuando le cambia los anteojos, y sin embargo no duda, terminó de pasar sobre el techo de su casa, la manga rota flamea al costado, observa los cuadritos celestes y blancos, reconoce la ropa de su mujer, claro, esa camisa se la regaló en la Navidad del 2013 y el jogging azul lo comparten de entrecasa, lo compraron en Mar del Plata hace varios años, cuando se cagaron de frío en pleno enero y no les alcanzó para dos, qué hace vestido así, por las dudas corre, chap chap chap, tinta negra de su silueta pintando cada paisaje porque el sol brilla a pleno, dónde estarán su mujer, su hijos, sabe que lejos, cómo lo sabe, chap chap chap tres casas más allá salta una pared de casi un metro que separa las terrazas, deja el arma sobre los trapos donde duerme Sultán, el bóxer de Cecilia, la quiosquera, ese es su techo y lo conoce porque alguna vez la ayudó a colocar el tanque de agua, él con quince recién cumplidos, fue cuestión de un poco de fuerza, ella lo miró fijo y ayudó a esas manos que ahora sudan a subir el vestido, mientras lo abrazaba haciéndole olvidar veinte años de diferencia, qué distinto fue entrar en su cuerpo caliente, balancearse en jadeos, besos audaces y movimientos tan diferentes a los de las putas del quilombo, subir subir y dejarse caer hasta no saber quién era, ni dónde estaba, como ahora, y después nunca más con Cecilia, apenas si sonrisas, saludos, después el casamiento, otra historia, chap chap chap, corre con una inesperada destreza sobre el límite que da a la calle y enfrente un edificio que ocupa el terreno donde jugaban los picados con el Colorado Nardini, su amigo de siempre, qué bien gambeteaba, sus pies descalzos dejan de lado zonas con revoques capaces de lastimarlos, baja por una escalera sin saber a dónde, porque esa construcción es nueva, llega a la planta baja, entrañas de lo que tal vez será un departamento, o a lo mejor dos locales para comercio, asoma la cara desde la sombra, desde el olor a meada que casi lo hace vomitar, nadie nadie nadie, sale despacio y vuelve al trote chap chap chap, le falta poco para llegar a la esquina, varios pibes y pibas lo ignoran mientras fuman marihuana tirados en la vereda y, sin saber quién lo manda, trepa al plátano añoso, avanza sobre una rama gruesa como un brazo gigante, se pasa a un árbol hermano, alcanza la terraza del bar donde iba con los muchachos a jugar truco, ahora hay una lavandería, saca de la mochila una botella plástica con agua, quién la colocó allí, sería lógico parar un poco, reflexionar sensatamente, pero no, pueden alcanzarlo, vuelve la botella a la mochila donde atisba un pullover, reanuda la marcha de prisa, chap chap chap, duda quién sentirá su ausencia, se enreda en los cables de teléfono, un obrero con casco no lo mira, abrazado a un palo habla por un aparato salido de la primera guerra, chap chap chap, minga de nostalgia, debe seguir, ahora la membrana es más resistente a sus plantas, chap chap chap, animal suelto en su carrera, chap chap chap, arranca dos mandarinas al pasar por el patio de Frassero, saborea con ganas, igual a despedida de veras, las cáscaras caen como palabras en silencio, sigue su rumbo sin rumbo chap chap chap, ni las palomas le prestan atención, se pierde en un cielo rayadísimo, una radio suelta, aterciopelada, dice que en Buenos Aires una nueva hora comienza, chap, chap, chap...

