Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud ... Nadie quiere ser viejo, qué novedad. Pero en estos días es peor: hay más puertas para huir sin sentido. Las operaciones estéticas, muchas terribles, el retoque obsesivo de las fotos en Facebook, las mil maneras de esconder la muerte como si la eternidad fuera un derecho para seguir aburrido, la compulsión por consumir lo que venga con tal de disfrutar tres minutos el olorcito a nuevo, la estúpida pretensión de confundirnos con los adolescentes que no quieren dejar de serlo. Hubo una época en que el mundo transcurría a la vuelta de la manzana y los ancianos iban y venían con sus historias inentendibles. Hubo una época, esperamos no recordar mal por efecto de los años, en que se pensaba sin diminutivos y a los viejos no les decíamos abuelitos como si tratara de disminuidos mentales.

Oficial alemán

Doña Juana entraba y salía de nuestra casa como si se tratara de la suya, un edificio antiguo, de techos altísimos con el que compartíamos medianera, en el que vivía junto a su marido al que nunca vi sobrio ni de pie. Menuda, caminaba rapidísimo mirando al piso y me asombraba que nunca se llevara por delante alguna maceta de las que abundaban en los pasillos de las dos viviendas. O que, al cruzar la calle con la bolsa de red colgada del brazo hacia el almacén de Rino, no muriera atropellada por algún carro a caballo, que en esos años pasaban más que los autos. Desde aquellos cinco recién cumplidos, esa fragilidad siempre regresa con su nombre.

Muy poco le entendíamos a la mujer de facciones mínimas y descuidada de maquillaje, cuando murmuraba, a toda velocidad salpicando saliva por la dentadura postiza, sus fárragos interminables en ese tono calmo de voz que nos hacía reír. Ella, como si despertara sorpresivamente de una siesta breve, también cedía a una carcajada, al notar, feliz, el resultado de su conversación.

Nadie tomaba en cuenta a Doña Juana, excepto yo, tal vez porque fue la única que tuvo paciencia para enseñarme a hacer las cuentas que me costaban un Perú. Mamá y mis hermanas abandonaron rápidamente la esperanza de sacarme bueno en la escuela, habida cuenta que mi padre a duras penas sumaba con los dedos con su primero superior inconcluso. Sin la constancia de aquella italiana siempre vestida de oscuro, con menos años que su rodete, no habría aprendido nunca a dividir por números con cero en el medio, operación que hoy, con mis achaques, sigo practicando ante la asombrada admiración de mis compañeros del club Ignacio Corsini.

Cuando quedó viuda, su figura esmirriada fue diluyéndose en la neblina de la indiferencia. Se hizo habitual verla paradita en cualquier rincón de la cocina familiar, siempre listo el repasador en el bolsillo del delantal, las manos juntas a la altura del vientre, esperando para  barrer a la perfección, ordenar las ollas, secar platos, vasos y cubiertos recién lavados. Nadie se sorprendía al verla cebar mates a mi viejo mientras escuchaba los partidos de Independiente o salir del baño a las cuatro de la mañana con un paño húmedo para calmar los malestares de algún indigestado.

Cuando nos oía quejas por cualquier pavada, arrancaba un balbuceo de rezongos sobre las auténticas penurias de su andar los campos helados de la güera, husmeando algo para apaciguar las tripas, aunque enseguida recuperaba la sonrisa, biombo para esconder el tema. Así pasábamos aquel tiempo de veranos larguísimos, inviernos con sabañones y escarcha en los baldes del patio, primaveras llenas de flores, otoños para enamorarse como mis hermanas, según la nostalgia de esos días.

Retenidos en el gesto blanco y negro, aguantábamos una situación económica difícil, el duelo por la muerte de abuelita Carmen, y a un amigo de mi viejo, traído del boliche, viviendo en el departamentito del fondo para juntar unos mangos. Sin preguntarle a nadie, ni pedir permiso, una mañana  apareció Vermiglio. Colorado, jodón, gustoso del trago fuerte, no tenía donde caerse muerto. Apenas pagaba el alquiler cuando cobraba la jubilación. Le decían el alemán por su aspecto y porque alardeaba de haber estado en la misma güera de Doña Juana, aunque pocos le creyeran. Mi vieja no dijo ni mu, aunque la escuché llorar algunas noches reprochando a mi padre su decisión. Al final, seres humanos iguales a tantos, nos acostumbramos a su presencia intermitente. Épocas duras, sí, pero cuándo no lo son. Siendo chico se las vive como juego y después que el olvido pasa su lija hasta el hueso terminamos, chicos otra vez, añorándolas inútilmente.

Por ejemplo, igual a una dorada moneda entre los dedos, inolvidable para mis insomnios de viejo, vuelve esa tardecita fría en un septiembre de falso invierno, cuando se detuvo todo. Los vidrios de la cocina estaban empañados y mi vieja trinaba por una pipa que yo había dibujado con el dedo sobre el vapor condensado. ¿No entendés que cuando se seca queda la marca?

Parado cerca de Doña Juana, que lo vigilaba con instinto desconfiado, Vermiglio preparaba un té. Sin anuncio previo empezó a contar una de sus interminables historias bélicas. Conocía muy bien el terror de la vieja a los soldados alemanes que recorrían los campos sembrados en pleno conflicto mundial, por lo que disfrutaba acompañando cada párrafo con gestos ampulosos de sus manos coloradas. Podíamos ver la entrada a los pueblitos arrasados por bombardeos, las mujeres cayendo rendidas a semejante porte ario del batallón. El mago del relato decía ser el conductor, ir adelante, intrépido, valiente. De pronto, entre el caudal de la voz que iba subiendo de tono, hizo surgir de sus largos dedos, en el aire asombrado de la cocina, un casco verde con el típico rebaje, igualito a los que veíamos en las historietas. Me lo pasó con fingida indiferencia entre las nacientes sonrisas de todas las caras y el espanto de Doña Juana.

Incrédulos, boquiabiertos, lo vimos salir y volver a entrar desde el departamentito del fondo, sin parar un segundo su monólogo que se perdía y regresaba por la puerta apenas entreabierta. De dónde sacó aquel hombrón el uniforme que lucía impecable, recortado en el aire de la cocina, la cruz nazi en la solapa, nunca lo supimos. Pero ahí estaba, la cabeza con restos de pelo rojo aplastado por la gomina, el pecho erguido y ese aire verdadero que adquieren las mentiras expresadas con pasión. En medio del silencio aterrorizado, fascinante, su figura resplandecía como en la oscuridad del cine.

Doña Juana, recuperada adolescente italiana, quebró el hechizo con un salto increíble para su edad y estatura. La cuchilla de cortar carne, siempre bien guardada en el último cajón de la alacena, apareció en su mano con la misma extrañeza de todo lo ocurrido. En un santiamén el soldado Vermiglio traspiraba, arrodillado, el fierro apretado en la garganta, la vieja hablándole vengativamente al oído, obligándolo a quitarse la ropa. Primero cayó la chaqueta, después los pantalones. Siguieron la camiseta de mangas largas llena de agujeros, los zoquetes verdes, y al fin los calzoncillos. Todos sentimos lástima y un poco de vergüenza ajena por la torpeza del falso alemán despojándose de su vestimenta, lujosa por fuera, andrajosa por debajo. Mi vieja dio vuelta la cara cuando el inquilino tuvo que pararse, abrir las piernas lechosas para desnudarse totalmente. Paquidérmico, fláccido, sin sacar un segundo la vista del filo brillante que la mujercita italiana manejaba con habilidad de matarife, parecía más un juguete roto que un ex soldado invasor, violador de extranjeras.

“A ver si ahora se te para, gordo boludo”, gritó Juanita bajando la punta de la cuchilla hasta la entrepierna de su prisionero, ante la corta exclamación de nuestras respiraciones cortadas. “Dale, hijo de puta, dale”, alentaba la resurgida piba golpeándole los testículos arrugados mientras se desabrochaba el corpiño con increíble velocidad liberando dos inesperados y firmes senos que mi viejo recordaría por años en el boliche. Después de un interminable instante, la mujercita abrió la puerta que daba al patio y lo obligó a salir corriendo, la cuchilla en alto rasguñándole la espalda. Al pasar junto a ella, su zapatón con hebillas fue a parar certero en medio de las nalgas del tirifilo en huida con sonoridad de cachetada al orgullo. Nadie se animó a aplaudir por falta de decisión.

Cerrada la puerta, nuestra vecina recompuso su batón, volvió a ser menuda, desdentada. Dejó la cuchilla en su lugar, sonrió desde muy adentro, puso a calentar la pava para el mate. Vermiglio desapareció del planeta, mi viejo calló para siempre. Mi vieja, Bernarda Alba al fin, sepultó aquella historia. Y yo pude terminar la primaria gracias a la ayuda de Doña Juana.