Algo más que palabras

Carlos Riedel10 julio, 2012

La vida tiene realidades que escapan a la realidad misma, quedan en microcosmos que a veces suelen ser cárceles virtuales aunque los carceleros sean de carne y hueso. Violencia de género, violencia de puertas adentro.  Saña que encubre debilidades o traumas pero que hace más víctima a la víctima.

Por Karina Grill

La violencia de género no es un problema actual.

Es una conducta repetida en las sociedades a lo largo de la historia, sólo que en los últimos tiempos ha salido a la luz como el fenómeno social de la década.

Muchas veces, de un modo erróneo, se le atribuye el título de violencia de género sólo a la agresión física.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que las palabras dirigidas con un tono y un contenido ofensivo, son también un signo de violencia.

El abandono es violencia. Ignorar al otro, no respetar su espacio, su tiempo y sus derechos es violencia.

Vivimos en una sociedad enferma que no acepta tal enfermedad, por ende, está lejos de curarse.  La inseguridad no es  una sensación, es una realidad que genera miedos y el miedo, a su vez, genera violencia.

La mayoría de los agresores responden a patologías psicológicas adquiridas en el seno familiar de su infancia  y desarrolladas en el transcurso de su vida, pero no lo saben, porque para ellos es una conducta “normal”.

Una persona violenta no reconoce tal signo en sus conductas, ya que lo ha gestado en su propia personalidad, tal vez como producto de complejos o de experiencias traumáticas vividas en la niñez sin poder procesarlas y superarlas.

Uno de los complejos más habituales es el de inferioridad de condiciones.

Quién lo posee, no es consciente de ello, sin embargo siente la terrible necesidad de golpear o agredir a su o sus víctima/s para ponerse a sí mismo en una condición superior.

No resulta difícil identificar a estos individuos, la mayoría tienden a demostrarlo notoriamente. No obstante existe “una raza” más peligrosa que es la de los que, como vulgarmente se dice, “no parecen”.

Estos sujetos son meticulosos en su conducta y se perfeccionan, es decir, al principio dejan marcas visibles en la víctima, como signo de poder.

Mirar a la víctima y ver la huella de sus acciones, les da una sensación de supremacía. Pero pronto, cambian la técnica y golpean en lugares que no son perceptibles a simple vista (cabeza, costillas, abdomen, espalda, piernas, etc.).

Se jactan de sus actos y le muestran al agredido “quien manda”.

Cualquier situación puede ser el disparador de un episodio violento.

La más común es la provocada por los celos, que no necesariamente son referidos a la infidelidad, sino a las capacidades,  las habilidades, las virtudes o la naturaleza del otro.

Estas conductas violentas se transmiten a los hijos, por la simple razón de que éstos tienden por naturaleza a imitar conductas de sus tutores. Claro que hay excepciones, pero son sólo eso, excepciones…

Actualmente ha incrementado el índice de muertes por “violencia de género”.

Aquello a lo que los medios llaman fenómeno, deberíamos llamarle “cómo se soluciona”. No es casual que la justicia llegue para enterrar al muerto y condenar al acusado.

Esto responde a una falla en el sistema que NO protege a las víctimas de violencia doméstica, como se la llama.

En la mayoría de los casos hay un historial de exposiciones y denuncias que van a parar a un cajón,  que después de un tiempo se reciclan. Son tan comunes y frecuentes los casos, que no se tienen en cuenta hasta que llega la tragedia.

Esto TIENE solución y es prestar atención a las primeras conductas violentas.

La justicia debe proveer a cada ciudadano con la garantía de la protección. De este modo, ante los primeros signos de violencia, sea física o emocional, la víctima puede recurrir a la justicia sin que ésta exponga: - “Si no hay marcas visibles, no podemos actuar.”- Las huellas psicológicas también son “marcas”. ¿Porqué esperar al golpe?. ¿No es agresión acaso la repetida frase: “No sos nada!. No podés!”?

Así nos vamos acostumbrando como sociedad a naturalizar este tipo de comportamientos que quedan arraigados en nosotros como parte del folklore y la tradición. Como un paradigma aceptado por consenso: “Las cosas son así”.

Pero las cosas no tienen  que ser así!

Debemos tomar consciencia y empezar a llamar las cosas por su nombre. Así como para hacer esta nota, me interioricé acerca del tema, debemos, como sociedad, comprender cada término en su significado.

Abuso no es sólo sexual. Coartar los derechos del más débil, también es abuso.

Violación es un acto sexual forzado. Si la esposa, novia o concubina dice NO y es obligada a tener una relación sexual, también es violación.

Siempre hay una solución. Podríamos comenzar pensando que SE PUEDE detener éste fenómeno que nos asecha a todos y del que muchos obtienen su rédito.

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