Resplandores del ojo que espíaCancha mojada (Retratos rápidos de gente al contado): Capítulo once

Armando Borgeaud17 abril, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

"A los responsables de llenar las calles con lomos de burro, les deseamos un camino al infierno que les deje el culo como la cordillera de los Andes…"

Leído en el respaldo de un coche de la 503

Dionisio Ñ

Corre con velocidad creciente mientras el camión lo persigue. Amontona en las esquinas las bolsas de basura que serán pronto echadas entre las mandíbulas metálicas. Sin resuello sus pies andan kilómetros diarios por la ciudad que atardece. Terminado el recorrido se despide de los otros muchachos y camina despacio hasta su casa para no descompensar el cuerpo sudoroso. Su mujer ceba unos mates y, después de bañarse, van en su Fiesta celeste metalizado hasta la casa de algunos de sus hijos. Regresan a la hora de cenar. Dionisio no demora en dormirse y en las mañanas siguientes jamás recuerda sus sueños.

Olegario R

Manos callosas el florista, se ve que antes de ahora, cuando se lo ve asomar los días lindos, siempre a paso lento, chueco y en leve balanceo, marchar de zapatillas impecables hacia Justa Lima, la canastita llena de conos  transparentes bien dispuestos con una o dos rosas, claveles, alguna que otra rara por el color o la forma de los pétalos, la canastita fuera de escala para semejante flaco alambre, trabajó años en alguna máquina, con cal, manejando cosas calientes, mucha madrugada que termina resecando la piel y el alma. Pelo bien arreglado el florista, copa nevada de árbol con humilde fronda, tupida y canosa. Vida solitaria el florista, después de tanto divorcio se quedó sin nada pero tranquilo, aunque no sea feliz en esa pensión con ventana al patio de baldosas rojas. Después de todo, el tiempo es hoy.

Gloria Q

Huérfana desde los dos años, criada por su tía Jimena, mostró indicios de una inteligencia privilegiada. En la escuela primaria fue la mejor durante todo el ciclo: rápida en las soluciones de problemas, buena lectora, diestra en las manualidades, de conducta irreprochable, buena compañera. Ya en el Nacional, fue el mejor promedio de su promoción y con gran esfuerzo de la hermana de su madre pudo recibirse de Contadora con medalla de oro.  Enseguida consiguió trabajo y más velozmente aún aprendió los dobleces, las zonas grises, los caminos alternativos en las rendiciones de cuentas que asentaba sobre libros foliados. Se relacionó con varios comerciantes que le remuneraron muy bien sus trabajos y de los que guardó documentación para protegerse de sinsabores. Independiente, la mujer maneja hoy una cartera de inversores, trata con mesas de dinero, es respetada por banqueros, cajas de crédito, cooperativas, empresas. La tentaron para ser funcionaria pública y nunca aceptó. Invirtió muy bien su dinero, vive sola en una casa confortable, aunque no lujosa. Viaja discretamente cuando y adonde quiere con caballeros que suele conocer de tanto en vez. Se parece a Jean Moreau. Aseguran que es amante de un gran financista español y está salvada para siempre. De ser cierto, felicitaciones.

Miguel a secas

Si suma las horas, los días, los años de mameluco manchado de masilla y pintura como una paleta percudida de pincelazos y manos pegajosas, las suyas ennegrecidas hasta que por más querosén y trapo después de las jornadas extendidas no hubo caso, se cansa más. Eso de que el taller  comunicara con la casa por la puerta del fondo, detrás de la fosa, resultó una trampa, o una excusa,  para pasarse la vida laburando y laburando, siempre disfrazado. Cuando volvió Perón, cuando vino el Papa, cuando ganamos la copa del 78 y en el 86, cuando nevó en el 73 y el 2007, cuando Almada tuvo que abandonar por el banco de arena, cuando el Pampero García metía dos goles por partido, cuando vino Boca a jugar un amistoso a  la cancha de Defensores, cuando Los Gatos tocaron en el Náutico, Miguel siempre de overol, escuchando arrancar el compresor  con una oreja y con la otra a la vida por radio Rivadavia. Si no se sabe cómo hicieron para colocarle el traje cuando se casó con Marta que tardó en reconocerlo al verlo  llegar, y ni que hablar el día que estire la pata. Después de todo, el tiempo es hoy.

Javier F

Poco más de cuarenta años, siempre bien trajeado, con el corte que prefieren quienes buscan exitosas compañías. Anda por los juzgados donde lo tratan como a un letrado más en la manada. Asesora a desesperados, sugiere caminos a los que recién sintieron el golpe de la desgracia. Sabe tratar a cada empleada, a cada secretario, a los fiscales y a los jueces. A todos les cae bien porque nunca trae problemas sino soluciones. Las mujeres agradecen su conducta no exenta de seducción. Los hombres su discreción. Nunca deja huellas de su accionar, falsifica magistralmente firmas de los poderosos que siempre cometen errores, cobra honorarios ocultos en los servicios de otros. Casado con una mujer hermosa que enseña geografía en escuelas privadas, financia un comedor de barrio cerca de la escuela donde va su hijo. Nunca fumó, nunca bebió alcohol. Para no ser abogado ni haber pasado de quinto año comercial en una localidad perdida de Tucumán, ni tener diploma alguno, merece aplauso, medalla y beso.

Hugo G

Flaco, nervioso, narigón, ojos saltones cuando se ponía colorado repentinamente sulfurado por lo que fuera: un gol errado por dos centímetros cuando jugábamos de tanto en tanto a las cabezas en la vereda, armando los arcos entre los plátanos y el frente de las casas. O cuando le brotaba un Viva Perón en medio de una discusión medio intelectual sobre las elecciones del 73 en la que por falta de paciencia, y de luces, decidía que dejáramos de hablar sobre lo que no entendía muy bien y ya no aguantaba más. Desde chico tuvo la costumbre de pararse en la puerta de la casa a eso de las seis de la tarde, especialmente los días de calor, a mirar pasar la gente, el torso desnudo o con camiseta sin mangas, pantuflas de plástico, el termo bajo el brazo y el mate en la mano, como vigilando el ir y venir de los vecinos, sonrisa medio irónica, medio paternal, tan lejos de los ataques de ira que lo hacían gritar unos minutos hasta recuperar la calma, como si se olvidara enseguida del motivo. Siempre vivió en la misma casa donde se fueron sumando: su madre, su mujer y los dos hijos, algunos nietos, ya grandes, con pocas ganas de abandonar el nido. Por esas cosas de vivir tan cerca, hacía años que no lo veía. Hasta el viernes pasado en la cola de los jubilados, cuando enseguida descubrí quién era el que gritaba en la ventanilla, allá adelante, como en los viejos tiempos. Después de todo, el tiempo es hoy.

Elena U

Siempre le dijeron Cuqui. Siempre tocó muy bien el piano y siempre supo sacarle novios a las lindas con viejas artes del amor un paso más adelante de lo habitual. En el trabajo sabe hacer su tarea de vendedora y sabe cómo dejar de a pie a las que pretenden desde siempre ventajearla. Dueña del local después de años de yugarla, supo despedir en el momento justo a sus empleadas díscolas. Nunca les pagó lo que marca la ley porque las envolvió en trampas que tenía pensadas desde el primer día. Tiene tres o cuatro amigas rubias platinadas como ella, que son su fotocopia. Ninguna del grupo se refleja en los espejos.

M, O y G

Cierro los ojos y lo veo nadar tranquilamente, sin alejarse mucho de la costa, apenas lo suficiente para que los podamos ver desde la escalinata,  yo, en primer lugar, que me he pasado gran parte del tiempo observando a los demás como en el cine. Dije los podamos ver porque a los cinco minutos que él se metía en el agua, siempre a esa hora del atardecer cuando por más que hiciera mucho calor, en mi memoria siempre hacia calor en esa época, había poca gente en el agua, ellas dos, doradas, se metían con él, iban acercándose imperceptiblemente, una a cada lado de su figura atlética aunque sin alardes, la malla ajustada apenas. La hora en que luz, agua y aire se hacen barro  chorreando por el pelo en las cabezas que emergen rectas y alegres. El padre y las dos hijas, distraídos y perfectos en el rito de todos los veranos que únicamente en mi recuerdo se repite cuando lo deseo, viviendo para mi sus existencias cada vez que se me ocurre, cuando él ya no está y ellas vaya a saber dónde. Eso debe hacer Dios con cada biografía. Después de todo, el tiempo es hoy.

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